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La contemplación
Rincón Litúrgico

La salvación

Señor Jesús, yo sé que esas palabras que el evangelio pone en boca de Juan el Bautista se encontraban ya en el libro de Isaías. En principio se referían al retorno de los hebreos que habían padecido el exilio en Babilonia. El oráculo anunciaba que todos podrían ver la salvación.

Juan repetía con ardor aquellas palabras. Él quería que sus oyentes allanasen los caminos y revisaran su conciencia para acoger la salvación. Evidentemente, aquel mensaje es también una interpelación y una promesa para nosotros.

Sin embargo, hoy suena extraño eso de la salvación. O sonaba extraño hasta hace poco tiempo.  Confundíamos el tener más bienes con el ideal de haber vencido el mal a fuerza de abrazar y practicar el bien.

A veces nos preguntábamos de qué habríamos de ser salvados. El hambre y la sed, el frío y la desnudez quedaban lejos. La injusticia o la negación de los derechos humanos eran situaciones extrañas. En realidad, sonaban como palabras huecas.

En el peor de los casos, algunos pensaban que no necesitaban un salvador. Creían bastarse a sí mismos para salir del atasco. Y otros pensaban que cualquier religión, filosofía, ejercicio mental o deporte podría ejercer ese papel.

A veces me pregunto qué ocurre a las personas que necesitan ser salvadas, pero se niegan a recibir de otros una salvación que pretenden alcanzar por sus propias fuerzas y a medida de su capricho personal.

Y me pregunto si todos verán la salvación. Lamentablemente hay muchas personas que parecen haber sido excluidas del banquete del mundo, de los cuidados de la sanidad, incluso de esa frívola y fugaz alegría que se vende al precio de una satisfacción inmediata.

Señor, confieso que yo mismo me he preguntado alguna vez por qué había de recurrir precisamente a ti. Pero hoy reconozco que necesito la salvación. Es más, te necesito a ti como mi Salvador. Bendito seas por siempre. Amén



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