Rincón Litúrgico

«La roca y las llaves». Domingo 21 del tiempo ordinario. A

El profeta Isaías recibe de Dios un oráculo en el que denuncia el orgullo y la prepotencia de Sobna, mayordomo  del palacio real, y anuncia la elección de Eliaquín, al que entregará la autoridad de su predecesor: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David; lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá” (Is 22,22).

Con la imagen de las llaves se refleja el poder de abrir y cerrar las puertas de la casa del rey. Dios lo “hincará como clavija en lugar seguro, y será anaquel de gloria para la casa de su padre” (Is 22,23). Según el texto, también esa clavija cederá y caerá por tierra con todo lo que cuelga de ella.  En el salmo responsorial se proclama la misericordia del Señor y se pide que no abandone la obra de sus manos (Sal 137).

San Pablo recuerda a los romanos que nadie puede pretender conocer la mente del Señor ni atribuirse el privilegio de ser su consejero (Rom 11,33-36).

DOS PREGUNTAS

El evangelio que hoy que se proclama en este domingo nos sitúa en el hermoso paraje de Cesarea de Filipo, al que Jesús se ha retirado con sus discípulos  (Mt 16,13-20).  En ese lugar en el que pretende descansar con ellos, Jesús les dirige dos preguntas que, a pesar de su semejanza, requieren respuestas muy diferentes:

  • “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Para ofrecer una respuesta a esta pregunta basta infomarse sobre las opiniones que circulan en el ambiente. Pues bien, algunas personas identifican a Jesús con Juan el Bautista, otras con el profeta Jeremías y otras lo comparan con alguno de los profetas que permanencen flotando en el recuerdo.
  • “¿Y vosotros quién decís que soy yo?” Para responder a esta segunda pregunta no basta una simple información. Jesus quiere conocer la opinión que tienen de él sus propios discípulos. En realidad desea conocer sus expectativas sobre él. Simón Pedro respondió con una asombrosa confesión: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Y LA LIBERACIÓN

Jesús responde a Pedro con una cierta ambigüedad. Es bienaventurado por su acertada confesión, pero lo es, sobre todo, porque esa certeza no nace de su razón sino de una revelación del Padre celestial. Pero la firmeza de esa fe es una roca que puede sostener el edificio de la Iglesia. Pedro puede escuchar la promesa que cambiará su vida:

  • “Te daré las llaves del reino de los cielos.” Las llaves del reino que Jesús promete a Simón, hijo de Jonás, recuerdan las llaves que, de parte de Dios, Isaías prometía a Eliaquín, hijo de Esquías. A la fe de Pedro se concede la autoridad para gobernar la casa de Dios.
  • “Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos.” El poder de atar significa que Jesús concede a Pedro ejercer los signos que manifestan la justicia de Dios sobre el pecado. Ese pecado desencadenado por el orgullo y la autosuficiencia de los hombres.
  • “Lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. El poder de desatar que se concede a Pedro refleja la misericordia de Dios. Esa compasión que se ha manifestado en el Maestro que libera al hombre de sus ataduras, de sus odios y de sus miedos.

 – Señor Jesús, sabemos que cada día de nuestra vida hemos de escuchar cómo tú nos diriges aquellas dos preguntas. Queremos conocerte y reconocerte como el Mesías. Creemos que eres el Hijo de Dios y que de ti y solo de ti puede venir la salvación y la liberación que buscamos. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

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