Cartas de los obispos Última hora

La revelación cristiana, por César Franco

Al hablar de religiones, es frecuente considerar el cristianismo como una más de las que existen. El debate sobre si el cristianismo es una religión tuvo cierto auge en el siglo pasado y Romano Guardini escribió un libro titulado Religión y Revelación donde intenta aclarar ambos conceptos y su mutua relación cuando se trata de considerar lo peculiar del cristianismo en el conjunto de las religiones. La religión, explica Guardini, se refiere «a ese fenómeno, universal entre los hombres, de la relación con lo divino, cuya investigación forma parte de la ciencia de la cultura». Es obvio que el cristianismo tiene elementos que lo configuran como religión. Sin embargo, su peculiaridad más genuina consiste en «la manifestación de Dios de que habla la Sagrada Escritura en el Antiguo y Nuevo Testamento, y la respuesta de que hace capaz a quien la oye» (Guardini). Dicho de otro modo, el cristianismo, en continuidad (y, en cierto sentido, ruptura con el judaísmo) es la auto-revelación de Dios a los hombres. Si en la religión priman los elementos de los que se sirve el hombre para llegar a Dios; en el cristianismo todo comienza con una llamada de Dios al hombre, a Abrahán, que le pone en camino para comunicarse con él. «En el principio —dice el prólogo de san Juan— existía la Palabra» (Jn 1,1). Dios se revela como Palabra eterna que entra en diálogo y comunicación con el hombre creado para Dios.

            Cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué dice la gente de él y qué piensan ellos mismos sobre su identidad, en realidad, pregunta sobre la cuestión central del cristianismo, sobre el origen de la salvación que ofrece al hombre. Los discípulos responden, en un primer momento, sobre la idea que la gente tiene de Jesús: un profeta como otros grandes del judaísmo, Elías, Jeremías o Juan Bautista. Grandes hombres, en definitiva, que ayudaron a sus contemporáneos a acercarse a Dios. Pero cuando Jesús les pregunta directamente qué piensan de él, Pedro confiesa el núcleo de la fe cristiana: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Merece la pena detenernos en lo que le responde Jesús: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Jesús considera a Pedro bienaventurado porque lo que acaba de decir es «revelación» de Dios. Su conocimiento de Jesús no procede de la carne ni de la sangre, es decir, de lo que el hombre por sí mismo puede llegar a conocer, sino de Dios mismo, que le ha «revelado» la identidad de Jesús. Aquí tenemos lo peculiar de la fe cristiana, dicho por Jesús. Así se explica que, cuando Jesús habla de sí mismo, se presente con una radicalidad sorprendente, explicable solamente desde su origen eterno e insondable. El cristianismo, como otras religiones, tiene culto, templo, ley. Pero nada de esto se sostiene sin el primado de la auto-revelación de Dios en Jesús. De ahí que el verdadero culto se realiza en Cristo, en la ofrenda de sí mismo; él es el templo definitivo que, destruido por la muerte, se levanta imperecedero por la resurrección. Jesús es la misma ley, pues su propio comportamiento configura la moral cristiana que consiste en seguir sus pasos. Y él es, en definitiva, la religión en toda su pureza según dice a la mujer samaritana: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,23-24). No tenemos tiempo ahora para explicar que sólo en Jesús podemos dar culto a Dios en espíritu y verdad, porque sólo en él Dios se nos ha revelado de forma plena y definitiva. Esto es el cristianismo como revelación.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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