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La resurrección de Jesús, actuación de Dios, por el obispo de Almería, Adolfo González Montes

La resurrección de Jesús, actuación de Dios, por el obispo de Almería, Adolfo González Montes

Queridos diocesanos: La resurrección de Jesús cambió la situación en que quedaron los discípulos después de la cruel tortura de su pasión y de la crucifixión. La sepultura sellada por la guardia del procurador romano alejaba definitivamente a Jesús del mundo de los vivos. Con aquella losa que cerraba el sepulcro quedaban sepultadas todas las esperanzas que habían puesto en él, y que había levantado su predicación de la cercanía del reino de Dios y los milagros de los que habían sido testigos.

Quienes tratan de explicar el cambio de los discípulos que, de huidos y aterrorizados pasan a ser pregoneros de una noticia increíble, no pueden menos de contar con que Jesús, en efecto, ha sido visto después de muerto y su sepulcro está vacío. Podría todo explicarse —y se ha intentado desde los primeros momentos de la historia del cristianismo— por algún fallo o error de los custodios del sepulcro, porque los discípulos habrían sido víctimas de alucinaciones colectivas y contagiosas provocadas por la desolación en que quedaron después de la cruz de Jesús; y se han dado otras varias explicaciones que la crítica de la religión ha encontrado como soluciones racionales al fenómeno de la predicación cristiana.

Quienes rechazan, incluso con indiferencia y no sólo con oposición, la resurrección descartan la explicación más verosímil: que el cristianismo no es explicable sin la experiencia de la resurrección de Jesús, que dejó indudables huellas en la historia personal de cuantos le habían seguido y le habían amado: le habían visto vivo después de haberlo visto muerto. Huellas y efectos objetivos que no son el resultado explicable racionalmente de haber sucumbido a un fenómeno contagioso alucinatorio, ni tampoco porque sea fácil pensar que los discípulos no aceptaron el fracaso y siguieron adelante con una «causa» que se había quedado sin defensor muerto y sepultado.

No, de ningún modo. Los discípulos dieron testimonio de aquello que habían visto con sus ojos, lo que contemplaron y palparon  y habían tocado con sus manos; y así lo comunicaban con alegría desbordante sin miedos y sin importarles ya perder en ello la vida. Es el discípulo a quien Jesús tanto quería y al que había confiado a su Madre al morir en la cruz quien lo dice con certera convicción: “lo que hemos  y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1 Jn 1,3).

Una comunión que es con el Padre y su Hijo, en el que apareció en el mundo la Vida que estaba escondida en Dios y se nos manifestó en él, porque “la Vida se hizo visible y nosotros la hemos visto y damos testimonio”(1 Jn 1,2), dice en el mismo lugar. Dios es la Vida y así se ha revelado en Jesús resucitado; y es la vida que es Amor, fuente del gozo completo al que aspira el corazón de todos los humanos.

La resurrección de Jesús ha cambiado la historia de los hombres, aunque la pugna por el reino de Dios que él predicó pasa por la aceptación de su persona divina hecha carne mortal por nosotros. El reino de Dios ha llegado en la persona divina Jesús, que se ha revelado que venía de Dios en su vuelta a la vida definitiva, en su retorno a Dios, mientras se dejaba ver por aquellos a quienes él había llamado para hacer de ellos testigos del poder de Dios. Los llamó para que anunciaran a las generaciones que la humanidad tiene un origen y una meta en aquel que es el autor de la Vida y de la felicidad definitiva.

Celebrar la Pascua, el paso de Cristo al Padre, del cual procedía, es aceptar su verdad de Hijo eterno de Dios hecho hombre por amor a los humanos, sus hermanos. Jesús no es un paradigma de lo razonable y lo moralmente correcto para una sociedad como la nuestra, que tiene necesidad de domesticar la imagen evangélica de Jesús, porque es una sociedad incrédula y amoral, es decir, agnóstica en la práctica, en la que el relativismo campa en las conciencias; una sociedad que sólo se deja impresionar por aquello mismo que opinan quienes marcan cada día qué es y no es correcto decir, proponer y decidir, pensar y hacer para estar a la altura de una vida con prestaciones y de calidad que merezca la pena.

La resurrección de Jesús viene a descolocar el amueblamiento de la cabeza bien pensante, por imperativo de la cultura mediática de nuestros días, convertida en medida de lo humanamente correcto. La resurrección de Jesús aconteció para decirnos a todos que su cruz nos redimió y la medida del hombre la ha revelado Dios en Jesucristo: “Ecce homo: ¡Aquí tenéis al hombre!” (Jn 19,5). No sabía Pilato que decía la mayor de las verdades. Sus discípulos lo supieron cuando les salió al encuentro resucitado de entre los muertos.

Con todo afecto y bendición.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

 

Almería, 5 de abril de 2015

Pascua de Resurrección

 

+  Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

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