Rincón Litúrgico

La reprensión

«Eres un siervo negligente y holgazán» (Mt 25, 26)

Señor nuestro Jesucristo, tú sabes que siempre me ha gustado meditar sobre el misterio y las exigencias de la virtud de la esperanza. Tú nos has dicho que nos mantengamos atentos a los signos de los tiempos, despiertos y vigilantes porque no sabemos el día y la hora de tu llegada.

Yo sé que la esperanza no puede confundirse con un aguardo pasivo y comodón. De hecho, en la parábola de los talentos tu nos recuerdas que, al igual que a los criados, nos has dejado unos dones importantes para que negociemos mientras esperamos tu venida.

Hoy me siento identificado con el tercero de los criados de la parábola. Me interpela el comentario que nos dejó San Jerónimo. Según él, ese talento recibido es la predicación del Evangelio. Es la palabra divina que yo tendría que haber entregado a toda la humanidad.

Los creyentes habrían duplicado ese precioso depósito. Y yo tendría que devolvértelo con el interés de las buenas obras, que sin duda habría producido la fiel proclamación de tu palabra. Por mi culpa, mi esperanza no ha respondido a la tuya. Y tu proyecto ha quedado frustrado.

Es más, esa ridícula excusa que me he inventado se ha vuelto contra mí. He creído disculparme alegando que te conozco bien. Pero no es verdad. Me enorgullezco de mis conocimientos, pero ese conocimiento no obedece a la verdadera sabiduría.

Me he amparado en una vacía erudición académica. He presumido de mis estudios, de las estadísticas que manejo, de los planes apostólicos que he preparado, de los instrumentos que utilizo. Creía conocerlo todo, pero te desconocía a ti. Temía la dureza de tu examen.

Te ruego que revises la parábola. Y que añadas la súplica que humildemente te dirijo. Perdona mi pereza irresponsable. Perdona mi orgullosa altanería. Perdona mi silencio culpable. Ten piedad de mí, porque no he transmitido tu palabra como tú esperabas de mí. Amén.

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