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La Religión católica en la reforma educativa

Por Roberto Esteban Duque, doctor en Teología Moral

El anteproyecto de la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) presentado durante la actual semana por el ministro de Educación, José Ignacio Wert, donde se suprime el pensamiento ideológico del Estado al eliminar Educación Cívica y Constitucional (anterior Educación para la Ciudadanía), recuperando asimismo el valor académico de la asignatura de Religión al contar con una asignatura alternativa proporcionada, significa un éxito formidable a favor del derecho de los padres a educar a sus propios hijos, según recoge el art. 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el art. 27.3 de la Constitución Española.

La reforma educativa de Wert supone el reconocimiento de la Iglesia como sociedad libre y conviviente, amenazada por una nueva forma de religión secular, inspiradora de la eliminación de raíces religiosas; la aceptación de que el bien común no es sólo temporal y político, sino también espiritual, moral y religioso. El ministro de Educación salvaguarda no sólo el carácter soberano de la educación familiar, reconociendo a los padres el derecho de decidir sobre sus hijos, sino  la necesidad del vínculo socializador de la Religión, frente a cualquier apostasía legal de la sociedad, fuente de males incalculables.

Las declaraciones del actual presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, para quien la reforma de Wert llevaría a equiparar Constitución y Religión, parecen querer salvar al hombre de la Iglesia para domesticarlo desde la laicización del Estado. Griñán prefiere la implantación de un orden santificado por el Estado, sin ningún acuerdo con la Iglesia, despreciando, por tanto, la misma Constitución, que exige las relaciones de cooperación con ella. La Constitución no puede convertirse en la salvación terrena y la Religión en un mero asunto individual, como si aquella fuese la nueva religión, y su ámbito la vida colectiva, privatizando la Iglesia o arrinconándola a  la mera administración de los sacramentos.

Fue Hobbes el que abrió paso a la politización-secularización al dar primacía en este mundo a la política sobre la religión. Para el humanista, sólo es posible alcanzar la salvación mediante la política: nos salva la fe en Cristo y la obediencia a las leyes. Mientras aquella es un asunto privado, ésta es un asunto público, mutilando la cualidad religiosa comunitaria de la fe, al no poder expresarse públicamente. La política asume así las funciones de la religión, pero con las miras puestas en el futuro, no en la eternidad.

Griñán es el heredero de una vieja tradición que encuentra su origen en Hobbes, pero que cambia por la determinación de Rousseau: rechazar las raíces cristianas para que sea sólo el Estado quien eduque al ciudadano. El hombre tiene que liberarse de la tradición cristiana, del estado de naturaleza humana. Las leyes serán el único modo de dirigir el comportamiento humano. El Estado de Derecho aparece como el gran depositario de la moralidad, haciendo de gran educador por medio del Derecho y de la Ley.

La solicitud de apelar al Estado Democrático como sustituto de la Religión no es la solución. Renegar de la Religión no sólo es renegar de una situación ontológica del hombre respecto a Dios, es también renegar de la historia y de la cultura, del patrimonio entero de una nación. Uno es educador si no se ha saltado el paso del compromiso leal con su propia tradición. Es deseducador si desprecia o provoca el olvido de la tradición. Separar a los otros de su pasado se ha convertido en una condición para el desarrollo del poder, en el más grave peligro de nuestra sociedad, haciendo del predominio de la ideología algo normativo. El poder público no puede convertirse desde el Estado en un poder ideologizante, impulsor de nuevas imágenes de comportamiento por medio de la legislación, la educación dirigida y los medios de comunicación.

La asignatura de Educación para la Ciudadanía había provocado un cisma entre la razón y la religión por parte de políticas radicales del Ejecutivo (es el laicismo, no la Iglesia quien lo introduce), suplantando la religión por la educación, y condenando aquello que por odio no se alcanza a comprender: que el hombre, como sentenció Chesterton, no puede disfrutar más que de la religión.

Lo que para unos es el aire para respirar, para otros es el veneno. Como dirá Montesquieu en El  espíritu de las leyes, “es una experiencia eterna que todo hombre investido de autoridad abusa de ella”. Educación para la Ciudadanía fue un abuso no de autoridad sino de poder, la asunción irrespirable del veneno relativista en el intento de eludir la condición humana mediante el auge y la invasión del modo de pensamiento ideológico estatal. El objetivo de la lucha política no es otro que el poder -el más codiciado de los bienes humanos- y su obstinación consistirá en moldear la naturaleza humana a través de la legislación, del ambiente o del dogmatismo de la sacralización de la opinión dominante cuando se declara la imposibilidad de conocer la verdad.

La reforma de Wert, insinuando un mayor relieve a la asignatura de Religión, devolverá racionalidad al discurso en la sociedad y en la conducta del ser humano al distinguir lo racional del misterio. Si la religión introduce racionalidad, el ataque a la religión, sólo es algo irracional. Sin religión, el irracionalismo se apodera del vacío, la cultura se disuelve y se agosta cualquier sociedad. La religión es el único modo de acercarse al secreto de la naturaleza humana, custodiando el sentido de la realidad y moderando el orgullo y el deseo de ser como Dios, causa de no pocos males en la sociedad. No es el Estado de Derecho el depositario de la moralidad ni de la verdad, haciendo de gran educador por medio de la Ley o del Derecho. El misterio de la naturaleza humana remite al misterio de la libertad, inclinada al mal y urgida a una mayor religación con Dios que fundamenta la existencia y mejora sustancialmente la vida personal y colectiva.

 

                                                                          Roberto Esteban Duque

 

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