Editoriales Ecclesia

La regeneración moral que demanda España y el servicio de la Iglesia – editorial Ecclesia

La regeneración moral que demanda España y el servicio de la Iglesia – editorial Ecclesia

Aun cuando resulta evidente y objetivo que España ha logrado, en términos generales, salir de la crisis económica –tan evidente y objetivo como que esta ha dejado demasiados heridos en la cuneta, además de los que ya había antes, y que el afán por la justicia social ha de continuar-, los recientes casos de corrupción –el llamado caso «Lezo» en Madrid, el caso Pujol en Cataluña, y otros escándalos todavía sin aclarar, sin juzgar y sin las correspondientes depuraciones penales y políticas- han ha vuelto enrarecer la ya de por sí frágil y fragmentada estabilidad política en nuestra país. Y, sobre todo, han vuelto a poner en evidencia que la crisis moral sigue perturbando y hasta corrompiendo la convivencia social.

En este contexto, el cardenal Blázquez, en su condición de arzobispo de Valladolid, acaba de escribir una carta más que interesante e interpeladora. Lo ha hecho a propósito de la exposición «Reconciliare» (ecclesia, número 3.882, página 9) y a su mensaje acerca de la necesidad de la reconciliación en todas las esferas y ámbitos de la vida personal y social. Observando todo esto desde la actualidad española, desde  «noticias entristecedoras y oprimentes sobre la corrupción», como las que acabamos de aludir y otras, el también presidente de la CEE define a la corrupción como «lo contrario de la solidaridad», como «la gangrena de la confianza de los ciudadanos y de la sociedad en quienes se han aprovechado sin miramientos desde el poder», como «bochorno para los causantes, que provoca comprensiblemente irritación en todos y que es caldo de cultivo para empujar a los ciudadanos a salidas falsas de futuro».

Ante esta situación, don Ricardo llama a una apremiante «catarsis de la vida social», a una curación que «empieza con el reconocimiento sincero y público de los abusos cometidos, pidiendo disculpas por ellos» y a la devolución de lo que se ha sustraído, cambiando, si es preciso, la legislación al respecto.

Y, con acierto, el cardenal añade que todo ello «sería insuficiente sin la formación moral de la conciencia». Y subraya que «la conciencia moral se clarifica y fortalece recordando los mandamientos de Dios, que impregnan todo comportamiento ético digno del hombre». Y lo concreta con algunos oportunos ejemplos: «Es pecado abandonar a los padres, es pecado matar, es pecado adulterar, es pecado engañar y traicionar», añadiendo que «una cosa es la equivocación, propia de la condición humana, y otra contaminar la vida común con la mentira, el orgullo, la apropiación indebida de lo que pertenece a otras personas y al bien común de la sociedad».

Por todo esto, nuestra sociedad urge una imprescindible regeneración ética y moral. Urge encontrar guías morales creíbles y coherentes y aprender de la historia, poniendo como ejemplo la Transición, en la que «el diálogo fue el impulso a dar todos unidos un paso al futuro, buscando la justicia, el respeto y la paz».

En esta tarea, la Iglesia quiere y puede seguir presentando su colaboración en pos de la concordia y al servicio del bien común. Y hacerlo desde lo que la Iglesia es y tiene por identidad y misión. Lo cual, al hilo ahora del encuentro que la cúpula de la CEE (ver página 31) mantuvo el viernes 19 de mayo con el Papa y con el cardenal secretario de Estado, podríamos sintetizar en tres quehaceres prioritarios en su misión «ad extra» y los otros tres en su misión «ad intra».

Los tres primeros serían iluminar en libertad, respeto e independencia, de las conciencias; seguir sirviendo a la caridad para dar respuesta desde la fe a las situaciones sociales de marginalidad; y trabajar en la defensa de los padres en la elección para la educación de sus hijos. Y los tres segundos serían fortalecer la identidad y la comunión internas, potenciar pastoral juvenil, vocacional y familiar y aprovechar el inmenso caudal de la piedad popular como instrumento y cauce aptísimos de evangelización y del acercamiento al mundo de los alejados.

Lo hemos recordando en múltiples ocasiones: nada humano le es ajeno a la Iglesia.  La corrupción y la incomunicación políticas tampoco lo son. La primera, además, es tan corrosiva y tentadora que puede afectarnos, en la medida que sea, a todos. Y la segunda es radicalmente estéril y desalentadora. Y ambas solo pueden ser superadas por una regeneración moral que ni puede ni debe esperar.

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