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Opinión

La reforma del IOR y la rentabilidad de la Iglesia – editorial Ecclesia

La reforma del IOR y la rentabilidad de la Iglesia – editorial Ecclesia

Las fechas en el entorno de la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, Día del Papa, suelen ser utilizadas por los Pontífices para tomar y hacer públicas destacadas decisiones. Así ha sido también este año con Francisco, en su primer día del Papa. El 26 junio de 2013 se publicó el decreto –quirógrafo en argot técnico vaticano– mediante el cual el Santo Padre crea una comisión para el IOR (Instituto paras las Obras de Religión), el vulgar e inapropiadamente llamado Banco Vaticano. En la página 34 ofrecemos íntegramente el documento y en la 35 la información correspondiente.

El anuncio de la creación de la comisión de investigación del IOR llegó dos días antes de que un nuevo escándalo salpicara de nuevo los muros, demasiado frágiles, de las finanzas vaticanas. El sacerdote italiano Nunzio Scarano, prelado de honor –no obispo– y responsable del Servicio de Contabilidad Analítica de la Administración del Patrimonio de la Santa Apostólica (APSA, fue detenido, junto a otras personas, en el contexto de una investigación sobre corrupción y estafa. Desde que, hacía algo más de un mes, sus superiores supieron que Scarano era objeto de una investigación judicial, este fue apartado de sus responsabilidades curiales, y la Santa Sede ha hecho saber a las autoridades civiles italianas competentes «su disponibilidad a la colaboración plena», como afirmó el portavoz vaticano, Federico Lombardi, tras el arresto de Scarano.

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El quirógrafo pontificio es, pues, una valiente y necesaria medida del Papa Francisco, que busca la reforma del IOR desde la veracidad –ni la leyenda negra, ni los paños calientes…– de una institución que lleva demasiado tiempo ocasionando quebraderos de cabeza a los Papas y a la Iglesia. Y es que, como se deduce de la lectura del decreto pontificio, tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI –él fue quien potenció el AIF (Autoridad de Investigación Financiera), y escribió, el 30 de diciembre de 2010, una carta apostólica motu proprio para la prevención y lucha de las actividades ilegales en el campo financiero y monetario y además sometió las cuentas vaticanas al Moneyval, el organismo del Consejo de Europa para combatir el lavado del dinero– estuvieron sobre aviso y tomaron importantes decisiones en pro de la transparencia, la honestidad y la justeza.

Además, el trabajo de esta comisión –presidida por el cardenal italiano Rafael Farina (1933) y coordinada por el obispo español Juan Ignacio Arrieta, secretario del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos– se inserta «en el contexto más amplio de las reformas que sean oportunas realizar por parte de las Instituciones que prestan ayuda a la Sede Apostólica», según afirma textualmente el citado documento papal.

En declaraciones a un periódico italiano, otro de los cinco miembros de la comisión de investigación del IOR, recién nombrado por el Papa, el cardenal Jean-Louis Tauran, ha manifestado su convicción de la necesidad de reformar el IOR y de hacerlo encontrando «el mejor camino para poner al IOR en las mejores condiciones posibles en aras al bien del servicio de la Iglesia, pero sin hacer de ello un mito o caer en el sensacionalismo». Y esta última consideración del purpurado francés bien merece un subrayado, que, coloquialmente, nosotros expresamos y parafraseamos también afirmando que la reforma del IOR es necesaria y que este objetivo no es ni para rasgarse las vestiduras ni para frotarse las manos… Es para que el IOR sea lo que eclesial y evangélicamente debe ser.

Porque esta es la clave de todo este asunto: en la Iglesia, la auténtica rentabilidad es el Evangelio y su misión evangelizadora. Lo que está en juego es, ante todo, la honestidad, la honradez y la transparencia. Es conocer el IOR y sus actividades y armonizarlo mejor con la misión de la Iglesia universal y de la Santa Sede.

Y todos deberíamos extraer conclusiones del trasfondo de este caso. No es, queramos con que ello que no se depuren las pertinentes responsabilidades. Todo lo contrario: deben depurarse. Pero también todos los miembros de la Iglesia debemos tomar conciencia de que nunca el fin justifica los medios; de que los recursos económicos son solo medios e instrumentos; y de que la Iglesia y quienes la representamos estamos todavía más urgidos a la honradez, a la verdad y a los auténticos valores y a no sucumbir nunca ante la idolatría del dinero y sus turbios enredos y manejos.

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