Rincón Litúrgico

La recompensa

«Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5, 12)

Señor nuestro Jesucristo, es normal que aspiremos a conseguir la felicidad. Ese deseo nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. Es un motivo que nos alienta en las horas difíciles y justifica los esfuerzos que nos impone la búsqueda.

Mientras vamos haciendo camino encontramos objetos y situaciones que nos ofrecen satisfacciones inmediatas y nos distraen de nuestro propósito inicial.

Es verdad que cuando estamos sobrios, cuando nos estorba una mascarilla, cuando no necesitamos engañar a los demás ni engañarnos a nosotros mismos, percibimos que allá en el fondo de nuestro corazón subsiste el anhelo de la verdadera felicidad.

La felicidad no se compra con dineros e intereses sino que nos abraza cuando los compartimos. No demuestran felicidad los iracundos sino los pacientes. No son felices los que se burlan de los demás, sino los que a través de sus lágrimas han aprendido a valorar la vida. La felicidad no la disfruta quien se da por satisfecho, sino quien sigue aspirando a la perfección. Nunca son felices los egoístas e indiferentes, sino los que se compadecen de los demás. No serán felices los astutos y marrulleros sino los limpios y leales. No nos harán felices los que crean la discordia, sino los que promueven la paz. No alcanzan la felicidad los que persiguen al justo sino el justo que es perseguido por su fidelidad.

Aunque la experiencia nos va recordando este itinerario, tú has querido revelarnos su sentido más profundo. Al proponer estos ideales nos descubrías el fondo de tu alma y el estilo de tu misión. Y de paso nos mostrabas el camino que lleva a la santidad.

Tú eres el maestro y el modelo. Tú eres la invitación y la recompensa. Tú sabes que esta tierra nos atrae y nos cansa, nos seduce y nos inquieta. Te damos gracias por invitarnos a levantar nuestra vista a los cielos. Amén.

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