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La realización de la persona, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

La realización de la persona, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez

Durante las celebraciones del Triduo pascual, hemos contemplado y celebrado la entrega incondicional de Cristo al Padre y a los hombres. Toda su existencia había sido un cumplimiento fiel de la voluntad del Padre. Ahora, en la muerte, llega el momento de confirmar con los hechos lo que había predicado durante los años de su vida pública. “Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente” (Jn 10, 18).

En el lavatorio de los pies a los discípulos y en la crucifixión, un hombre de nuestra raza, nacido del seno de María por obra del Espíritu Santo, llega hasta la consumación de la vida por amor. Olvidándose de sí mismo y de su propia voluntad, hace de su muerte un acto perfecto de amor al Padre y a la humanidad.

La experiencia personal de cada uno nos dice que todos tenemos la capacidad de ordenar la vida, pensando sólo en nosotros mismos y en nuestros intereses personales o poniendo en el centro de nuestras decisiones a Dios y a los demás. En contra de los criterios culturales del momento, que nos invitan al individualismo y a la búsqueda de los propios gustos, Jesucristo nos enseña que el ser humano tiene éxito y llega a su plena realización cuando se cierra sobre sí mismo y se da a los demás: Nadie tiene amor más grande que el que la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Desde la fidelidad incondicional a la voluntad del Padre, Jesucristo había vivido volcado en los demás, especialmente en los enfermos, marginados y empobrecidos. En el momento de la cena con sus discípulos, anticipo de su muerte en la cruz, les entrega su cuerpo y su sangre, revelando de este modo que su donación hacia ellos es total y que la grandeza del ser humano está en la donación de sí mismo.

En la Eucaristía los cristianos somos invitados a comer el Cuerpo y la Sangre del Señor y, por tanto, a entrar en comunión perfecta con su donación. A partir de este encuentro íntimo con el Señor, descubrimos cómo ha de ser nuestra entrega a los demás y recibimos la fuerza de la gracia para poder dar cada día la vida por amor a nuestros semejantes. Como el pan y el vino consagrados se reparten a los comensales, los cristianos estamos llamados a convertirnos en pan partido para los demás.

En la comunión eucarística permitimos que Dios nos toque a nosotros, se apodere de nosotros y entre en nuestra vida para transformarnos interiormente en criaturas nuevas y para enseñarnos a dar la vida hasta el final. Por eso, la Eucaristía para ser verdad en nosotros no puede quedarse en el simple momento de la celebración, tiene que hacerse realidad en cada instante de la existencia, ayudándonos a purificar nuestros deseos, a dar muerte al pecado y a actuar desde la humildad.

Este cambio de criterios y de comportamientos nos supera, está por encima de nuestras fuerzas. Por eso, quienes hemos recibido el encargo de servir, de lavar los pies a los demás, imitando al Maestro, no debemos olvidar nunca que antes debemos dejar que Cristo se ponga a nuestros pies para lavar nuestra suciedad, para mostrarnos el camino del servicio y para ayudarnos a descubrir que la felicidad verdadera no está en la búsqueda de nuestros gustos, sino en el amor a Dios y al prójimo.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara



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