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La puerta de la felicidad, por Juan José Omella Omella, arzobispo de Barcelona

La puerta de la felicidad, por Juan José Omella Omella, arzobispo de Barcelona

Carta dominical del arzobispo metropolitano de Barcelona, Mons. Juan José Omella, correspondiente al próximo domingo, 9 de octubre de 2016.

Una de las preguntas fundamentales que todo ser humano se plantea es qué es la felicidad y cómo conseguirla.

El Evangelio nos narra el episodio de un joven rico que se acercó a Jesús y le preguntó qué tenía que hacer para conseguir la vida eterna, es decir la felicidad plena y para siempre. Conocemos la respuesta que le dio el Señor, pero me gustaría que leyésemos esta parábola antes de comentar la respuesta de Jesús a ese joven:

A la puerta de la felicidad llega un hombre en la plenitud de la vida. Su paso es firme y decidido. Una fuerza invisible parece atraerlo hacia allí. Golpea la puerta, fuerte y esperanzado. Sale el guardián, quien, mirándolo fijo y extrañado, le pregunta:

-¿Qué desea?

-¿No es esta la puerta de la felicidad? -pregunta el buen hombre.

-Sí, esta es la puerta. Pero esta no es tu hora.

Nuestro hombre se queda un poco perplejo, desconcertado y sin capacidad de reacción. Tras unos segundos de vacilación, se sienta en el suelo y queda como pensativo, ensimismado. Así pasa un largo rato… Después empieza a mirar a su alrededor, con curiosidad: la puerta, las ventanas, el edificio…, como si buscara una manera de entrar y de burlar al guardián. Ninguna solución parece convencerle. Nervioso, lucha entre el deseo, la duda, la indecisión, hasta que por fin se decide a llamar nuevamente.

-Me dijo usted que esta era, efectivamente, la puerta de la felicidad pero que no era mi hora. ¿Cuál es pues mi hora? ¿Qué tengo que hacer?

-Mi papel es sólo éste; no puedo decirle más.

Como le parece un muro infranqueable intenta abordarlo de otra manera. Entabla conversación con él, habla de mil cosas, intenta caerle simpático, observa mucho, estudia sus reacciones y puntos flacos… pero nada. No se sale con la suya.

Cansado, y sin conseguir nada, se echa en el suelo a pensar, a jugar solo, a cantar, a dormir, ¡quién sabe si alguna vez, por casualidad, despiste o aprovechando la llegada de otro…!

Aquello es aburrido, insoportable, pero ¡qué hacer, cómo irse, si aquella es la puerta de la felicidad, su felicidad! Pasan meses y años sin más preocupaciones que las de organizar su soledad para que la espera sea lo más agradable posible. Todo valdrá la pena para cuando llegue la felicidad.

Muy enfermo y envejecido se ve desfallecer. Quizá su estado inspire compasión al guardián y lo deje entrar. Por eso, juntando las últimas fuerzas, se acerca y llama de nuevo, preguntando con su voz ya mortecina:

-¿Cómo es que, siendo esta la puerta de la felicidad, no ha venido nadie, cuando en el mundo la gente se mata para conseguirla?

-Es que cada uno tiene su puerta.

-¿Entonces, es seguro que ésta es la mía?

-Sí. Esta era su puerta, ahora la cierro definitivamente -dijo con fuerza el guardián.

Y ahora volvamos a la narración evangélica. Jesús le dice al joven: cumple los mandamientos, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, es decir comparte, y sígueme.

Solo conseguiremos ser felices si salimos de nuestro egoísmo, si intentamos hacer felices a los demás, si somos solidarios con ellos y si Cristo, el Hijo de Dios, forma parte de nuestra vida, es decir, si le seguimos y le amamos de verdad.

Amigos: no nos quedemos parados esperando que la felicidad llegue a nosotros. No olvidemos que hay más gozo en dar que en recibir.

Con todo mi afecto.

+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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