Internacional

La puerta de fray Giacomo, por Manuel Fanjul

Existe una famosa puerta en Roma, que no lo es por su esplendor arquitectónico ni por conmemorar a un gran personaje o alguna gesta histórica. Quien se acerca a ella no lo hace para contemplarla ni flanquearla, sino sencillamente para mirar a través del buco della serratura. Para poder hacerlo es preciso dirigirse a la colina del Aventino, donde se encuentra la Villa Magistral de la Orden de Malta.

La Soberana Orden Hospitalaria y Militar de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta es una de las más antiguas instituciones de la civilización occidental y cristiana. Fundada en el siglo XI en Jerusalén, por avatares históricos y jurídicos en los que no podemos extendernos, y avalada por su historia y la inmensa labor realizada, constituye un peculiar sujeto de derecho internacional al que la comunidad internacional reconoce su soberanía aun en ausencia de base territorial, por lo que sus dos sedes en Roma están exentas de la autoridad italiana.

Una de ellas es la citada villa en el Aventino. A través del ojo de la cerradura de su puerta principal, se aparecen lo que podríamos llamar —con cierta inexactitud que evite otras mayores— tres «espacios soberanos»: en primer plano, una vista de los jardines de la Villa Magistral de la Soberana Orden de Malta; mas allá, algunas propiedades situadas en el Estado italiano, y, al fondo, la inconfundible cúpula de la Basílica de San Pedro, en el Estado de la Ciudad del Vaticano.

Curiosamente, en la misma villa se encuentran las embajadas de la Orden de Malta ante la Santa Sede y la república italiana, y también la capilla de Santa María del Priorato. Allí la semana pasada fue velado y ha recibido cristiana sepultura el cuerpo de Su Alteza Eminentísima el Príncipe y Gran Maestre de la Orden de Malta fray Giacomo Dalla Torre del Tempio di Sanguinetto, que había sido designado en el año 2018.

Falleció el 29 de abril en Roma, la misma ciudad que le vio nacer en 1944. Las necrológicas escritas con motivo del óbito se han limitado en la mayoría de los casos a recoger algunos datos bibliográficos extraídos de las notas oficiales de prensa y a subrayar el hecho de que su elección tuvo lugar tras la dimisión, a petición del Santo Padre, de su antecesor; lo que evidencia que este no ha sido un periodo especialmente tranquilo para la Orden.

Son innumerables las páginas que se han escrito sobre nuestra Orden a lo largo de sus más de nueve siglos de existencia. Aún hoy, cada año siguen defendiéndose tesis doctorales y se publican artículos especializados sobre aspectos históricos y jurídicos de la misma, no carentes, en buena medida, de controversia.

Menos conocidas son las cuestiones sobre el origen y carisma de la orden sanjuanista en el ámbito de una comunidad religiosa integrada por un grupo de peregrinos procedentes de Amalfi, que habrían llegado a Jerusalén hacia mediados del siglo XI. Fundarían allí un hospital-albergue destinado a recibir, acoger y ofrecer asistencia sanitaria a los peregrinos arribados a la ciudad santa con anterioridad a las cruzadas. Su labor de ayuda se extendió muy pronto a los pobres y necesitados residentes, respondiendo con ello a la larga tradición caritativo-asistencial que encuentra su fuente y raíz en los cimientos mismos del cristianismo primitivo.

Viene siendo comúnmente aceptado que dicha comunidad siguió en los inicios la regla benedictina, sustituida posteriormente por la de san Agustín por decisión del beato Gerardo, considerado el fundador de la Orden y sin duda el gran impulsor de aquel naciente carisma. Se entendió más adecuada para conjugar con las necesidades cotidianas del hospital y las diferentes actividades que proliferaban con el paso del tiempo, especialmente con la llegada de los cruzados.

Fue el sucesor de Gerardo en el gobierno de la religión del Hospital, fray Raimundo de Podio, considerado primer Maestre de la misma, quien redactó la primera regla propia conocida por el nombre de su autor, y en la que se refiere a sí mismo como servus pauperum Christi et custos Hospitalis Jerosolimitani.

Este es el primer título que el primer Maestre se otorgó al inicio de la regla: «siervo de los pobres de Cristo y guardián del Hospital de Jerusalén». Y en coherente lógica evangélica, se referirá en ella a los que son servidos en el hospital como nuestros señores.

Cuando acaba de fallecer el número 80 de los Grandes Maestres, resulta consolador afirmar que, pese a las vicisitudes históricas remotas y recientes, podemos seguir llamando a este religioso sanjuanista servus pauperum Christi, como cabeza visible de una orden que, fiel a su origen en aquel primer hospital jerosolimitano, está presente hoy en la mayoría de los países del mundo con proyectos médicos, sociales y humanitarios. Fray Giacomo era el superior de esa milicia hospitalaria formada en la actualidad por 13.500 miembros (consagrados o profesos, monjas, caballeros y damas laicos y capellanes), 80.000 voluntarios permanentes y 42.000 profesionales cualificados (la mayoría médicos y profesionales sanitarios), que desarrollan su vocación melitense y su labor hospitalaria en proyectos extendidos por 120 estados.

Mientras su cuerpo, dentro de un sencillo féretro de madera, era velado la semana pasada junto a su trono vuelto hacia la pared, en señal de ausencia de su titular, la Iglesia entera escuchaba el domingo IV de Pascua las palabras de su Señor: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 7). Al escucharlas resultaba casi natural devolver el recuerdo a la puerta que los turistas visitan solo para ver durante unos segundos por el ojo de la cerradura la curiosa imagen de una triada de soberanías, y que horas antes se había abierto de par en par para acoger el cuerpo de fray Giacomo a su llegada a la Villa Magistral.

La vida de fray Giacomo nos deja el testimonio de que no basta acercarse a la puerta con la mera curiosidad de observar qué se puede ver por el ojo de la cerradura. En el servicio a los demás, hay que entrar a través de Él, porque «el que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido» (Jn 10, 1). En estas palabras de Jesús, se puede identificar la imagen de la tentación del arribismo, del afán por llegar alto, por conseguir un puesto bajo la falsa apariencia de servicio a los demás. Es la imagen del hombre que, a través de buenas obras, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no la entrega humilde al modo de Jesucristo, que no vino a ser servido sino a servir.

El ultimo siervo de los pobres de Cristo y guardián del Hospital de Jerusalén ha culminado ya la última subida para entrar por la verdadera puerta; y deja hermosos recuerdos de un príncipe que no convirtió esta condición en banalidad, de un auténtico caballero en el sentido más completo de la palabra, de un religioso según el corazón de Dios, de un cristiano que quiso amar, servir y estar cerca de nuestros señores, los pobres y los enfermos, siempre con una sonrisa y ojos chispeantes.

Que Jesucristo, su pastor, lo reconozca ahora entre sus ovejas, las que le alimentaron en los hambrientos y le sirvieron en los que sufren. Que pueda escuchar a él dirigidas aquellas palabras que se desgranaron en el sermón de la montaña y son origen de la cruz de ocho puntas que llevaba bordada en su hábito e impresa en su corazón: Bienaventurado tú, fray Giacomo.

 

Manuel Fanjul García
Director general de Publicaciones de la CEE
y capellán superior del Subpriorato de San Jorge y Santiago de la Orden de Malta

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