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Rincón Litúrgico

La primera pregunta

«Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1, 11)

Señor Jesús, una experiencia de siglos nos ha impulsado a identificar a las personas con el país al que pertenecen, con la ciudad o la aldea en la que viven, con la casa que consideran como su hogar. Esa identificación tiene sus ventajas y también tiene sus riesgos. Con frecuencia, genera unos prejuicios muy difíciles de superar. 

Por ello, me impresionan las primeras palabras que te dirigieron aquellos seguidores de Juan. Él te había presentado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y, movidos por aquella presentación tan poco habitual, dos de sus discípulos se sintieron impulsados a seguirte. 

En realidad querían saber quién eras y cuál era tu misión. «Maestro, ¿dónde vives?». Eso te preguntaron. Debieron de pensar, como muchos de nosotros, que conociendo el lugar de tu vivienda podrían situarte en alguno de los grupos sociales y religiosos de su tiempo.

Tu respuesta no fue una información o una descripción de tu casa. Fue una invitación al seguimiento. «Venid y lo veréis». Desde el primer momento había de quedar claro que tú te manifiestas a quien comparte tu estilo de vida. Ellos debían comprender que para conocerte de verdad lo más importante era convivir contigo. 

Tú, Señor, eres el mensajero y el mensaje. A lo largo de la vida me he visto fascinado con frecuencia por las ideas y los sistemas filosóficos, por los esquemas y los argumentos. Sin embargo, lo importante será siempre el encuentro contigo. Es necesario aceptar tu invitación, seguirte confiadamente, compartir contigo el tiempo y la vida.

Hoy necesito repetirte una súplica muy antigua y siempre actual: «Mándame ir a ti» y «no permitas que me separe de ti». Y, de paso, te ruego que me enseñes a mostrar a los demás que lo importante es acercarse a ti. Solamente así es posible llegar a «ver» quién eres tú, cuál es tu misión y qué es lo que esperas de nosotros. Amén.



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