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Opinión

La persecución a los cristianos avergüenza, enseña e interpela – editorial Ecclesia

La persecución a los cristianos avergüenza, enseña e interpela – editorial Ecclesia

En la página 17 de nuestro número de hoy, como ya adelantábamos en la página 35 de la pasada semana, narramos la expulsión de los cristianos de Mosul (Irak). Con presencia cristiana casi de sus albores, la actitud del islamismo radical ha obligado, en pleno siglo XXI, en plena civilización de los derechos humanos, a un vergonzoso y forzado éxodo, en buena medida silenciado por los poderes mediáticos y políticos. Las casas de los cristianos fueron previamente marcadas con un signo, como aconteciera en la trágica época de la persecución nazi a los judíos. Nuestros hermanos cristianos, diezmados y preteridos, han sido obligados a dejar sus viviendas, sus pertenencias y sus raíces, en medio de un atropello,  que tanto se aproxima al genocidio y al delito de lesa humanidad.

En el corazón de África, el grupo terrorista Boko Haram, una de las franquicias de Al Qaeda, prosigue, impune, con sus asesinatos, secuestros, extorsiones, conversiones forzadas y atentados. Y tampoco pasa nada. Y tampoco se moviliza en la medida de lo necesario la comunidad internacional.

No hay día que desde Pakistán, Afganistán, Siria, Egipto y hasta Líbano o alguno de los países del sudeste asiático más sometidos al islamismo o al comunismo, no nos lleguen noticias de nuevas y gravísimas conculcaciones de los derechos más elementales de los cristianos. Y aquí sigue sin pasar nada.

No creemos exagerar, ni contribuir a crear ningún clima de alarmismo o victimismo. Lamentablemente, lo que contamos no es ninguna novela o película, ni ninguna pesadilla onírica. Es una realidad dolorosa y vergonzosa, que no nos hemos de cansar de denunciar. Es una realidad que, a su vez, nos enseña e interpela.

El Papa Francisco, conocedor de esta situación de primera mano desde la atalaya de su misión y responsabilidad, lo señalaba claramente en la homilía de su misa en Santa Marta del lunes 30 de junio, memoria litúrgica de los protomártires romanos del siglo primero.“Hoy en día –afirmó- hay tantos mártires en la Iglesia, muchos cristianos son perseguidos. Pensemos en el Medio Oriente, los cristianos que deben huir de las persecuciones, los cristianos asesinados por sus perseguidores. También los cristianos expulsados de manera elegante, con guantes blancos: esta también es una persecución. Hoy en día hay más testigos, más mártires en la Iglesia que en los primeros siglos. Y en esta misa, recordando a nuestros gloriosos antepasados, aquí en Roma, también pensamos en nuestros hermanos y hermanas que viven perseguidos, que sufren y que con su sangre hacen crecer la semilla de tantas pequeñas Iglesias que nacen. Oramos por ellos y también por nosotros”.

Sí, la tragedia de los cristianos perseguidos de ayer y de hoy –sobre todo, ya de hoy- es una lección para todos nosotros, para la entera comunidad cristiana y para la toda la sociedad. Por ello,  el encuentro del Papa  el jueves 24 de julio (ver página 45) con Mariam, la cristiana sudanesa perseguida, encarcelada y final y felizmente liberada, es un acontecimiento emblemático y extraordinario, una lección, una catequesis. Como lo son las palabras de Francisco a Mariam y a su familia: “Gracias por el testimonio cristiano, gracias por la perseverancia en la fe, gracias por el ejemplo que nos ha dado a todos”.

Y es que aquí viene la segunda parte de nuestra reflexión, el sacar bienes de este inmenso mal e injusticia que es la persecución de los cristianos. Los cristianos perseguidos, claro, que nos enseñan y estimulan; claro que su ejemplo nos interpela. ¿Cómo responderíamos nosotros, en España, sin ir más lejos, si nos viéramos sometidos a circunstancias como las de Mosul o las vividas por Miriam y su familia o las que todavía vive, desde 2009, en un oscura e inicua prisión, Asia Bibi en Pakistán y tantos y tantos otros hermanos cristianos anónimos?

¿Somos conscientes en España y en Occidente del inmenso tesoro de la fe y de su vivencia y profesión en coherencia y hasta en las más adversas condiciones? ¿Cómo no dejarnos evangelizar por estos hermanos nuestros y aprender de ellos a ser fieles al don de la fe y a su testimonio público y privado? Muchos de nuestros silencios a la hora de condenar y de actuar contra la persecución de los cristianos ¿no tendrá alguna relación con que, en el fondo, no valoramos su testimonio porque no acabamos de valorar suficientemente la grandeza incalculable de la fe?



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