Carta del Obispo Iglesia en España

La peregrinación a Lourdes en el Año Santo de Misericordia

La peregrinación a Lourdes en el Año Santo de Misericordia
            Queridos diocesanos: Durante el último fin de semana del mes de junio, hemos peregrinado un año más al Santuario de Lourdes con nuestra Hospitalidad Diocesana acompañando a enfermos y otros peregrinos. Este año hemos acudido a la gruta de Masabielle para celebrar el Jubileo de Misericordia.

En el encuentro con la Virgen, cuya presencia allí se siente más cercana, si cabe, y de sus manos hemos podido contemplar, experimentar y acoger el amor entrañable, compasivo y misericordioso, paciente y eternamente fiel de Dios en su Hijo Jesucristo, la Misericordia encarnada de Dios, en el seno virginal de Maria.
            La peregrinación, signo peculiar de todo Año Santo, lo hemos vivido este año más intensamente, que otras veces: nos ha recordado que en esta vida todos somos peregrinos, que nuestra existencia es un camino hasta alcanzar la meta anhelada. Y también que la misericordia es una meta por alcanzar, que requiere de nosotros ponernos en camino hacia Dios, salir de nosotros mismos y convertirnos.
            En este año jubilar, el primer acto comunitario de nuestra peregrinación ha sido el paso por la Puerta de la Misericordia; al pasarla, hemos hecho la señal de la cruz, para mostrar de esa manera nuestro deseo y nuestra decisión de entrar en la realidad de la gracia de la misericordia para nosotros y para todos con quienes nos encontramos. Para “hacer bien la señal de la cruz”, a Bernardita le bastó con mirar a la Señora y hacerla como ella la hizo. Con ese gesto sencillo, hacer bien la señal de la cruz, parecía que ella entraba en una realidad diferente. Esa otra realidad es la que el Señor nos propone en el Evangelio: pasar del pecado a la gracia, del egoísmo al compartir, de la división a la comunión, del aislamiento al encuentro, de la tristeza a la alegría, del odio al perdón.
            La Puerta Santa está en comunicación directa con el Calvario Bretón, donde hemos contemplado a Jesús crucificado y muerto por nosotros: Él es la verdadera puerta de la misericordia; y también hemos fijado nuestra mirada en la Virgen María, madre del crucificado; al pie de la Cruz, hemos escuchado a Jesús que nos da a su Madre como madre nuestra en la persona de Juan: “Ahí tienes a tu hijo”. Jesus quiere situar al discípulo amado y a todos los creyentes en la esfera del amor y la misericordia. Jesús nos confía a María para que la recibamos como Madre. En este espacio espiritual es donde Bernardita y los peregrinos de todos los tiempos podemos acoger la presencia de María como madre y madre de misericordia.
            El paso por la Gruta ha estado marcado este año también por la Misericordia. Como Bernardita, nos hemos dejado llevar por la Virgen Maria a la fuente al fondo de la gruta y hemos acogido su invitación de entrar en el misterio de la vida de su Hijo. Porque no basta con descubrir la fuente -Cristo-; hay que beber y lavarse en ella: alimentarse con la Palabra de Dios y dejarse transformar por su presencia sacramental en la Reconciliación y la Eucaristía, que hemos celebrado de un modo especial en este Año Santo, para acoger y experimentar así la Misericordia de Dios, para sentirnos acogidos, amados, perdonados por Dios  y dejarnos así transformar el corazón por su Misericordia; sólo así podemos ser misericordiosos como el Padre. En la Gruta, lugar del silencio y de oración, hemos podido dialogar con el Señor para descubrirnos bellos a los ojos de Dios, amables a los ojos de los demás.
            Pasando por las piscinas y haciendo el gesto del agua, los peregrinos hemos expresado nuestro deseo de ser purificados por la gracia de Dios y, al mismo tiempo, hemos expresado nuestro deseo de hacer brotar de lo más profundo de nuestro corazón la caridad para comunicarla a los demás.
            La peregrinación nos llama ahora a ser portadores de la misericordia que hemos experimentado estos intensos días y nos impulsa a vivir la misericordia para con los demás en las obras de misericordia corporales y espirituales, a abrir nuestro corazón a los enfermos, a los necesitados, a cuantos viven en las periferias existenciales.
            Con mi afecto y bendición,
+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón
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