Carta del Obispo Iglesia en España

La pasión del verdadero amor, por monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo

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No sería amor si no tiene pasión. Pero por pasión no podemos entender fogosidad, divertimento egoísta o pulsión sensual. Tanto es así que podemos decir que en toda historia amorosa hay un elemento común, sea cual sea la época, la edad, la condición cultural, social o religiosa de los amantes: la pasión con la que se ama. No estamos ante una “debilidad” del afecto humano, sino ante una de las notas que constituyen su corazón: hemos sido creados para amar apasionadamente.

Ciertamente que esto se puede entender mal, en el sentido de entenderlo parcialmente: amar sólo algunos aspectos de la persona (como por ejemplo, el cuerpo); o amar sólo un tiempo, mientras dura la real gana (es decir, amar mientras la magia romántica). Este tipo de “amor” que tiene fecha de caducidad, puede ser apasionado en el sentido loco y desenfrenado, prohibido y fugaz, pero nada tiene que ver con el apasionamiento amoroso del que nos habla este Evangelio. Amarlo todo, con todo y para siempre. Esta es la propuesta cristiana, y esto en la medida de nuestra madurez de creyentes en Jesucristo.

La pregunta del letrado a Jesús: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» no era una curiosidad de aquel judío particular, sino una gran cuestión religiosa. Efectivamente, la ley de Moisés como expresión de la Alianza de Dios con su Pueblo se había transformado: de diez mandamientos había pasado a una lista inmensa de concreciones e interpretaciones (más de 600), la mayoría de las cuales tenían un tono prohibitivo e impositivo. No extraña, pues, que aquel letrado que quería ser honesto con su fe, pregunte a un nuevo Maestro como Jesús, cómo hacer para ser un fiel creyente. Y Jesús responde sorprendentemente: todo, con todo, para siempre, es decir, apasionadamente: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser… y al prójimo como a ti mismo.

No sirven aquí las componendas parciales, ni tampoco las complicaciones extrañas: amar a Dios, amar al prójimo, como Jesús ha mostrado abundantemnte curando, alimentando y enseñando a los hombres hasta la extenuación, al mismo tiempo que se pasaba las noches en oración ante su Padre haciendo del cumplimiento de su Voluntad su comida cotidiana.

Hay quienes creen que para vivir el amor cristiano basta ser personas educadas, generosas, entregadas a causas ajenas. Y hay quienes, por el contrario, evitan a los prójimos como si éstos fueran rémora o estorbo para su pretendido amor a Dios, creyendo falsamente que le aman a Él porque no aman a nadie. Amar apasionadamente a Dios y amar a sus hijos, todos nuestros hermanos. Escuchar la Palabra de Dios y vivirla, sabiendo verificar éstas en un amor al prójimo hecho en verdad, porque en esto sabemos que amamos a Dios: quien no me ama no observa mis palabras, y quien dice amar a Dios y no ama a su prójimo, vive en la mentira.

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

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