Iglesia en España

La Pascua y el don de la vida, por Julián López, obispo de León

LA PASCUA Y EL DON DE LA VIDA

             Queridos diocesanos:

El traslado de la solemnidad de la Anunciación del Señor del 25 de marzo, coincidente este año con el Domingo de Ramos, al día 9 de abril, primer día libre después de la Octava de Pascua, ha hecho que se desplazase también la Jornada por la Vida. Esta circunstancia me parece una buena oportunidad para reflexionar sobre la relación entre el acontecimiento de la Pascua que estamos celebrando y lo que se pretende con ocasión de la citada Jornada que, en mi opinión, no puede conformarse con la sola defensa del gran don de la vida humana, aunque esto es también fundamental. Creo necesario, así mismo, promover y exaltar la grandeza y belleza de la vida como don de Dios. De acuerdo con el lema propuesto para la mencionada Jornada, “Educar para acoger el don de la vida” supone, de entrada, valorar ese don como una realidad que cobra importancia y fuerza singulares si proyectamos sobre ella la luz pascual. ¿Qué otra cosa es la Pascua sino el triunfo absoluto de la vida sobre la muerte? Lo proclamaba la liturgia del domingo de Pascua: “Muerte y vida trabaron duelo, y muerto el Dueño de la vida, gobierna, vivo, tierra y cielo”.

¡Cristo ha resucitado! Un acontecimiento transcendente en su realidad e inexplicable en su significado más íntimo, ocurrido en este mundo en el que se lucha contra la muerte con todas las energías posibles y bajo todos los aspectos, a pesar de los múltiples ataques que la vida humana ha recibido y recibe, siendo el más cobarde e inicuo el atentar contra ese precioso don del ser humano en el más débil e inocente que es el no nacido. Y precisamente porque creemos en la resurrección de Jesucristo y confiamos en la dinámica imparable y esperanzadora que este hecho puso en movimiento, los seguidores de Jesús no podemos consentir y menos aún cooperar con un actitud pasiva y que consiente, de manera más o menos abierta, cualquiera de los modos de poner fin deliberadamente a una vida en gestación. Todos, creyentes y no creyentes debemos oponernos tanto a esa especie de marea devastadora de la vida ya iniciada que es el aborto procurado, como a las situaciones injustas que impiden o frenan la promoción de las personas más débiles o desasistidas de la sociedad. La defensa de la vida humana no se reduce tan solo a la lucha contra el aborto, sino que ha de procurar también el desarrollo integral de las personas.

Lo exige nuestra fe en la resurrección de Jesucristo y nosotros lo hemos aceptado de algún modo al renovar las promesas bautismales que no son ajenas al compromiso de la defensa de la vida. Si debemos buscar “los bienes de allá arriba” como nos exhorta la Iglesia con palabras de san Pablo (cf. Col 3,1), está claro también que no podemos desentendernos de los problemas de este mundo y el de la protección y promoción de la vida es uno de los más importantes. Con la fuerza del Señor resucitado debemos reconocer y agradecer con alegría y profundo asombro el don de la vida humana dando testimonio de nuestro aprecio por este bien en nosotros mismos y en los demás. 

Por último, aunque trasladada en cuanto a la fecha, la solemnidad de la Anunciación del Señor sigue teniendo una dimensión mariana. En ese acontecimiento sobresale con singular brillo la figura de María, la Mujer que escucha con fe y acoge con disponibilidad total el mensaje divino que le transmite el ángel. Que Ella nos ayude a todos a estimar, promover y defender si es necesario el don de la vida en todas sus dimensiones.

 

+Julián, Obispo de León

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