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La parroquia jesuita que acoge a los temporeros en Lleida

Uno de los problemas para los temporeros que ahora están trabajando en Leida, donde se encuentran algunos de los mayores cultivos de frutas de España, es el de la vivienda. Se suman ya 24.000 contratos y muchos de los que han llegado hasta la provincia han tenido que dormir incluso en la calle. Ante esta realidad, el sacerdote jesuita Roger Torres i Aguiló SJ abrió las puertas de la parroquia Sant Ignasi de Loiola, en colaboración con la Fundació Arrels Sant Ignasi, de la que es presidente. «hemos decidido abrir las puertas de la parroquia que tenemos en Lleida.  Hemos abierto la iglesia ante la negativa de encontrar  entidades que nos cedieran espacios más grandes», explica Torres, que ha dado su testimonio en la web socialjesuitas.es.

Eso sí, el párroco señala que esto es solo «un gesto porque las condiciones para acoger de forma segura  reducen nuestra capacidad a 12 personas y la acotan en el tiempo, hasta que la administración local disponga, a principios de junio, de un lugar de acogida». Lo positivo de que sean pocas personas, sin embargo, es que «permite ofrecer un espacio con mucha calidez».

Esta acción se lleva a cabo también con el apoyo de Cáritas, Cruz Roja y miembros de la plataforma «Fruita amb Justícia Social».

Petición a la administración para asumir su responsabilidad

Sin embargo, Roger Torres tiene una petición para las administraciones y empresarios: « En cuanto a la incidencia queremos reivindicar a las distintas partes implicadas que asuman sus responsabilidades: a las administraciones locales, que ofrezcan espacios de acogida para las personas que duermen en la calle; a las personas que contratan, que cumplan con las obligaciones de ofrecer espacios dignos de pernoctación; a las grandes empresas, que paguen un precio justo por la fruta que compramos; al gobierno central, que permita a personas en situación irregular poder disponer de contratos temporales de trabajo; y a la ciudadanía, que haga suyo el discurso de la hospitalidad y que pongan rostro al recolector que hace posible que haya una cerezas, una manzana, una pera, un melocotón en la mesa de su comedor».

Al mismo tiempo, destaca detalles bonitos de la convivencia: «Ayer abrimos las puertas, después de la ducha compartimos la cena, compartimos también la noche y hoy, al levantarnos pronto, y tomando un vaso de leche con cacao el día ha empezado con la sonrisa de Cherick. Una sonrisa que agradecía el gesto sencillo de la hospitalidad recibida. Y es que uno piensa “si alguna vez llego a un sitio distinto,  lejos de todos los míos, me gustaría encontrar una comunidad humana, una ciudad que me acoja así”».

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