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Rincón Litúrgico

La palabra permanece

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis plabras no pasarán» (Mc 13, 31)

Señor Jesús, tú conoces bien nuestra debilidad y nuestro orgullo. Tú sabes que nuestra pretendida autosuficiencia responde más a una representación que a una convicción. Queremos manifestar seguridad, pero somos mucho más débiles de lo que parece.

Sin embargo, hay momentos en la vida en los que ya no podemos fingir. Hay días en los que  nos encontramos a solas con nuestra verdad más profunda. Es entonces cuando tenemos que reconocer el acoso de nuestros miedos y la obsesiva presencia de nuestros titubeos.

El huracán existe y retorna una y otra vez. Edificamos nuestra casa en un lugar que parece placentero. Pero un día se desbordan las aguas y reclaman sus cauces.Y nosotros no queremos ser derribados por el vendaval o ser arrastrados por el ímpetu del torrente.

Por eso, tratamos de aferrarnos a todo lo que parece ofrecernos un asidero. Acumulamos dineros y títulos. Buscamos la influencia y la protección de un magnate. Apelamos a nuestros méritos. Y hacemos todo lo posible para asegurarnos un puesto honorable en la sociedad.

  Pero todo es en vano. La borrasca se lleva todo lo que habíamos plantado y construido. Un volcán derriba nuestra casa y cubre con su lava nuestros sembrados y caminos. De pronto,  nos falta la energía y descubrimos que ya no podemos vivir a la luz de una candela.

Y lo que es peor, no podemos seguir confiando en nuestros padrinos y tutores. Han  cambiado de ideología o de partido político. Temen a la opinión pública o simplemente están muy ocupados en sus negocios y proyectos. Así que al fin nos abandonan a nuestra suerte.

Señor Jesús, la vida nos ayuda a comprender que hemos de fiarnos de ti. Todo pasa y todo perece. Solo tu palabra permanece a lo largo del tiempo. Tú nos das la seguridad que necesitamos. Solo tu palabra nos abre a un horizonte de eternidad. Bendito seas. Amén.



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