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La Palabra de Dios, «una carta de amor» escrita por Aquel que mejor nos conoce

La Palabra de Dios es «una carta de amor escrita para nosotros por Aquel que nos conoce como nadie más». Así se ha definido esta mañana a las Escrituras el arzobispo Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, en la Eucaristía que ha presidido en el Altar de la Cátedra de la basílica de San Pedro. El arzobispo italiano ha leído en ella la homilía preparada para este Domingo de la Palabra por el Papa Francisco, a quien la reaparición de los dolores de ciática le han impedido oficiar la misa, como estaba previsto. El dicasterio que preside el obispo es el que tiene encomendada la organización y animación de esta jornada instituida en 2019 por el Santo Padre mediante la carta apostólica Aperuit Illis que busca conseguir un mayor conocimiento y una mejor comprensión de las Sagradas Escrituras por parte de los fieles. El lema de la misma en esta su segunda edición está tomado de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses y dice: «¡Agarraos a la Palabra de Vida!».

La Palabra, antídoto contra el miedo a la soledad del hombre

El Papa Francisco ha dicho por boca de monseñor Fisichella al aproximadamente centenar de fieles presentes en la basílica, que la Palabra de Dios nos permite constatar la cercanía del Padre. «Es antídoto contra el miedo de quedarnos solos ante la vida. De hecho, el Señor a través de su Palabra con-suela, es decir: está con quien está solo. Hablándonos, nos recuerda que estamos en su corazón, somos hermosos para sus ojos, estamos custodiados en las palmas de sus manos». Francisco ha invitado, por ello, a llevar el Evangelio siempre con nosotros, «en el bolsillo, en el teléfono», y a ponerlo en un «sitio digno» y visible en nuestras casas, para poder «abrirlo cada día, si es posible al inicio y al final de la jornada».

El Santo Padre ha querido subrayar también que el distanciamiento entre las personas terminó en el momento en que, en Jesús, Dios se hizo hombre. «Terminó el tiempo —ha dicho— en el que cada uno piensa solo en sí mismo y sigue adelante por su cuenta. Esto no es cristiano, porque quien experimenta la cercanía de Dios no puede distanciarse del prójimo, no puede alejarlo con indiferencia». Para el Papa, «quien es asiduo a la Palabra de Dios recibe saludables cambios existenciales: descubre que la vida no es el tiempo para esconderse de los otros y protegerse a sí mismo, sino la ocasión para ir al encuentro de los demás en el nombre del Dios cercano».

Jesús llamó a personas sencillas y usó palabras sencillas

Francisco ha remarcado asimismo que Jesús empezó a predicar su mensaje de salvación «no desde el centro, sino desde la periferia», y que se dirigió en primer lugar no a expertos en las Escrituras, sino a los pescadores de Galilea, personas sencillas que vivían del fruto de sus manos y que no sobresalían seguramente por la ciencia y la cultura. «Jesús les dijo: “Vengan detrás de mí y los haré pescadores de hombres» (v. 17). No los atrajo con discursos elevados e inaccesibles, sino que hablaba sus vidas: a unos pescadores de peces les dijo que serán pescadores de hombres. Si les hubiera dicho: “Vengan detrás de mí y los haré apóstoles, serán enviados en el mundo y anunciarán el Evangelio con la fuerza del Espíritu, los matarán pero serán santos”, podemos imaginar que Pedro y Andrés le habrían respondido: “Gracias, más bien preferimos nuestras redes y nuestras barcas”», ha dicho.

Tocados por ese llamamiento, ha añadido, los discípulos fueron descubriendo «paso a paso que vivir pescando peces era de poco valor», mientras que «remar mar adentro desde la Palabra de Jesús es el secreto de la alegría». «Así hace el Señor con nosotros, nos busca donde estamos, nos ama como somos y con paciencia acompaña nuestros pasos. Como a aquellos pescadores, nos espera en la orilla de la vida. Con su Palabra quiere hacernos cambiar de rumbo, para que dejemos de ir tirando y vayamos mar adentro en pos de Él.

A la conclusión de la celebración, el arzobispo Fisichella ha entregado algunos ejemplares de una edición especial de la Biblia, hecha para la ocasión, a un grupo de personas —un futbolista, un estudiante, dos catequistas, dos recién confirmados, un seminarista, un médico y un ciego— elegidas para representar la variedad del pueblo de Dios.



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