Carta del Obispo Iglesia en España

La oscuridad de la fe y san Juan de la Cruz, por Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa

La oscuridad de la fe y san Juan de la Cruz, por Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa

(01/03/2015)

En los domingos de Cuaresma es oportuno volver sobre los fundamentos de nuestra vida cristiana. Durante las próximas semanas os invito a reflexionar algo sobre las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; las tres caminan juntas, no se pueden vivir por separado.

La virtud teologal de la fe, en su aparente sencillez, se caracteriza por su singular complejidad. Es la respuesta de la persona a la revelación de Dios  en Jesucristo, que comporta una participación en la vida del mismo Dios. La fe, como enseña Santo Tomás de Aquino, nos dirige a la visión de Dios y ya desde ahora nos invita a “verlo todo con los ojos de Dios”, por medio de una adhesión a la persona de Cristo como maestro, señor y amigo.

Dice santo Tomás que “el amor abre los ojos de la fe” y el escritor Antoine de Saint Exupéry, en la obra El pequeño príncipe, constata que “lo esencial es invisible a los ojos”. “No quieras ver para poder creer –recomienda san Agustín- sino cree para poder ver; cree mientras no veas, para que al ver no tengas que enrojecer de vergüenza” (Sermón 38).

“Creer -nos recordaba san Juan Pablo II- quiere decir ‘abandonarse’ en la verdad misma de la Palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente ‘¡cuan insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!’ (Rm 11, 33)”. Quien busca a Dios dejándose guiar por la fe ha de pasar por la “noche oscura” (san Juan de la Cruz), aguardando con confianza aquel momento en que Dios, por un don gratuito de su amor, quiera cambiar la fe por la visión.

En nuestra condición de peregrinos hacia Dios, la fe supone una cierta convivencia con el misterio. Por esto, en la fe conviven la luz y la oscuridad. San Juan de la Cruz habla de la fe como un hábito del alma a la vez cierto y oscuro. “La fe –escribe en Subida del monte Carmelo– es la sustancia de las cosas que se esperan, y aunque el entendimiento consiente en ellas con firmeza y certeza, no son cosas que al entendimiento se le descubren, porque si se les descubrieren no sería fe. Lo cual, aunque se le hace más cierto al entendimiento, no se le hace claro, sino oscuro”.

Aunque la luz de la fe ilumina ordinariamente el camino, hay momentos en que la fe se oscurece. Los grandes místicos saben mucho de la oscuridad de la fe, como santa Teresa de Jesús –es oportuno recordarla cuando estamos celebrando el quinto centenario de su nacimiento- y también está presente la oscuridad de la fe en san Juan de la Cruz a quien ella llamaba cariñosamente su “medio fraile” aludiendo a su baja estatura. Lo que los místicos llaman la noche de los sentidos y del espíritu es en el fondo una gran purificación de la fe, no su carencia. Quizá sea oportuno recordar esto especialmente hoy, porque me parece que puede ayudar a distinguir el paso por la prueba de la noche de la fe, que de ninguna manera significa haber renunciado a ella o haberla abandonado. Misteriosa es la fe y misteriosa la actitud ante ella de cada persona. No conviene, pues, confundir la purificación de la fe con la falta de fe. Tenemos un gran ejemplo de esto en santa Teresa del Niño Jesús, por el testimonio que ella misma nos dejó de los últimos años de su vida de fe.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

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