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La oración por los difuntos, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

La oración por los difuntos, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

El día 1 de noviembre la Iglesia nos invita a contemplar el testimonio de los santos, a renovar nuestra vocación a la santidad y a pedir a Dios el perdón de nuestros pecados. A partir del siglo XIV, la Iglesia de Roma invita a los cristianos a hacer memoria de todos los difuntos al día siguiente de la festividad de Todos los Santos. En la liturgia de este día, los católicos, además de meditar en la realidad de la muerte como privación de todo lo terreno y como límite de la existencia en el mundo, elevamos nuestras súplicas al Señor por el eterno descanso de aquellos seres queridos que nos han precedido con el testimonio de su fe en Jesucristo.

Aunque la sociedad del bienestar pone todos los medios a su alcance para borrar de la conciencia de las personas la realidad de la muerte, invitando a no pensar en ella y a centrar la atención en el disfrute inmediato y en la posesión de bienes materiales, sin embargo la muerte de los seres queridos siempre nos devuelve a la cruda realidad y nos invita a preguntarnos por el sentido de la existencia en este mundo y por el más allá de la muerte.

Ante la falta de respuestas convincentes para estos interrogantes, los no creyentes se desesperan o toman la decisión de no hacerse preguntas, pues tienen que asumir que todas sus realizaciones y proyectos terminan debajo de una lápida en el cementerio. Al no creer y confiar en alguien que pueda ofrecer vida más allá de la muerte, la existencia humana se convierte en el mayor fracaso y sinsentido. Cuando el hombre piensa que, alejándose de Dios, se encuentra a sí mismo, es más libre y llega a su plena realización, La oración por los difuntos descubre que su existencia termina en el mayor fracaso.

Los cristianos, por el contrario, apoyamos nuestra vida y nuestra esperanza en Jesucristo muerto y resucitado por la salvación de los hombres. En virtud de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, Dios se hace cercano a cada ser humano, comparte su misma existencia y le regala la posibilidad de participar de su salvación.

Por medio de Cristo, el mismo Dios habita en nuestros corazones y nos ofrece la luz que tiene el poder de iluminar el presente y el final de la existencia.

Injertados en Cristo en virtud del sacramento del bautismo, todos los bautizados estamos convocados a vivir en Él, descubriendo su voluntad, dejándonos guiar por su Palabra y alimentándonos de su misma vida en los sacramentos. De este modo, además de permanecer en Cristo a lo largo de nuestra peregrinación por este mundo, podemos esperar confiadamente la muerte y el encuentro definitivo con Él por toda la eternidad.

Esto no quiere decir que los cristianos no experimentemos dolor y sufrimiento ante la pérdida de nuestros seres queridos o que tengamos claridad total ante la realidad de la muerte. La fe en Jesucristo resucitado y la experiencia de su amor hacia cada ser humano durante la vida terrena nos permiten esperar con paz y esperanza el momento de la muerte, porque también en ese instante el Señor está presente para cumplir sus promesas y librarnos del poder de la muerte: “Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Que el Señor renueve nuestra fe en su resurrección y nos ayude a vivir como resucitados ya en esta vida.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara



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