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La Navidad no necesita ser salvada

“¡Hay que salvar la Navidad!”. He leído y escuchado esta frase varias decenas de veces en las últimas semanas. La amenaza de la COVID es aún una desgraciada realidad y, al igual que pasó en primavera con el ansiado periodo estival, ahora hay quien quiere concentrar sus esfuerzos en salvar este momento tan especial del año.

Pero, ¿realmente está en juego la Navidad? No creo que sea así. Estará en juego la campaña navideña de los comercios. En eso estamos de acuerdo. Pero es que eso, aunque verdaderamente es importante en un momento de crisis económica, no es realmente la Navidad. Le pese a quien le pese. Serán compras de finales de año, compras de las vacaciones de invierno. Pero la Navidad es mucho más que luces y turrón. Es mucho más que consumo desenfrenado, colas en comercios, pisotones en las calles, aglomeraciones en jugueterías.

Es más: no es que crea firmemente que no está en peligro la Navidad, sino que creo incluso que va a ser un año para redescubrirla en su sentido más amplio. Como ha pasado ya con tantas realidades en esta pandemia que nos ha enseñado a reordenar nuestra escala de valores.

Va a ser un tiempo verdaderamente familiar, de recogimiento. No vamos a poder juntarnos con padres, hermanos, cuñados, sobrinos, amigos. O no deberíamos, por pura precaución. Los vamos a echar de menos, sí. Pero lo importante no será juntarnos este año, sino que nadie falte a la mesa para el año que viene. Que nadie lo olvide.

Esta circunstancia hará que en mi casa, por ejemplo, sea la primera vez que me encargue de preparar la cena de Nochebuena y Nochevieja. ¿Y sabéis qué? Que lo estoy deseando. Porque recuerdo con muchísimo cariño aquellas tardes en la cocina con mis padres, preparando los platos, decorando la bandeja del turrón, o cantando bajo las luces del árbol con la pandereta y la harmónica de mi padre (que jamás fui capaz de hacer sonar en condiciones). Y abriendo la puerta a quienes venían a pedir el aguinaldo: sí, aquella tradición en la que no se dice “truco o trato” y que, en vez de asustarte, te obsequian con un villancico. Todo esto voy a poder hacerlo ahora con mis hijas, con tranquilidad, juntos, en familia. Y la verdad es que ya estoy empezando a sentir cosquillas en el estómago de la emoción. Porque siento ahora parte de aquella felicidad que tuve de niña. Y eso me llena.

¿Que no se pueden poner luces en las calles? Pues decoremos cada uno nuestro balcón. Que aquellos arcoiris de los meses de marzo y abril den paso a estrellas de Belén, balconeras y campanillas relucientes, que muestren la alegría de lo que está por venir. Que, si bien es cierto que los ánimos no están para muchas fiestas, es bueno que ayudemos nosotros a vencer esas tinieblas con la luz. Y que nos alegremos de verdad por la gran Luz que llega el 25 de diciembre.

Porque recordemos que la primera Navidad tampoco tuvo grandes algaradas. No hubo luces ni música, sino un gran amor nacido en la sencillez de un portal. Sin espumillón, pero con el calor de un pesebre. Quizá es momento de replantearnos si lo que estábamos celebrando hasta ahora tiene mucho que ver con el origen de una fiesta que nos ha deslumbrado por completo, distorsionando su verdadero sentido. Ahora, el recogimiento nos hará sentir más profundo ese “Silent night” del villancico “Noche de paz” en inglés. El silencio lo impregnó todo, y de él surgió la alegría más hermosa.

Y que nadie se preocupe: la Navidad no necesita ser salvada. Ella, o más bien “lo que pasa durante ella”, es lo que nos va a salvar a nosotros.

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