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La muerte transfigurada de Adolfo Nicolás. In memoriam, por Luis Ángel Montes

Acaba de morir en Tokio, la víspera de la Ascensión (20.05.20), un palentino ilustre, el padre Adolfo Nicolás, que fue prepósito general de los jesuitas. Antes de su muerte en extrema soledad, por una peligrosa infección, decía: «Yo nunca estoy solo, Abba está conmigo». Tuvo una muerte ejemplar, pero diferente de la de Jesús, al que trató de seguir e imitar a lo largo de su vida religiosa. Jesús experimentó una muerte horrenda. Abandonado de sus discípulos más cercanos, en quienes había confiado para su proyecto del Reino, murió con el Padre, pero sin el Padre. Nunca el Padre había estado más cerca de su Hijo crucificado, que en aquel terrible instante, pero dejó este mundo en total soledad, no sintiendo la cercanía de su Abba, porque cargaba con nuestros pecados. Así nos lo relata quizá la página más importante de toda la Biblia: Mc 15, 20b-41.
La muerte del padre Adolfo Nicolás, pasada por la Cruz de Cristo, ha sido de otra forma, mucho más consoladora. Él sí ha sentido la cercanía del Padre, de su Padre, de nuestro Padre, del Padre de todos los hombres. Tuvo que morir aislado en un hospital, muy lejos de Villamuriel, la tierra que le vio nacer en Castilla. Pero él sabía muy bien que el Padre, traspasador de todos los espacios por el Espíritu, está siempre al lado de sus hijos, sosteniendo las debilidades humanas. Tenía una vivencia segura de que el Padre nunca abandona a sus hijos amados, y mucho menos, cuando están en el trance de pasar de este mundo a la Vida Definitiva. En esos momentos trascendentales, el Padre nos sirve de único consuelo. Único: porque significa la más firme seguridad que podemos tener en la hora del dolor y de la muerte.
Así ha muerto un hombre fuerte, que amó apasionadamente a la Iglesia y que sabía muy bien que estaba pasando por uno de los momentos más difíciles de su historia. Pedía con insistencia que rezáramos por ella. Orar no para cambiar la voluntad divina, sino para que nosotros sus hijos cambiemos de actitudes y tengamos otros comportamientos.
Esos tiempos, los de la pederastia, están siendo superados, Dios quiera que para siempre. Y ahora nos encontramos en el tiempo del coronavirus, que ha supuesto un mazazo en la arrogancia de la humanidad. Pero el Padre no nos abandona, sigue ahí muy cerca de nosotros y en el Crucificado está hecho un mar de lágrimas.
Más que preguntarnos ¿dónde está Dios ahora?, deberíamos cuestionarnos: ¿dónde estamos los creyentes en este momento? Abba no nos abandona, aunque muchos no quieran creerlo o se esfuercen por negarlo con ira.
Una de las frases que más me ha impresionado proviene del gran teólogo Karl Barth, que precisamente hace muy poco celebramos los 50 años que murió: «Aunque el dolor me esté atenazando por los cuatro costados, estoy seguro que el amor del Padre me sostiene». El padre Adolfo Nicolás estaba también seguro de ello y murió en las manos de Abba, con la paz de los que pasan a la bienaventuranza para siempre. Murió repitiendo esperanzado en comunión con el Resucitado: «Estoy en Paz».

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