Firmas

La muerte del padre Francisco de Asís Méndez Casariego

La muerte del padre Francisco de Asís Méndez Casariego

LA CAUSA DE SU MUERTE

En febrero de 1924 el P. Méndez tiene setenta y tres años y siete meses. A simple vista, la salud del P. Méndez cae en picado. Anda agachado. Una cachaba sostiene su cuerpo inclinado. Arrastra mucho los pies, que se le hinchan. La muerte del padre Francisco de Asís Méndez Casariego

“Se encontraba muy achacoso y acabado. A mi juicio, esta enfermedad le sobrevino por exceso de trabajo y la despreocupación que él tenía de su propia salud”.

Ni él se frena ni nadie logra frenarle en sus trabajos. Vive entre los golfos. No ha conseguido el relevo. No existen repuestos para Porta Coeli y él dirige el asilo como en los primeros días. “A mi entender –proclama otro testigo-, murió de agotamiento por la vida de trabajo y austeridad que conducía”. En su afán de no admitir una distinción en el trato y en la comida, la Fundadora inventa manera de cuidarle. Un detalle: a todos pone vino de quina, que ella cree que le mejoraría y animaría.

Aquella fuente se agotaba. Él proseguía derramando la caridad hasta el final. Cualquier otro hubiera muerto en la retaguardia, en una casa confortable, mimado por sus Religiosas. A él le urge la caridad de Cristo. La causa próxima de su muerte es la búsqueda de golfos a horas intempestivas de la noche y de la madrugada, cuando todos los ancianos de Madrid dormían tranquilos en cama blanda. Acompañado de Valentín, dejaba Porta Coeli rumbo al barrio de Cuatro Caminos. El frío, las heladas, la nieve juntaban en cualquier covacha o en un hueco de obras un racimo de golfos. Pegados, echados materialmente unos sobre otros, trataban de calentarse. Aquel invierno llegó tarde en Madrid, pero fue muy duro por las implacables y persistentes heladas y hasta por las nevadas. Años hacía que Madrid no conocía el manto banco de la nieve.

Hasta el 13 de febrero no se anuncia en serio el invierno. Llegaba con retraso. Chubascos, viento y frío. Tres días más tarde, la primera nevada del año y de muchos años.
El domingo 17 nieva otra vez:

“A las cinco de la tarde el termómetro volvió a bajar, y tras una ligera llovizna se produjo la nevada, alcanzando bastante intensidad hacia las diez de la noche, por lo que volvió a cuajar la nieve. Cesó la nevada al amanecer, cuando el viento, frío y duro, fue cambiando. La helada duró hasta bien entrada la mañana y durante el día de ayer el tiempo se mantuvo con el mismo cariz”.

Durante los días siguientes continúa el rigor invernal. Al anochecer del día 19 empieza a nevar. El 20 cae la segunda nevada del año, que supera a la anterior y llega a cuajar con bastante espesor y con el agravante de congelarse por el frío intensísimo.
La tercera nevada, superior a las anteriores, cubre Madrid el día 21 con una inmensa piel de armiño. Al día siguiente, cambio brusco: sol primaveral.

Prosiguiendo su técnica, el P. Méndez sabe que estas crudas noches son las más aptas para recoger golfos, acurrucados en cualquier miserable refugio.

“La M. Fundadora estaba empeñada en cuidarle. Él, en cambio, decía que no tenía nada y que tenía que comer lo que los demás comían y bebían. Así es que la M. Fundadora tuvo que determinar diesen a todos el vino de quina que le hacía falta al Siervo de Dios.” Ángeles Moya, trinitaria, P 510v-511.

Los testigos hablan de que el P. Méndez ha pisado la nieve. Por tanto, las salidas se refieren a febrero de 1924. En aquel invierno cruel no nevó más en Madrid. Ello hace suponer que la enfermedad y las hemorragias comienzan semanas antes de la muerte, no en marzo, sino durante esa semana glacial del 13 al 21 de febrero. Así hay que matizar los testimonios: “Salió una noche de nieve a recoger niños por el barrio de Cuatro Caminos”.

“En las últimas nevadas de marzo, con cuatro o cinco grados bajo cero, salió a los Cuatro Caminos… En una de esas excursiones nocturnas vio apoyados en la tapia de Porta Coeli a un matrimonio con dos niños que no tenían donde guarecerse, pues los habían echado de casa por no poder pagar. Los llevó de cenar y recogió a los chicos.

Los testigos se hacen eco de aquellas salidas nocturnas y de las últimas nevadas. Todos se pasman de la audacia de un anciano agotado, achacoso, encorvado, falto de vista. Era arrastrado por el fuego que ardía en su corazón. Locuras de enamorado. Por muy arropado que fuera, aunque echara sobre el manteo una manta, aquel cuerpo no guardaba reservas ni podía repeler la helada ni la humedad de la nieve.

“En el invierno –dicen-, y mientras nevaba por la noche, salía él por ver si encontraba a algunos de estos golfillos, refugiados en los portales. Y yo oí decir que la enfermedad de que murió la cogió en una de estas salidas nocturnas”.

“El Siervo de Dios –añaden- contaba setenta y cuatro años cuando le sobrevino la última enfermedad, que debió ser una hemorragia originada, tal vez, por el frío, porque solía salir por las noches –y esto era en marzo- a recoger golfillos que estuviesen refugiados en los portales”.

Una de las Trinitarias de Porta Coeli añade a estas correrías nocturnas las salidas diurnas. Aquella semana de nevadas se prodigó el y prosigue: “Justamente a los cuatro días cayó enfermedad, y de esta enfermedad murió.” Confunde la fecha de las nevadas. “Días antes de fallecer presa de fiebre física, pero embargado por mayor fiebre de socorrer al desvalido, ante imponente nevada…”.

“Procedía con caridad heroica, porque salía frecuentemente por las noches, aunque estuviese nevada, a recoger a los muchachos, siendo esto a veces causa de sus enfermedades. He oído referir que, tal vez, el último gran acto de caridad que hizo en una de estas escapadas nocturnas fue ocuparse u hospedar a un matrimonio con dos niños a quienes encontró ateridos de frío.”

P. Méndez hasta límites increíbles a su edad. Eran los postreros fogonazos de la lámpara que se apaga. Atentaba contra su propia vida, impulsado por el inmenso fuego de caridad que le consumía. Como si, ciego e insensible, fuera impasible al frío y a la humedad:

“Fue poco antes de su muerte. Era un día de invierno de los más crudos. Nevaba copiosamente. A eso de las diez de la mañana vemos con gran asombro que el buen Padre se prepara para salir, y por más que nosotras hicimos para disuadirle con toda suerte de razones para que desistiera y se quedara en casa, no hubo medio de persuadirle, diciendo que no podía dejar un asunto importante que tenía.

Nosotras aguardamos impacientes el momento de su llegada. Al cabo de dos horas le vimos aparecer todo mojado, yerto de frío, sin querer decir a dónde había ido. A fuerza de preguntas pudimos deducir que venía de llevar limosnas para que pudieran comer unas pobres gentes que se refugiaron en unas covachas fuera de la ciudad”.

Aquel invierno se venga con tremendas heladas y temperaturas bajas. El Servicio Meteorológico Nacional informaba día a día de los fenómenos meteorológicos. La mínima durante el mes de febrero, tres grados bajo cero. El día 27, el más frío del años: la máxima, 3,70; la mínima, 2,1 bajo cero. Viento fuerte, a ratos huracanado. En ocasiones descendió la temperatura a cuatro grados bajo cero. A la una de la tarde comenzaron a caer copos y era curioso ver a los madrileños, bajo un cielo sin nubes, cubriéndose de la nieve con los paraguas

Marzo fue crudo, pero menos. Algunos días marca el termómetro. Además de los datos expuestos acerca de la nieve, vamos a añadir otros del mes de febrero: bajo cero 62. Llueve mucho a partir del día 9. Así se deslizan meteorológicamente las postreras semanas que el P. Méndez pasa por este valle de lágrimas.

Nadie mejor que su obispo, Mons. Eijo y Garay, ha sabido calibrar esta inmensa caridad de un anciano agotado. Califica varias veces de heroica esta caridad. No duda en llamarle, con todas las letras, mártir de la caridad:

“Únicamente una fe heroica, una esperanza y confianza heroica en la ayuda de Dios, una caridad para con Dios y para con los prójimos, especialmente para los más necesitados y desamparados, para las mujeres descarriadas y los harapientos y perdidos golfillos, vivida en grado heroico, tan heroico que quiso Dios que, a semejanza de Nuestro Adorable Redentor, costase la muerte al Siervo de Dios, Don Francisco de Asís Méndez y Casariego, el buscar durante una noche de gran nevada en Madrid ovejitas perdidas”.

“He indicado ya –anota también- que el Siervo de Dios murió mártir de la caridad: iba él mismo habitualmente a recoger a los golfillos por las noches, y con lluvia o con nieve. Murió muy cerda de los setenta y cuatro años de edad. Pocos días antes, a fines de marzo, con cuatro o cinco grados bajo cero, en unas nevadas copiosísimas, salió a Cuatro Caminos con el fin de recoger niños que estuvieran ateridos de frío y sin saber dónde dormir. En esta última búsqueda de golfillos desamparados creo yo que cogió la gravísima enfermedad que le causó la muerte en el día 1 de abril de 1924”.

Una Trinitaria.

GD Star Rating
loading...
GD Star Rating
loading...
Print Friendly, PDF & Email