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La misericordia es «medicina» para nuestros males, incluidos los genocidios – editorial Ecclesia

La misericordia es «medicina» para nuestros males, incluidos los genocidios – editorial Ecclesia

El Papa ha querido unir en la misma fecha litúrgica –el II Domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia- dos acontecimientos, que, considerados superficial y presurosamente, vistos desde fuera, no tendrían relación entre ellos. Sin embargo, nada más cierto y verdadero que la misericordia es el único camino, la «medicina» –en hermosa y feliz expresión de san Juan XXIII, recordada y hecha expresamente suya ahora por Francisco-, el antídoto a nuestros males personales, comunitarios, pasados y presentes.

Así, denunciar el genocidio olvidado y negado del pueblo armenio, de hace ahora un siglo (desde el 24 de abril de 1915 y durante dos años, el Imperio Otomano, en sus estertores, acabó sistemática y sádicamente con la vida de un millón y medio de armenios), denunciar los grandes genocidios e idolatrías del siglo XX (nazismo, estalinismo y las purgas y masacres en Camboya, Ruanda, Burundi y Bosnia) y hacer todo esto contemplando e invocando el misterio, tan insondable como cierto, fecundador y salvador, de la Misericordia de Dios, es ir a la raíz y a la fuente únicas de donde nos puede llegar la sanación y la solución.

Negar nuestros males y los errores de ayer y de hoy es «dejar que una herida siga sangrando sin curarla». Y no buscar el auténtico horizonte de salvación -como ya reflexionábamos en ecclesia en nuestro último editorial- es una ceguera, un suicidio, una temeridad, cuyo resultado será que, tarde o temprano, de un modo u otro, se vuelvan a repetir errores pretéritos y que creemos, acrítica y hasta irresponsablemente, superados. Y quizás, por ello, el Papa Francisco, en sus palabras introductorias a la misa en rito armenio del segundo domingo pascual, dio un paso más y puso en dedo en la llaga: «También hoy estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva, por el silencio cómplice de Caín que clama: “¿A mí qué me importa?”, “¿Soy yo el guardián de mi hermano?”». Una situación la descrita por el Papa que se hace cruda realidad, sin ir más lejos, en la persecución a los cristianos en distintos frentes como los del autodenominado Califato Islámico, el atentado de la pasada semana en una universidad de Kenia o el primer aniversario, recién cumplido, del secuestro por parte de Boko Haram de 270 niñas y adolescentes cristianas en Nigeria.

La llamada a la misericordia cobra, así, todo su vigor y necesidad. Porque es precisamente la misericordia la gran aportación que el Dios de los cristianos realiza sobre la humanidad de todos los tiempos. Aportación que los cristianos hemos de comprometernos con todas nuestras fuerzas a vivir, servir y testimoniar. «Misericordia: es -leemos en la Misericordiae vultus, la flamante bula para el Año Santo de la Misericordia- la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado».

         El Año de la Misericordia, al que ya estamos convocados formalmente, no ha de ser, pues, algo abstracto, etéreo o espiritualista. La misericordia de Dios «es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación». La misericordia ha de impregnar toda nuestra vida cristiana. Y es que «la misericordia -señala también en la bula- es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo».

         El Concilio Vaticano II, en cuya fecha de clausura arranca, no casualmente el Año de la Misericordia, fue la gran apuesta de la Iglesia por una espiritualidad y pastoral de la misericordia. ¿Estamos dispuestos a hacerla vida en nosotros? ¿Estamos dispuestos a ser semillas y mensajeros de misericordia, a no manipularla,  ni a exigirla solo a los demás, sino a dejarnos penetrar, primero,  nosotros por ella?



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