Firmas Ecclesia
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Opinión

La más noble y alta ambición, ser «avaro» de la Gracia santificante

La más noble y alta ambición, ser «avaro» de la Gracia  santificante, por la laica Araceli de Anca Abati

¿Y cuál es la más miserable ambición? La del desgraciado que no tiene otras miras que las de amasar fortuna, la del avaro. Y es ésa una ambición ridícula, porque es evidente que al morir nada podrá hacer por retener cualquier riqueza.

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Pues bien, el cristiano, cuando tiene la Gracia de Dios en su alma, sea pobre o rico, es poseedor de la verdadera riqueza pues puede retenerla eternamente. Y porque ama a Dios, se afanará por aumentarla con los Sacramentos, la oración y las buenas obras. Gracia que podrá acrecentar ofreciendo a Dios sus trabajos por Amor y las circunstancias de su vida: práctica que recuerda el sacrificio de Abel ofreciendo al Señor los animales primogénitos nacidos de su rebaño.

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Jesús explica a la samaritana cómo actúa en el alma la vida divina de la Gracia: «…el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Juan 4, 14).

 

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Que nuestras miras tengan la sola intención de que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, Señor nuestro (cfr. I Pedro 4, 11).

 

Un éxito mundano, ¿de qué servirá, si a continuación queda anulado por un revés en la salud, en el dinero o en el amor?: tesoros que tanto aprecia el mundo.

Éxito mundano, vanagloria de bambalina, gloria efímera de «reinar por un día», «glomour» a toda costa, “famoseo”…: gloria vana que recogerá aplausos hoy y soledad y vacío mañana.

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Y al modo de cómo una reluciente hoja que pende de una rama, aun reconociéndose poca cosa, se sabe importante porque el árbol frondoso le brinda gloria y grandiosidad…

…el cristiano se gloriará dando Gloria a Dios en su buen y bien hacer, siguiendo aquello que dijo Jeremías, repetido luego en la Epístola a los Corintios: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (I Corintios 1, 31).

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Que Dios no cede su Honor a nadie, y menos todavía su Gloria a los ídolos, lo transmitió por Isaías hace siglos (cfr. 42, 8)…

Que «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios», lo afirma el Concilio Vaticano I…

Que Dios ha creado todas las cosas «no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla», lo dijo san Buenaventu­ra (sent. 2, 1, 2, 2, 1)…

Que «Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad, lo leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica(nº 293)…

Y que abriendo Dios «su mano con la llave del amor surgieron las criaturas», lo dijo santo Tomás de Aquino (A. sent.2, prol.).

Agradecidos por estas razones, rezamos ahora con el salmista: «Señor, Dios nuestro (…) daremos gracias a tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria» (Salmo 105, 47).

 

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Cuando estalla el «Big-bang» un gran acontecimiento ha ocurrido: Dios ha engendrado el Mundo. Cuando madure, Él, el Creador, hará brotar del suelo toda clase de árboles (cfr. Génesis 1, 13), insuflará aliento de vida en el hombre -el alma- (cfr. Génesis 2, 7), y le dirá que ponga nombre a todos los animales (cfr. Génesis 2, 20).

 

Que existe un punto único que da inicio a la Creación…, lo ha descubierto la Ciencia por deducción al comprobar que el Universo se encuentra siempre en continua expansión. Y así razonaremos que si retrocedemos más y más en el tiempo, llegaremos a un punto, el punto de explosión que se ha dado en llamar «Big-bang». Y como conclusión, que fue la Mano Poderosa de Dios Creador la que lanzó de la nada ese punto de explosión; punto que marca la concepción de la Creación.

Y yo me atrevo a especular que la formación de los minerales y la de cada una de las especies animales y vegetales, fue por desarrollo y maduración de un inmenso y complejo «código genético», que vendría impreso en el «Big-bang», y en él dibujados los específicos códigos particulares de los diversísimos elementos de la Naturaleza en sus distintos reinos mineral, vegetal y animal.

Tomando como base el Libro del Génesis…

– primero se desplegarían las bolas de fuego incandescentes que llamamos estrellas, y entre ellas la nuestra: el sol, con la misión de proyectar su espléndida luz en la Tierra, la que surgiría a continuación (1, 3),

– luego, se desarrollarían las aguas para que apareciera lo seco: la Tierra (1, 9),

– después, los vegetales (1, 11),

– más tarde, los animales (1, 20),

– y, por último, el hombre (1, 26).

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Recurriremos ahora a las semejanzas.

Así como por una explosión de amor la pareja humana concibe un nuevo ser, a quien Dios le dota de un código genético en el mismo momento de la concepción, madurando después en la nueva persona del hijo…, así, de modo semejante, fruto de una explosión del Amor de Dios sería la concepción de la Creación, a la que Dios imprimiría un «código genético».

Mejor dicho, la concepción humana sería semejante a lo que habría sido la concepción de la Creación por parte de Dios.

Y así como al producirse el «Big-bang», «el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas», como afirma el Génesis (1, 2)…, en el mismo momento de concebirse un ser humano, Dios le infunde un espíritu al que llamamos alma…, y así como dice el Génesis que «La tierra era caos y vacío, la tiniebla cubría la faz del abismo» (1, 2) -caos, vacío y tiniebla después de estallar el «Big-bang»-, así en un líquido acuoso del seno materno, en un primer momento de caos y vacío se desarrollará y madurará el feto humano en la persona del hijo. Y todo después de estallar aquel acto de amor humano.

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Que Dios creó de la nada cuánto existe, lo expone san Agustín: «Lo hizo, pero no de materia alguna que él no hubiese hecho antes. No dio forma a una materia extraña, sino que la creó él para darle forma. Quien dice que nada pudo hacer de la nada ¿cómo cree que lo hizo quien es todopoderoso? Sin duda, niega su omnipotencia quien dice que Dios no hubiera podido hacer el mundo de no haber tenido con qué (…). Esa llamada materia informe de las cosas, capaz de recibir cualquier forma y sometida a la acción del creador, puede convertirse en cualquier cosa según le agrade al creador. No la encontró Dios coeterna a sí mismo y de ella fabricó el mundo; al contrario, la hizo él de la nada absoluta, como las cosas que de ella hizo. Ni siquiera existió ella antes que las cosas mismas, que parece haber sido hechas a partir de ella; por eso, el todopoderoso hizo ya desde el primer momento todas las cosas de la nada, con las cuales hizo al mismo tiempo, aquello de lo que las hizo» (Sermón 214, 2).

 

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Amar es dar… servir sin esperar nada a cambio.

 

Y si amar es servir, la familia y cualquier sociedad humana debería ser una escuela de amor y servicio, entendiéndose que quien más debería amar y servir es quien hace cabeza, sea en el ámbito que sea.

Por lo que ilegitima su autoridad quien la utiliza y la legitima en beneficio propio, quien la utiliza egoístamente sobre los que la ejerce. ¡La autoridad se ejerce sirviendo!

Así pues, serviremos -seremos útiles- siempre y cuando sirvamos, amando.

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Jesucristo, que sirvió dando su Vida por Amor para salvarnos a todos, a pesar de su empeño, después, no todos desgraciadamen­te se salvarán, sino solamente los que quieran; y naturalmente que se salvarían todos si todos la hubiesen querido, pues la Redención de Cristo es Universal.

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Así como imita a Cristo su Vicario en la tierra, el Papa, tomando el título de «siervo de los siervos de Dios», también nosotros imitaremos a Cristo, nuestro Modelo, Rey Universal, que dijo de Sí mismo que «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos» (Mateo 20, 28).

 

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Ni el sufrimiento ni el gozo, vividos al margen de la Voluntad de Dios aprovechan para la Vida Eterna.

 

Comencemos con una pregunta: ¿Quién no ha visto alguna vez, ¡oh desgracia!, a alguien darse golpes o proferir gritos, palabras malsonantes y hasta blasfemias ante una adversidad o contratiempo que no admite?

¿Y quién no ha visto también a otros, ¡felices ellos!, en las mismas circunstancias, aceptar las desdichas con resignación, dando gracias a Dios y ofreciéndoselas?

Son las distintas posturas que se adoptan ante el Misterio del dolor, que definen el estado de lejanía o de unión con Dios, dando como resultado el rechazo o la aceptación de la Voluntad divina.

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Pues bien, nuestros sufrimientos, y también nuestras alegrías, cuando en razón de nuestra unión con Dios son asumidos por Cristo, Cabeza sobrenatural del género humano, adquirirán Valor infinito por haber pasado a ser Dolor-Sufrimiento y Alegría de Cristo.

De ahí la importancia de estar unidos a Dios para que no se malogren tantos tesoros de dolor y gozo que encuentra el hombre a lo largo de su vida.

De ahí la desgracia cuando nuestra vida se desarrolla fuera del marco de la Voluntad divina, porque ni gozo, ni alegría, ni sufrimiento alguno aprovecharán al alma.

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Recordando la escena de Jesús crucificado entre los dos ladrones, vemos que el dolor que al mal ladrón no le aprovechó, rechazándolo y blasfemando…, ese mismo dolor llevó al Buen Ladrón arrepentido a la Vida Eterna (cfr. Lucas 23, 39-43).

Así, tristemente, quien lleve una vida fuera de los caminos de Dios, se precipitará al infierno…, quien viva en Gracia de Dios, rezumará de gozo espiritual, como bellamente nos dice el Salmo de aquellos que nacieron en Sión, verdadera Iglesia de Cristo, aquellos que «cantan mientras llevan la danza: ‘Las fuentes de mi bien están en ti» (86, 7).

 

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Ni el «todo vale» ni la falta de autoestima, sino reciedumbre y fortaleza.

 

Preguntas a un tú anónimo: ¿Te crees muy moderno y espontáneo porque…

-cuando te da la gana consumes un refresco en la vía pública dejando caer el envase al suelo…,

-luego tiras un papel y otro, diciendo: ¡Qué importa!, ya lo recogerá el barrendero…,

-después te lanzas en la moto sorteando peligrosamente coches, peatones y semáforos, ¡divirtiéndote «montón»!…,

-descansas apoyando los pies en el banco, pensando: ya lo limpiará otro que también busque reposo?…,

¿Crees tú que todo eso es espontaneidad y sencillez?

Ni mucho menos, eso es falta de madurez, desvergüenza, frescura y vulgaridad, y quizá falta de autoestima para superar lo difícil de la vida.

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Mas, paradójicamente, autoestima tendrá la persona, por sencilla y humilde que sea, que afronte las dificultades, que esté abierta a las virtudes heroicas, pues aunque sabe que por ella nada puede, sí lo puede «todo» en Dios…, sabe que si no lucha, si no se esfuerza -que es tanto como tentar a Dios-, será derrotada en lo humano, y seguro que también en lo sobrenatural. ¡Luchar!, luchar, para no dar al enemigo las armas imbatidas de ese facilón «qué más da».

Así, el humilde, revistiéndose de la virtud humana de la reciedumbre, tendrá medio camino recorrido para merecer la correspon­diente virtud sobrenatural de la Fortaleza.

¡Ay, si esto lo supieran tantos!

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Si lo supiéramos, no despreciaríamos tantos pequeños actos del buen y bien hacer, porque hechos con reciedumbre y fortaleza nos ayudarían a vivir una vida humana heroica; sólo nos faltaría abandonarnos en la Providencia divina para convertir nuestra vida en una heroica vida cristiana.

No hay que engañarse. Jesús que nos habla de sencillez para ganar el Cielo (cfr. Mateo 10, 16), después dirá: «…el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan» (Mateo 11, 12).

 

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El más seguro de todos los Seguros: la Providencia divina.

 

Imaginemos. Un día se te incendia la casa. ¡Y tú que creías que tu Seguro contra incendios todo lo cubría…! Te quedaste sin cobrar los daños porque la letra pequeña del contrato que no leíste expresaba unas condiciones determinadas y el incendio se produjo por otras.

Otro día, entran los ladrones en tu casa. ¡Y tú, que pusiste puerta blindada, pensando en una total seguridad! Qué sorpresa cuando compruebas, desconcertado, que muchos expertos pueden abrirla!

¡Oh desilusión! Ningún invento humano es perfecto.

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Por eso, inquietos, nos preguntamos: ¿Qué es lo que traerá la paz a nuestra inseguridad humana? Sin duda, nuestro abandono en Dios.

A Dios que es mi Padre, que lo conoce todo y hasta mi futuro le es presente, con confianza filial, aún afanándome por sacar adelante sus divinos Quereres, le pediré que me dé su Gracia para llevar a buen término lo que debo hacer.

Y sólo después, los resultados y los acontecimientos que me sucedan los abandonaré serenamente a su Providencia divina.

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Así, abandonados al querer de Dios, es como podremos vivir en esa sencilla seguridad que expresa el Salmo: «Mi pastor es el Señor (…), me conduce hacia aguas tranquilas (…) por amor de su nombre.

                               Aun cuando anduviere en medio de sombras de muerte, no temeré males, porque Tú estás conmigo. Y me consolarán tu vara y tu bastón» (Salmo 22, 1-4).

 

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Mentiríamos si dijéramos que amamos a Dios y al mismo tiempo aborrecemos a nuestro prójimo (cfr. I Juan 4, 20-21), pues el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (cfr. Romanos 5, 5) para poder amar a Dios y a los demás por Dios.

 

Como el agua de lluvia que cae de lo alto, de las nubes, y luego se derrama por la tierra…

…así, el Fuego del Amor divino, que procede de las Alturas infinitas, prende y se propaga en los corazones dispuestos a recibirlo a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo.

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Éste es el Fuego que Cristo trajo a la tierra, el Fuego que Él quiere que arda, que prenda y se propague (cfr. Lucas 12, 49).

Fuego divino que, prendido en el madero horizontal que Jesús llevaba camino del Calvario –símbolo del Amor de Dios a los hombres-, se propagó en auténtica explosión de Amor al unirse con el madero vertical que le esperaba hincado en la tierra para ser en él crucificado -símbolo del Amor divino que procede de lo Alto-. Fuego de Amor que, prendiendo en los corazones de muchos de los que se hallaban presentes en el momento de la Crucifixión, se propagaría después por el mundo entero a lo largo y a lo ancho de la tierra.

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La respuesta que Jesús da a un escriba sobre cuál es el primer Mandamiento, la escuchamos también nosotros con toda atención: El primer mandamiento es «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos»

(Marcos 12, 29-31).

 

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De no amar a Dios a Amarle de verdad… un abismo: un mundo inhabitable o un paraíso de amable convivencia.

 

Lo confirman los hechos…

                               Quien ni tiene Caridad –careciendo además de la sobrenaturaleza de la Gracia- ni se alimenta de ética, ni de cultura, ni de ciencia o de arte y sí de mucho egoísmo, seguro que se moverá sólo por los instintos de su cuerpo físico-animal del placer y de la violencia.

Tanto de él como de ella brotarán la chabacanería, la burla despiadada, la falta de respeto hacia todo y hacia todos. Los que así actúen caerán con mucha probabilidad en las llamadas «tribus urbanas», que al no estar informados por el verdadero amor, ven en los demás objetos de deseo o de desprecio.

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                               Quien no tiene Caridad –y no posee la sobrenaturaleza de la Gracia-, pero cultiva la ética, la cultura, la ciencia o el arte desarrollará valores humanos que se sumarán al concierto que ofrece la Creación en su admirable belleza. Mas no estará exento de codicia, poder, ambición…, ¡de los Siete pecados capitales!

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                               Quien tiene Caridad –y está revestido de la sobrenaturaleza de la Gracia- y cultiva o no las ciencias o las artes…, acepta que Dios reine en él y goza de todo lo noble de este mundo, estará en situación de poner «las cosas en su sitio». Sus instintos obedecerán a su voluntad y ésta a la de Dios. Mas, no obstante, siempre tendrá que luchar, pues, como dice san Josemaría Escrivá, «Sin lucha, no se logra la victoria; sin victoria, no se alcanza la paz. Sin paz, la alegría humana será sólo una alegría aparente, falsa, estéril, que no se traduce en ayuda a los hombres, ni en obras de caridad y de justicia, de perdón y de misericordia, ni en servicio de Dios» (ES CRISTO QUE PASA, nº 82).

 

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Se lee en el Libro de los Proverbios: «Como la polilla al vestido, y la carcoma a la madera, así la tristeza daña el corazón del hombre»

 (25, 20).

 

Los tristes, para justificar su tristeza de la que no quieren salir por egoísmo o por su falta de vida interior, dicen que como el Evangelio no dice que Jesucristo, nuestro Modelo, se hubiera reído, ellos no tienen por qué reír ni estar alegres y sonrientes.

Los que eso dicen, no ven que las criaturas que hizo Dios ríen cada una a su manera, ¿por qué entonces no va a reír el hombre?

Ríe el agua que lleva vida a toda vida.

Ríen los riachuelos al recibir un aguacero inesperado.

Ríen las florecillas cuando, lánguidas de sed, cae sobre ellas agua fresca.

¿Que el agua que abastece los riachuelos y riega los campos, no la hemos visto jamás reír?… Te diré que ella nunca dejó de reír. Portadora de alegría es, porque ella es la alegría misma.

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Pues bien, porque Cristo es Fuente de la verdadera Alegría –«que mi gozo esté en vosotros», nos dice en el Sermón de la Última Cena (Juan 15, 11)-, de su Alegría se llenarán los personajes del Evangelio:

– los pastores de Belén al escuchar, asombrados, al Ángel: «…vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor» (Lucas 2, 10-11),

– los Magos de Oriente al ver de nuevo la estrella que les conduce al Mesías (cfr. Mateo 2, 10)

– y de alegría se inunda el espíritu de la Virgen cuando su alma glorifica al Señor (cfr. Lucas 1, 46-47).

Cuántas manifestaciones de alegría podríamos encontrar en el Evangelio si lo leyéramos con detenimiento y cuánto bien podrían hacer a nuestra alma.

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Ya en la Antigüedad, Nehemías había dicho: «…no estéis tristes, porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza» (Nehemías 8, 10).

Y la razón del «Alegraos siempre en el Señor» de san Pablo, la da él mismo: Porque «El Señor está cerca» (Filipenses 4, 4-5): razón sobrenatural que impedirá que el Apóstol se entristezca ante tanta contrariedad como tuvo que sufrir: «…estoy lleno de consuelo -nos dirá-, rebosante de gozo en todas nuestras tribulaciones»

 (II Corintios 7, 4).

 

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