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Opinión

La luz de la fe ilumina nuestra existencia – editorial Ecclesia

La foto de los Papas Francisco y Benedicto XVI con el sincero abrazo de hermandad y unión en la misma fe, durante la inauguración de la estatua de San Miguel Arcángel en los jardines vaticanos, a la que el papa emérito acudió por expresa invitación de su sucesor, explica simbólica y significativamente otro acontecimiento acaecido ese mismo día en la vida de la Iglesia: la presentación de la primera encíclica del Papa Francisco, titulada Lumen fidei, que ofreceremos en el número de la próxima semana. Y es que, como afirma sin ambages el actual Pontífice, las consideraciones sobre la fe que aparecen en sus páginas están en línea con todo lo que el Magisterio de la Iglesia ha declarado sobre la virtud teologal (así lo hizo también en su día el Concilio Vaticano II y el posterior Catecismo de la Iglesia Católica) y pretenden sumarse al plan diseñado por Benedicto XVI en sus encíclicas dedicadas a la caridad y a la esperanza. «Él –manifiesta de entrada– ya había completado prácticamente una primera redacción de esta carta encíclica sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones» (n. 7).

El puente de unión entre dos pontificados, el hecho de que Francisco haga suya una continuidad de fe y de verdad, habla claramente de la unidad de la Iglesia en el tiempo y en el espacio, ligada a la unidad de la fe, y del propósito decidido en la proclamación solemne del deber de la Iglesia en transmitir íntegramente la fe recibida, garantizado por el don de la ininterrumpida sucesión apostólica y la fidelidad de los testigos elegidos por el Señor para llevar a cabo esa misión. No pueden entenderse ni interpretarse los papados en clave política, pues los sucesores de Pedro (Lumen fidei fue firmada por el Papa el día de la solemnidad de los apóstoles que afianzaron y extendieron la Iglesia naciente) no llevan programas rupturistas con respecto a los de sus predecesores, sino que asumen la plenitud de la fe cristiana, que no es una verdad subjetiva y que se conserva y transmite en la Iglesia como «sujeto único de memoria» (n. 38).

La encíclica comienza exponiendo que la fe es un don que exige la humildad de fiarse de otro y la confianza en el amor misericordioso de quien siempre acoge y perdona y salva, es una llamada de Dios que implica el encuentro, la escucha y la respuesta y además está destinada a convertirse en testimonio y anuncio… Continúa, en línea con el magisterio de los últimos pontífices, insistiendo en la estrecha relación entre fe y razón, su capacidad de transformar toda la persona porque se abre al amor y proporciona ojos nuevos para ver la realidad. Quien se abre al amor de Dios no retiene para sí ese regalo y la fe, que no es una opción individual, «se abre al “nosotros”» (n. 39), impulsa a dar testimonio, a transmitir el don de Dios «de persona a persona, como una llama enciende otra llama» (n. 37), «dentro de la comunión de la Iglesia» (n. 39), mediante la confesión de su unidad y verdad, la celebración de los sacramentos, en los que se comunica «una memoria encarnada» (n. 40), el itinerario de los mandamientos y la práctica de la oración. Y finaliza explicando la relación entre fe y bien común, pues no sirve únicamente para construir el más allá, sino que «ayuda a edificar nuestras sociedades para que avancen hacia el futuro con esperanza» (n. 51); y baja a enumerar algunos ámbitos, como la familia, el matrimonio, los jóvenes, la naturaleza, el sufrimiento, la muerte.

Lumen fidei es una encíclica que aparece en el contexto del Año de la Fe y es fruto de los dos Papas que han pastoreado al rebaño de Cristo durante el mismo, y que lleva la firma solemne de quien, Dios mediante, está llamado a clausurarlo el último domingo del año litúrgico. El anclaje consistente de santos padres y de algunos teólogos medievales y modernos, junto con las citas del magisterio reciente, nos colocan ante un texto para la reflexión y la meditación, que tiene una exposición clara y comprensible de los contenidos antropológicos y teológicos y maravilla por la precisión del lenguaje e incluso por su belleza literaria. Su lectura nos ayudará a recuperar la luz de la fe para iluminar mejor la existencia humana.



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