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Rincón Litúrgico

La limpieza

«Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1, 40)

Señor Jesús, esta frase con la que se presenta un leproso ante ti siempre ha suscitado en mí  toda una serie de interrogantes.

En primer lugar, me pregunto cómo había llegado a saber algo sobre ti. Los leprosos tenían que vivir apartados de los poblados. No podían entrar en contacto con sus vecinos y sus familiares. Sin embargo, este parece que ya te conocía.

Además, según el evangelio, no se detiene en presentarse ni en mostrarte sus llagas. Se supone que eran suficientemente visibles. Tampoco te cuenta cómo ha aparecido y se ha desarrollado su enfermedad.

Este leproso no pretende hablar de sí mismo. No se lamenta de su penosa situación personal. No critica el aislamiento al que lo han reducido tanto sus vecinos como sus parientes. En realidad, ni siquiera te pide la curación.

Yo creo que si me da un buen ejemplo no es solamente por lo que no hace. Es mucho más importante lo que dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Es bueno que el evangelio haya conservado esta frase. Más que una súplica, es una confesión de fe.

Este leproso anónimo reconoce tu poder sobre el mal y la enfermedad. Y al mismo tiempo, admite e interpela tu compasión y tu generosidad. Confía en ti y se pone en tus manos. Después difundirá por todas partes el bien que tú le has hecho.

Yo necesito conocer y reconocer mi propia lepra. No me basta repetir que «todos somos pecadores». Yo también debería vivir alejado de mi comunidad para no contaminar a las buenas gentes que tienen derecho a la salud de su espíritu.

Y, sobre todo, debería conocer tu misericordia. Necesito la humildad suficiente para acercarme a ti. Necesito admirar y agradecer la atención que prestas a mis males. Y la valentía para anunciar tu grandeza.

«Señor, si quieres, puedes limpiarme». No es mi esfuerzo sino tu bondad lo que puede hacer que mi vida sea limpia. Ten piedad de mí y yo anunciaré tu gracia.  Amén.



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