Cartas de los obispos

La justicia como tarea de la política, por Fidel Herráez

El pasado jueves celebrábamos el Día Mundial de la Justicia Social. Es una de esas Jornadas o Días Mundiales que nos dan la oportunidad de reflexionar y sensibilizarnos sobre realidades de gran interés, que no deben sernos ajenas; también pretenden darnos a conocer problemas sin resolver, que precisan la puesta en marcha de medidas sociales y políticas concretas.

Precisamente en esa fecha, Cáritas Diocesana aprovechaba para presentar el Informe Foessa sobre Exclusión y Desarrollo en Castilla y León. Un informe altamente provocador y lleno de información, de análisis y de tareas políticas, eclesiales y sociales, en un ámbito territorial que nos es cercano y ciertamente nos afecta. Según este informe, en nuestra región existe un 15% de la población que se encuentra en situación de exclusión, es decir, con una acumulación seria de problemáticas diversas, en ámbitos tan variados como la vivienda, la salud, la participación, el consumo o el empleo. Ese cúmulo de dificultades impide a un número amplio de nuestros conciudadanos vivir en el ámbito de la normalidad, convirtiéndose así en sociedad marginada.

El informe también señala que la desigualdad social ha crecido mucho en los últimos años, como consecuencia de la nueva realidad en la que nos ha sumido la crisis económica. La diferencia entre la población totalmente integrada y aquella que se sitúa en los márgenes es cada vez mayor. Junto a ello, el estudio también nos alerta sobre los peligros de estar construyendo una sociedad cada vez más desvinculada, donde el compromiso y la responsabilidad de los unos con los otros se van desvaneciendo en aras de un marcado individualismo.

Cerrar la brecha de las desigualdades para lograr la justicia social, es precisamente este año el tema de la Jornada. Y es que la justicia social busca el equilibrio entre el bien individual y el bien común basado en los valores y en los derechos humanos fundamentales. La justicia social es así tarea de la política. Y cuando esto no se da, se sigue una desafección política creciente que las encuestas constantemente señalan. Cuando la democracia no consigue dar respuestas ni seguridad a los ciudadanos corre el peligro de convertirse en meramente formal y vaciarse de contenidos éticos. Del empobrecimiento se sigue esa desafección política al considerar que el poder y la autoridad están lejos de las necesidades reales de los ciudadanos y no resuelven con eficacia las problemáticas de las personas.

Precisamente en este ambiente descrito es donde tenemos que reivindicar el papel genuino y fundamental de la política. Benedicto XVI nos decía que «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política». A ella corresponde, por tanto, construir ese orden justo que permita el desarrollo integral de todas las personas, posibilitando así la satisfacción de todas sus necesidades. La política se convierte así en un arte que, cimentado sobre el compromiso por la centralidad de la persona, permite crear las condiciones sociales donde los derechos básicos puedan estar garantizados y se edifique un futuro digno y justo. De esta manera se hace realidad el Bien Común que es el fin de la buena política.

Me parece urgente hoy, ante la situación social que vivimos, reivindicar la importancia de la política y la necesidad de buenos políticos que sean capaces de articular la competencia y la virtud. Dos características que la enseñanza social de la Iglesia siempre ha pedido a los que ejercen este servicio. Para los cristianos, además, la política se convierte en una manera genuina de vivir el valor fundamental de la caridad. Así lo expresa el Papa Francisco que proclama la necesidad de la buena política para la vida de la comunidad, y propone la caridad política como forma eminente del amor cristiano.

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