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Iglesia en España

La irrupción de los pobres, por el arzobispo castrense de España, Juan del Río

La irrupción de los pobres, por el arzobispo castrense de España, Juan del Río Martín

El Papa Francisco, desde el inicio de su Pontificado ha manifestado en diversas ocasiones que, “quiere una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tiene mucho que enseñarnos” (EG, 198). Con ello no hace otra cosa, que continuar la línea de la Tradición, de los santos Padres, del Magisterio de su antecesores y del Concilio Vaticano II, que sitúan a la Iglesia en el corazón del Evangelio, “el Sermón de la Montaña” (Mt, cap.5-7).

El cual, es una resonancia y plenitud del monte Sinaí. La sección se abre proclamando las conocidas nueve bendiciones (Mt 5,1-12), curiosamente la primera de ella, es el punto de partida de las restantes: “dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt, 5,3).

La mentalidad moderna, antigua y judía proclama “felices” a los ricos, a los que tienen poder, pero desde luego no a los menesterosos de la tierra. Sin embargo, en el cristianismo la opción preferencial por los pobres, está implícita en el acto de fe cristológica en un Dios que “siendo de condición divina, se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (cf Filp 2,6-11): nació en la carencia, vivió la mayor parte de su vida en una región considerada sospechosa: “la “Galilea de los gentiles” (Mt 4,15), entre sus primeros seguidores aparecen personajes marcados socialmente, muestra predilección por los pecadores y aquellos que no cuentan, y al final termina crucificado y abandonado.

Jesús con su vida y palabra, no busca una especie de “beatificación” de la pobreza sociológica. Porque ésta considerada en sí misma y como tal es un mal, contra el cual hay que luchar y evitar, debido a que atenta contra la dignidad de la persona y es abominable por Dios: “el que oprime al pobre afrenta a su Hacedor, pero el que se apiada del necesitado le honra” (Prov14, 31).

Los excluidos, junto a su dimensión sociológica, tiene otra religiosa y teológica que el Papa nos enseña a descubrir cuando miramos a los ojos del mendigo que sale a nuestro encuentro. Ellos, han podido tener sus pecados personales, cuyas consecuencias vitales han sido desastrosas. Su pasado, a veces, no les deja vivir. Pero son, sobre todo, víctimas de un pecado social-estructural, fruto del egoísmo idólatra de unos pocos cuyas acciones no tienen límites; practicándolas con la hipocresía de su buena conciencia, porque creen que están actuando en nombre de realidades o supuestos valores absolutos considerados como dioses.

Ahora bien, ¿Qué significa “pobres en el espíritu”? El concepto evangélico de pobre supera lo puramente social. Tiene sus raíces en el significado de los “anawin” del Antiguo Testamento, ellos son los humildes, los sencillos, aquellos que esperan en Dios y no desconfía de su justicia, a pesar de la situación de opresión o destierro que estén viviendo (vgr. Simeón y Ana, cf. Lc 2,25. 36). Con la venida del Mesías, se da un salto cualitativo, el “siervo de Iahvé”, Jesus de Nazaret, paso antes por la prueba del dolor y “puede auxiliar a los que pasan por ella” (Hebr 2,18). En la persona de Cristo no encontramos una teoría más sobre las injusticias sociales, ni lecciones de moralina acerca de los necesitados, sino que se presenta como el “primer pobre entre los pobres”, que ha cargado con todos los pecados, las miserias y las desdichas de la humanidad.

El Dios encarnado está siempre a lado de cualquier indigente, hambriento, desheredado, excluido y oprimido. No les pregunta lo que fueron, sino lo que quieren ser. Los atrae con ternura, a que acepten la sanación de su amor. Esto encierra una lección clave y perenne para la existencia cristiana: cuando vivimos de espalda a estos dramas humanos o nos olvidamos de ellos, ocurre que el culto que damos al Señor no es en “espíritu y en verdad” (Jn 4,23), y ponemos en peligro nuestra propia salvación (cf. Mt 25, 31-46). El actual Obispo de Roma recuerda que no nos hagamos los distraídos y no entremos en complicidad con la cultura del descarte. De ahí, que diga taxativamente: “Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es un invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (EG, 198).

† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España

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