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Rincón Litúrgico

La invitación al descanso

«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6, 31)

Señor Jesús, tú sabes bien que nunca nos resulta fácil mantenernos en el justo equilibrio. Algunas personas trabajan de modo tan exagerado que nunca encuentran tiempo apropiado para descansar. Pero hay otras que parecen haber convertido el descanso en una obligación casi religiosa.

Tú nos has dicho que la mies es muy abundante, pero los obreros son pocos. Nos pides que oremos para que lleguen  nuevos operarios para recoger la mies. Y, al mismo tiempo, nos sugieres que no caigamos en el pecado de esa pereza que nos impide comprometernos en los duros trabajos de la siembra y de la siega.

Tú enviaste a tus discípulos a una misión urgente, que requería de ellos una dedicación integral y un notable espíritu de generosidad. Pero también es verdad que los invitaste a retirarse contigo a un lugar desierto. Deseabas que descansaran un poco, mientras te daban cuenta de lo que habían hecho en tu  nombre.

Yo veo que en muchas ocasiones me he visto tentado por la ociosidad. No es que me haya pasado los días y los años sin hacer nada. Pero reconozco que he dedicado mucho tiempo a viajes, espectáculos o lecturas inútiles. Es como si hubiera pensado que yo nada podía ofrecer para lograr un mundo más justo.

En otras ocasiones he caído en la tentación de una actividad desmesurada. Parecía que estaba convencido de que la salvación del mundo dependía solo de mi compromiso. En realidad, el trabajo se había convertido para mí en una adicción. O tal vez era tan solo el  movimiento lo que me seducía y me embriagaba.

Al leer el evangelio, entiendo que tú me invitas a descansar un poco, después de haber llevado a cabo la misión que tú me has encomendado. Y encuentro además otro detalle muy importante. Tú quieres que descanse en un lugar desierto. Pero quieres que descanse “contigo”. Esa es la clave de tu invitación.



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