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Rincón Litúrgico

La integración

«El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9, 40)

Señor Jesús, tú sabes que nos gusta establecer límites, muros y fronteras. Seguramente pretendemos definir con claridad nuestra identidad y nuestra misión. Y definirnos implica siempre señalar las cualidades que nos diferencian de los demás.

Ese afán por marcar las diferencias tiene gran importancia en el ámbito comercial y también en el político. De hecho, se pretende vender un producto presentándolo como el único que puede resolver ciertos problemas y cumplir nuestras aspiraciones.

Por otra parte, afirmar nuestras peculiaridades, tanto en la lengua como en los cantos o en los gustos, parece necesario para asegurar la fidelidad a la tribu o a la patria. No es extraño que los nacionalismos sean excluyentes.

Lamentablemente, también en el ámbito religioso usamos esa estrategia. Nos consideramos redentores de toda la comunidad. Subrayamos con tanta fuerza lo que nos distingue de los demás que terminamos por convertirnos en una secta.

Pregonamos tanto nuestros pretendidos carismas, que cerramos la puerta a todos aquellos que no piensan como nosotros. O a todos los que simplemente no comparten algunos de nuestros ritos. Hasta nos convencemos de que están «contra nosotros».

Pero en nuestro afán por marcar las diferencias hay algo todavía más dramático. Al cerrar la puerta a los demás, estamos cerrándote la puerta también a ti. A ti, Señor, que eres el único Redentor.

Tu reino había de traspasar todas las fronteras. Tú descubrías la fe en el corazón de los paganos y extranjeros. Tú no discutías los criterios de la projimidad, sino que nos exhortabas a hacernos prójimos de los demás.

Señor Jesús, perdona mi indiferencia y mi exclusividad. Que tu Espíritu me enseñe a descubrir los dones que ha derramado sobre los otros. Que la integración de los dones de los demás me lleve a descubrir tu presencia en el mundo. Amén.



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