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La Inmaculada Concepción en el arte

Cada 8 de diciembre la Iglesia celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción, una fiesta antiquísima que tuvo su origen en el oriente europeo, donde hay constancia de que san Andrés de Creta (660-740) compuso un himno para esta fiesta. En España, en el XI Concilio de Toledo (675), el rey Wamba aparece con el título de «Defensor de la Purísima Concepción de María». De Juan de Eubea nos queda una homilía escrita en el 749 para esta celebración, que por entonces se llamaba «La Concepción de Santa Ana».

En el siglo IX esta fiesta pasa a Nápoles y probablemente a Sicilia por el influjo bizantino en estos territorios y, por medio de las fundaciones monacales italianas, a Irlanda e Inglaterra. Hacia los siglos X-XI la Concepción Inmaculada de María ya se celebraba en Winchester y en Canterbury, según narra Jacobo de la Vorágine en la Leyenda Dorada. En esta historia, el rey de Inglaterra, a punto de naufragar, se encomienda a la Virgen cuando se le aparece un hombre vestido de pontifical que le propone celebrar la fiesta de la Concepción y Creación de la Madre de Dios el 8 de diciembre de cada año.
Fue en el siglo XII cuando aparecen las primeras discusiones teológicas respecto a la Concepción de María. En 1128, cuando los canónigos de la catedral de Lyon se disponen a oficializar este día, los teólogos comienzan a pronunciarse sobre la cuestión. Apoyándose en san Agustín, defendían que el pecado original se transmitía a través del acto de generación y que la Virgen María fue santificada en el útero materno, antes de nacer. No podían apoyar la Concepción Inmaculada de María para no contradecir a la Iglesia que afirmaba que todos los humanos eran concebidos en pecado.
Esta polémica se recrudeció en el siglo XIII con importantes disputas teológicas que duraron hasta el siglo XVI cuando los Papas, aunque apoyaron litúrgicamente la celebración, prohibieron progresivamente las discusiones públicas entre católicos a favor o en contra de este misterio en esos difíciles momentos de la Reforma protestante.
Fue el teólogo franciscano Duns Scoto (+1308) el que argumentó: «Hasta tal punto Cristo actuó en relación a María como mediador que la preservó de cualquier pecado original. E incluso la preservó de un modo más perfecto e inmediato del pecado original que del pecado verdadero; María estuvo limpia tanto del pecado real como del original».
Se inicia, así, el apoyo franciscano al dogma inmaculista, de manera que el terciario Ramón Llull (1235-1315), cortesano de Jaime I, influyó en los monarcas aragoneses para que defendieran políticamente este dogma mariano, influjo que continuó sobre la reunificada monarquía española bajo los Reyes Católicos y sus sucesores.
Sixto IV es el primer Papa que, en 1477, celebra solemnemente la festividad de la Concepción Inmaculada. Llega a publicar dieciséis constituciones sobre el tema, aunque no llega a hacer obligatoria la fiesta. El Concilio de Trento, sin embargo, no se pronunció directamente al tocar el tema del pecado original, pero sí afirmó que debían seguirse las constituciones de Sixto IV en lo que se refería a la Virgen María.
También el dogma inmaculista recibió el apoyo del Papa dominico Pío V cuando condenó en 1567 la proposición de Bayo en la que afirmaba: «Nadie, excepto Cristo, vivó sin pecado original; por tanto la Santísima Virgen murió debido a haber contraído el pecado de Adán, y todos sus dolores en esta vida, lo mismo que los de todos los justos, fueron penas del pecado actual o del original».
Este mismo Papa fue el que incluyó en el Misal y Breviario Romano, publicados en 1568, la fiesta de la Inmaculada, así como la prohibición de la discusión pública sobre el tema, tanto a favor como en contra, a la vez que renovaba las constituciones de Sixto IV.
Fue en el siglo XVII cuando Felipe III y su hijo Felipe IV, presionados por los obispos españoles y para restablecer el orden en su reino, enviaron delegaciones a Roma para que el Sumo Pontífice se pronunciase definitivamente a favor del dogma.
Después de innumerables intentos y delegaciones, el Felipe IV envió a la Santa Sede al obispo de Orihuela, Luis Crespí de Borja, con cartas no solo del rey, sino de varias comunidades religiosas entre las que podemos destacar la de Alonso de Villalpando, provincial de la Orden de Predicadores en Aragón, que escribió: «La piedad y devoción de los españoles al misterio santo de la Concepción de la Virgen…, es innata en los españoles, imitando en esto que ven a sus reyes y naturales señores…».
El 8 de diciembre de 1661, Alejandro VII promulgó la bula Sollicitudo Omnium ecclesiarum en la que habló de la antigüedad de la creencia, de su desarrollo desde los tiempos de Sixto IV y del hecho de que en el momento había pocos católicos que no profesasen la piadosa opinión. «…renovamos las constituciones y decretales promulgadas por nuestros predecesores, especialmente por Pablo V y Gregorio XV, a favor de la creencia mantenida de que el alma de la bendita Virgen María, desde el momento de su creación y de la efusión dentro de su cuerpo, fue embellecida por la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado original, y a favor del culto y de la fiesta que se celebra, de acuerdo con esta piadosa creencia, en el honor de la concepción de la misma Virgen Madre de Dios» .

Este Papa proclamó la festividad del patronazgo de Nuestra Señora sobre España y el derecho a celebrar de precepto el Oficio y Misa de la Inmaculada Concepción. Más tarde, en 1760, el patronazgo sobre España recaería en la advocación de la Inmaculada. En 1708, Clemente XI decreta como fiesta de precepto para toda la Iglesia universal la celebración de la Inmaculada; y finalmente, el 8 de diciembre de 1854 Pío IX, mediante la bula Inefabilis Deus, define infaliblemente el dogma de la Inmaculada Concepción con estas palabras:
«Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio del Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles».
Para esta solemne proclamación era necesario encontrar su fundamento en la Sagrada Escritura, en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia.

Los textos bíblicos

El primer texto bíblico en el que la Iglesia ha entrevisto la concepción inmaculada de María es el saludo del arcángel Gabriel a la Virgen Madre en el pasaje de la Anunciación:
«En el sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea cuyo nombre era Nazaret, a una doncella desposada con un varón cuyo nombre era José, de la casa de David; y el nombre de la doncella era María. Cuando entró adonde ella dijo: “¡Salve, llena-de-gracia! El Señor está contigo”» (Lc 1, 26-28).
Este texto de san Lucas se completa con las palabras pronunciadas por santa Isabel, «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42), y las de la Virgen, «…desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1, 48-49) . También se señalaban referencias al Antiguo Testamento, concretamente al Protoevangelio: «Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya» (Gén 3, 15) , donde se ven prefigurados tanto a Cristo como a la Virgen, su Madre, así como la hostilidad de ambos frente al demonio. María es la que no tendrá contacto con la serpiente, si acaso solo para pisar su cabeza.
María es la Nueva Eva, salida de las manos de Dios sin pecado original, aunque entre ellas hay una gran desemejanza. La primera, con su desobediencia, contribuyó a la ruina espiritual del género humano; María, al contrario, por gracia de Aquel de quien fue Madre, contribuyó a la reparación de aquella culpa.
San Agustín (+430), defensor de la teología del pecado original y de la gracia frente a la herejía pelagiana que negaba la transmisión del pecado en la raza humana, hacía una excepción al hablar de María: «Exceptuando, pues, a la Santísima Virgen, acerca de la cual, por reverencia a Cristo, no quiero plantear ninguna cuestión cuando se trata de pecados» (San Agustín, De natura et gracia, 36, 42, PL 44, 276) .

En la proclamación de Inefabilis Deus por parte de Pío IX fue decisivo el influjo de la devoción popular que celebraba con fe la fiesta, y que se agrupaba en hermandades bajo la advocación de la Inmaculada, a la vez que venía realizando en distintas instituciones públicas (universidades, ayuntamientos, hermandades, …) votos inmaculistas.
Aunque la celebración litúrgica es algo tardía, y mucho más la proclamación del dogma, es evidente que el sensus fidei del pueblo cristiano es mucho anterior, como queda demostrado en el apócrifo del siglo II, el Protoevangelio de Santiago que describe en época tan temprana la concepción milagrosa de María por el abrazo ante la Puerta Dorada que se dieron sus padres después de que se reencontraran tras una separación provocada ante la ofensa recibida por la esterilidad del matrimonio. Este relato fantástico surge en un ambiente popular que valoraba que, para ser la Madre de Dios, su concepción debía ser distinta a la del resto del género humano, mediante un casto abrazo, de modo que quedara preservada de cualquier mancha en su alma.
La devoción popular a este privilegio mariano fue creciendo a lo largo de los siglos en paralelo, o quizás por delante, a las discusiones teológicas. No hay prácticamente en España templo católico en el que no encontremos una imagen de la Inmaculada como muestra del amor que los fieles tributan a la Madre de Dios en su Concepción, limpia de toda mancha y culpa. Porque es María, con toda su belleza interior, la que intercede ante el Dios uno y trino, por nosotros, que sí somos pecadores, ahora y en todos los momentos de nuestra existencia, especialmente los más difíciles.
Para que esta devoción fuera en aumento, y recibiera el apoyo de los fieles, fue necesario elaborar una iconografía que representase el misterio mariano y que se ajustase a las normas del Concilio de Trento, especialmente en el momento histórico en el que se prohibió, para evitar enfrentamientos entre católicos, pronunciarse verbalmente y en público sobre este dogma. Si no se podía defender con palabras esta concepción milagrosa se optó por la genial idea de defenderla con imágenes. Es así como surge en los últimos años del siglo XVI la iconografía de la Inmaculada, como agente propagandístico, y que culminará en el siglo XVII con la explosión de belleza de las Inmaculadas del Siglo de Oro español, expresión perfecta de la concebida sin pecado original.

Immaculada Concepciou

En 1858 se produjo un acontecimiento especial que, aún hoy, sigue alimentando espiritualmente a los fieles. Se trata de las apariciones de la Virgen María a Bernardette Soubirous en Lourdes. En la decimosexta aparición, y ante la insistencia del párroco para que le preguntara su nombre a la Señora, esta contestó diciendo: Que soy era Immaculada Concepciou (Yo soy la Inmaculada Concepción). La niña no entendió el sentido de estas palabras, pero al sacerdote le llamó la atención, en primer lugar, que esa Señora no era otra sino la Virgen María, pero también, la autenticidad de la expresión por parte de Bernardette que no tenía por qué tener conocimiento del dogma proclamado casi cuatro años antes. Además, es muy curioso el uso por parte de la Virgen de la expresión bíblica «Yo soy», y que no diga yo soy la Concebida Inmaculada, sino la Inmaculada Concepción, de manera que sustantivizaba un adjetivo dándole plenitud a su significado. Por poner un ejemplo y entenderlo, no es lo mismo decir que uno es inteligente que decir que uno es la inteligencia. De esta manera, María, al sustantivizar el adjetivo «inmaculada», no solo confirmaba en Lourdes el dogma que se le atribuía, sino que le daba plenitud, ella es la Inmaculada, la única.

Fue, también, la misma Virgen María, la que en la tercera aparición de Fátima, se describe a sí misma como Corazón Inmaculado, cuando pide a los tres pastorcitos que se establezca la devoción a esta advocación mariana para que el mundo experimente un periodo de paz.

Vemos, por tanto, cómo la vivencia de la fe del pueblo se fue haciendo teología, no sin muchas dificultades, y cómo la misma Virgen María ratificó con apariciones que ella es la Inmaculada Concepción.

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