Blog del director Los Santos

La influencia familiar de Santa Teresa de Jesús (450 convento de San José de Ávila y ante 500 nacimiento Santa Teresa)

El bien que recibió Santa Teresa de toda su familia fue impresionante, así como el que ella hizo a los suyos.

En la Autobiografía recuerda que “su padre era muy aficionado a la lectura de buenos libros” (vidas de santos que se leían y comentaban por toda la familia al anochecer, junto a la lumbre”.

Era mi padre “hombre de mucha caridad con los pobres… de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera”. Teresa era, de los hijos, la “más querida” por él.

De su madre dice que “también tenía muchas virtudes, y pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad… Muy apacible y de harto entendimiento… Murió muy cristianamente” a los 33 años. Hace rezar a sus hijos y procura que sean grandes devotos de nuestra señora y de los santos.

Todas estas virtudes y ejemplos no podían quedar baldíos; “me ayudaba no ver en mis padres favor sino para la virtud; tenía muchas”. Ya a la edad de seis o siete años se juntaba con su hermano Rodrigo para leer vidas de santos y de mártires; hacían sus reflexiones sobre lo fácil que compraban éstos el cielo y sobre cómo pena y gloria (infierno y cielo) era para siempre, siempre, siempre… No hacían más que seguir el ejemplo de los padres.

De él aprendió a decir siempre la verdad; de mayor afirmará: “Podré equivocarme, pero no mentir”. De su madre, aprendió la honestidad, el amor a la Virgen y a los santos (S. José)… a los sufrimientos.

A los siete años sueña en ser mártir y se escapa de casa con su hermano Rodrigo para ir a tierra de moros y ser descabezados; como no dio resultado enfoca su devoción de otra manera: llegar al cielo haciéndose religiosa; juega a hacer monasterios, da limosnas y se retira en soledad para rezar sus devociones.

Tan íntima era su devoción a la Virgen que cuando muere su madre, siendo Teresa de 12 años, dice: “fuime a una imagen de nuestra Señora y supliquela fuese mi madre, con muchas lágrimas… que me ha valido”.

La excesiva aflicción que tenía su madre a novelas de caballerías luego les fue entrando a los hijos, criados… contra el parecer del padre. Tras su muerte esta aflicción desordenada creció tanto en Teresa que comenzó a juntarse con primos y a tratar con una mala parienta. “Mi padre y mi hermana sentían mucho esta amistad; reprendíanmela muchas veces”. Pero ella no hizo caso. “Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello, y olores, y todas las vanidades”. Poco a poco fue dejando sus fervores y deseos de ser religiosa. Al final reconocerá que se sentían “cansada”.

Viendo su padre que no conseguí nada y que su hija, de 16 años, se enfriaba en la piedad la llevó al convento de agustinas de Ávila, para apartarla de las malas compañías. Allí, interna, se olvidó de sus galanteos juveniles, aunque ya era “enemiguísima” de ser monja. A los ocho días había perdido el desasosiego que traía de su vida interior; le ayudó mucho el trato con una santa religiosa que le fue ganando el corazón al contarle como descubrió su ideal.

Al año y medio la sacó su padre con motivo de una enfermedad. Estuvo reponiéndose un tiempo en Hortigosa, con su tío, D. Pedro, que luego sería religioso y moriría muy cristianamente. Su trato le hizo mucho bien: “con la buena amistad, viene a ir entendiendo la verdad de cuando niña… la vanidad del mundo… y cómo acababa en breve; y “aunque no terminaba por decidirme (a ser monja) vi que era mejor y más seguro estado”. Estuvo por tres meses forzándose a ser monja, pues veía que se salvaría más fácilmente haciéndose religiosa, aunque el convento fuese para ella un purgatorio. Se lo comunicó a su padre, pero se lo prohibió “por lo mucho que la quería” y ni se dejó influir por intermediarios que se buscó Teresa. Al fin deja una puerta abierta: que haga lo que quiera después de su muerte. Ve Teresa que ya no se opone, que la negativa fue por el amor propio que la tiene y que le cuesta decidirse; para no humillarse toma la iniciativa y a sus veinte años, concertando un día con su hermano y las monjas de la Encarnación, se va de mañana al convento.

Nada más entrar en él escribe a su padre una nota aclaratoria. Este se da por vencido pero sin despecho; pronto, como ella se imaginaba, va a verla. Muchas otras veces irá a la Encarnación para hablar con su hija; ella le enseña a hace oración mental.

De sus hermanos habla así: “Éramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a sus padres en ser virtuosos… pues mis hermanos ninguna cosa me desayunaban a servir a Dios”. Tras la influencia mutua en la infancia con Rodrigo, cuando decide ser monja, convence a su hermano Juan para que él también se haga religioso.

En su casa aprendió a trabajar, a hacer de todo, y a poner toda su alma en lo que hacía, se hizo mujer. Al ambiente familiar debe su piedad de la infancia y su vocación religiosa, recuperada gracias a su padre y a su tío D. Pedro. Teresa, en “La Vida”, agradece al Señor por “tales padres virtuosos y temerosos de Dios”.

He aquí un texto de la Santa que dedicó a los seminaristas, en especial a los de BUP por estar en años más difíciles: “espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía y si no hubiere pasado por ello no lo pudiera creer; en especial en tiempo de mocedad debe ser mayor el mal que hace”.

Y otro texto para vosotros, padres, que tenéis la inmensa suerte de ser padres de seminaristas: “Si yo hubiere de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan a sus hijos”…

 

Emilio Esteban

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