Carta del Obispo Iglesia en España

La incertidumbre de lo cierto, por César Franco, obispo de Segovia

La incertidumbre de lo cierto, por César Franco, obispo de Segovia

Pocas palabras de Jesús han sido tan manipuladas como las del «discurso escatológico», que anuncia la destrucción del templo de Jerusalén y su venida al final de los tiempos.

Cuando los discípulos le preguntan, picados por la curiosidad, cuándo sucederá y cuál será la señal, Jesús dice abiertamente que sólo el Padre conoce la hora, lo que ha levantado infinidad de hipótesis sobre el conocimiento imperfecto de Cristo y, por tanto, sobre su divinidad. En cuanto a la señal, Jesús se limita a indicar lo que sucede en la higuera: cuando vemos brotar sus yemas, sabemos que se acerca la primavera. Es claro, pues, que Jesús no quiere saciar la curiosidad de los discípulos sobre aspectos que, a su juicio, no son esenciales. Entonces, podemos preguntarnos: ¿qué interés le mueve a Jesús para hacer afirmaciones que dejan al creyente en la inquietud de la ignorancia?

Quienes se dedican al profetismo fácil, encuentran cada cierto tiempo «señales» que anuncian el fin del mundo, apoyados en afirmaciones de Jesús: guerras, catástrofes, señales en el cielo. Olvidan, sin embargo, que Jesús no utiliza esas imágenes para atemorizar o angustiar a sus oyentes. El género apocalíptico, empleado por Cristo, pretende consolar al pueblo ante lo que puede parecer un cataclismo final. Bien sabía de esto el pueblo de Israel por la experiencia de sus continuos conflictos, guerras y exilios, que le hicieron temer su ruina final. Con sus palabras proféticas, Jesús sólo pretende poner en guardia, advertir sobre la importancia de la hora final y animar a vivir en la virtud fundamental del peregrino que camina hacia la verdadera patria. No hay que hacer caso a los profetas de calamidades que dicen: el Hijo del hombre está allí o acá, viene por allí o por acá. Sólo hay que estar prevenidos, como el siervo que espera a su señor, o el mayordomo de casa que un día deberá dar cuenta de su administración. Lo propio del hombre es vigilar, vivir despierto. El fin, ciertamente, llegará. Este mundo creado dará paso a otro libre de la finitud. No necesitamos saber ni el día ni la hora. Nos basta con estar atentos a los signos que Dios nos ofrece si sabemos verlos. Y así como, cuando vemos brotar las yemas de la higuera, sabemos que se acerca la primavera, así la espera vigilante nos hará descubrir que el Señor «está cerca, a la puerta».

Esta cercanía se da, para cada hombre, en el morir. El fin que debe preocuparnos es nuestra muerte, cuyo día y hora desconocemos. No debemos vivir agobiados por su incertidumbre, sino preparados ante su certeza. Quien vive vigilante, no teme ese momento. Lo aguarda serenamente. Se cuenta de san Luis Gonzaga, que su preceptor interrumpió un día sus juegos para hacerle está molesta pregunta: Luis, ¿qué harías ahora si supieras que ibas a morir? Con inocencia y simplicidad, propias de quien nada teme, le contestó: seguir jugando. Esta actitud no es la del pagano que, cerrado a la trascendencia, pretende apurar hasta el límite el instante para gozar de él. Es la actitud del creyente que considera el fin de su vida, y, por extensión, el fin del mundo, con la esperanza puesta en quien viene para dar plenitud a la vida y a la historia de los hombres. Ciertamente, viene el Juez universal. Y es sabio vivir en el santo temor de Dios, principio de la sabiduría. Pero viene el que prometió, al partir de entre nosotros, que nos prepararía una morada eterna junto a él. No prestemos oídos a los profetas de calamidades, que se equivocan con sus previsiones. Estemos atentos a la higuera, a sus yemas que anuncian la primavera y confiemos en que el cielo y la tierra pasarán, más las palabras de Cristo no pasarán.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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