En un lugar...

La importancia de la espera

Dos meses sin acudir a la eucaristía presencialmente, y seguramente estaremos muchos un tiempo más, en muchos sitios todavía estamos en «fase 0». Se hace pesado seguir la misa cada domingo desde casa, y uno piensa en cuándo volverá. En el último número de ECCLESIA, varios sacerdotes nos cuentan la emoción de estos días. Pero también alguno nos recuerda que la dispensa del precepto dominical sigue en pie.

Y sé que hay mucha gente, sobre todo mayor, que tiene más ganas que nunca de volver a la Iglesia. Muchos viven solos, y este momento les da compañía, además de alimento espiritual. Ay, la gente de misa diaria seguro que lo pasa mal. Gente que, en su mayor medida, es mayor, de eso que se ha llamado «grupos vulnerables» y, como Iglesia, necesitamos cuidarles más que nunca. Eso significa, ahora, encontrar maneras de acompañar que no impliquen poner en riesgo de salud a la gente, más si tenemos en cuenta que es mentira eso de que todos hemos pasado el coronavirus: solo en torno a un 5% de la población, se estima.

Recordaba esta mañana que una de las realidades expuestas en el Sínodo de la Amazonía era la de aquellas comunidades que podían estar un año entero esperando la vuelta del misionero. Y, como hubiera algún imprevisto, podrían ser más. De ahí una de las peticiones de los padres sinodales al Papa para poder ordenar sacerdotes a diáconos casados. Algo que, por otra parte, es posible en las iglesias católicas de rito oriental en plena comunión con Roma.

El Papa, sin embargo, guardó silencio sobre aquello y, en cambio, pidió a la Iglesia Amazónica creatividad pastoral apuntando algunas pistas sobre la creación de ministerios estables en las comunidades. Al mismo tiempo, dio algunos toques de atención sobre cómo muchas vocaciones de aquellos países no querían ejercer su ministerio en la selva.

Más allá de creatividades pastorales, me viene a la mente que demos valor a la espera. Eso que decimos en la Eucaristía de «esperamos tu resurrección», o eso que dice el zorro al Principito. Sabemos que Dios aparecerá, y en este tiempo de no hacer tanto, quizá podemos desarrollar esa preparación interior. En esas comunidades amazónicas lo hacen. Cuando el misionero anuncia que va a visitarles, ese día es fiesta y no se va a la chacra, se reúne toda la comunidad, y están todo el día con él. Hablan con él dentro y fuera de la misa, el misionero visita las casas una por una… y saben que siempre volverá, mientras tanto la fe vive. Después de todo, también sabemos que Dios nunca se va del todo.

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