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La Imagen del Pastor. IV Domingo de Pascua, por monseñor Jesús Sanz

La Imagen del Pastor. IV Domingo de Pascua, por monseñor Jesús Sanz

Posiblemente nos resulta ajena y hasta extraña la imagen que en este cuarto

domingo de Pascua se nos presenta en el Evangelio. No estamos tan acostumbrados a ver esa escena de un pastor que cuida de sus ovejas. Y sin embargo esa metáfora resultaba muy cercana para aquellos oyentes de Jesús, tan acostumbrados al pastoreo tanto en su vida nómada como en la asentada. Pero aquella parábola era casi una crónica autobiográfica de Jesús en relación con aquellas gentes: no ser extraño ni extrañarse, dar vida y darse en la vida, hasta dejarse la piel antes que nadie pueda arrebatarlas.

En esa convivencia con Jesús, rápidamente se entendía su “secreto”. Y consistía en que este Maestro no estaba huérfano: tenía un Padre, en cuyas manos Jesús cuidaba sus ovejas, y de allí nadie podrá arrebatarlas. Jesús, el Padre, nosotros.

El Pastor, el redil, las ovejas. Como en la metáfora del evangelio y como en la vida de cada día. Esta es la escena que Jesús describe en la parábola, que viene a ser una descripción biográfica de su propia vida y de su entrega amorosa a los que el Padre le quiso confiar. De hecho, es uno de los apuntes del sentimiento de Jesús: cuando sintió lástima al ver a toda una muchedumbre que parecía como ovejas que no tenían pastor, y a continuación se puso a enseñarles. No obstante, aquel Buen Pastor no se quedó allí, hace dos mil años.

 

Él ha prometido su presencia y cercanía hasta el final de los tiempos. Seremos “ovejas” de tan Buen Pastor si también nosotros oímos su voz, palpamos su vida entregada, y las manos del Padre de las que nadie nos podrá arrebatar. En la medida en que permanecemos en ese Pastor Bueno, crece nuestro corazón y se ve rodeado de una paz que no engaña, y de una esperanza sin traición. Tenemos necesidad de pastores que nos recuerden las actitudes del Buen Pastor, y debemos pedir al Señor que nos bendiga con muchos y santos sacerdotes según el corazón de Dios. Pero cada uno, desde la vocación que haya recibido, debe testimoniar lo que supone la compañía de tal Buen Pastor: dejarse pastorear es dejarse conducir hacia el destino feliz para el que fuimos creados, para que aquello que Él nos prometió se siga cumpliendo, y esto llene de alegría a nuestro corazón, de esa alegría de la pascua, que como las ovejas de Jesús de las manos del Padre, nadie nos podrá arrebatar.

 

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo



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