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Leonardo-Lemos

La igualdad, camino de la justicia

Se acerca la jornada de Manos Unidas. Ya son 54 años de experiencia, de tal modo que, en el mundo católico de nuestro país, nadie es ajeno a esta Organización No Gubernamental para el Desarrollo (ONGD) que ha brotado en el corazón de un grupo de mujeres católicas que se implicaron, radicalmente, en la erradicación del hambre en el mundo. 

Año tras año, casi como pórtico del inicio del tiempo de Cuaresma, nos encontramos con dos invitaciones que sirven de despertadores de nuestra conciencia, tantas veces aburguesada: el Día del Ayuno Voluntario, el viernes 8 de febrero, y la Jornada Nacional de Manos Unidas, el domingo 10 de febrero. En nuestra agenda constituyen dos citas irremplazables.

 

Cada año, la jornada tiene un lema que pretende concretar los objetivos que nos ayudan a descubrir alguna de las causas que genera pobreza en el mundo. En esta ocasión: No hay justicia sin igualdad. Igualdad y colaboración entre el hombre y la mujer.

 

Son muchos los proyectos que se intentan potenciar con la ayuda de “muchos pocos”, y yo quisiera centrarme en uno de ellos que, necesariamente, es una realidad recurrente que, cada año, aparece destacado entre los objetivos de actuación. Me refiero a la educación.

 

El lema de este año nos enfrenta a la cruel realidad que, con frecuencia, nos golpea también a nosotros, ciudadanos de este mundo opulento y autosuficiente: la violencia contra la mujer. Sin ninguna duda, desde el Cuerno de África hasta las sierras elevadas de Latinoamérica, pasando por los barrios de nuestras ciudades y villas, la mujer se convierte en esa persona vulnerable en donde la pobreza, la necesidad y el hambre se ceba con violencia. Detrás de esas situaciones nos encontramos con un hambre profunda de educación.

 

Manos Unidas trabaja para ayudar a todas las personas necesitadas que, viviendo en graves situaciones de falta de igualdad con los hombres, sobre ellas crece la injusticia y, donde no hay justicia, tampoco puede haber caridad.

 

En muchos lugares del mundo es necesario llevar a cabo programas educativos a través de los cuales se pueda conseguir una adecuación de derechos-deberes entre los varones y las mujeres. Sólo a través de ese poderoso instrumento que es la educación se pueden superar las gravísimas lacras que arrojan a las personas a la más dolorosa de las pobrezas.

 

Es verdad que hay muchas clases de hambre en nuestro mundo, este año, la jornada de Manos Unidas quiere ayudarnos a descubrir que la falta de igualdad entre varones y mujeres es causa de muchas situaciones injustas. Podemos darles de comer un día, solucionando los males inmediatos; sin embargo, a través de los programas educativos y promocionales de la mujer y de las niñas se puede conseguir un cambio fundamental en la vida de las familias y en los pueblos. Alguien ha dicho que existe un principio que dice que “formar a un hombre es formar a un individuo, pero formar a una mujer es formar a una nación”. Este pensamiento encierra en sí una profunda filosofía, que nos da la clave a través de la cual se pueden entender tantas realidades que hoy nos afecta muy de cerca, también a nosotros, que vivimos en esta sociedad occidental. De hecho, aquél revolucionario del siglo XIX, consciente del potencial que encierra en sí lo femenino, llegó a afirmar aquella frase infeliz: “Corrompamos a la mujer y Occidente será nuestro”.

 

Las mujeres de Manos Unidas quieren ayudarnos a descubrir que mientras no tomemos en serio nuestra lucha contra el comercio internacional de mujeres y niñas, seguirá habiendo hambre en el mundo. Necesitamos levantar nuestras voces ante los poderosos de la tierra, para que la violencia física, psíquica y sexual que afecta a muchas niñas y jóvenes, desaparezca de nuestras sociedades y así se puedan superar tantas “hambres” que aniquilan en silencio a tantas inocentes.

 

Hoy, más que nunca, a través de los medios que poseemos, debemos erradicar los signos de pobreza que afectan a muchas niñas y jóvenes que no pueden acceder a la educación porque, desde muy jóvenes, se ven forzadas a abusos y “matrimonios infantiles”, convirtiéndose en “niñas-esposas-madres” que viven en condiciones de esclavitud.

 

Colaborar con Manos Unidas es aportar “nuestras pobrezas” para que, unidas a las “riquezas” de los otros, podamos lograr que la igualdad entre seres humanos, varones y mujeres, sea una realidad en la que se asiente una auténtica justicia, y así se viva en esa caridad que es la realidad que nos define como hijos e hijas del Buen Padre Dios que, desde el proyecto inicial de la humanidad, a imagen de Dios fueron creados, y hombre y mujer los creó. Ambos fueron queridos por Dios y, a imagen y semejanza del Creador, fueron pensados y queridos, de tal modo que ese designo creacional no debe quebrarlo el hombre si no quiere ser él mismo destruido.

 

La existencia de tantas “hambres” en nuestro mundo y en el interior de nuestras sociedades es prueba evidente de que ese proyecto amoroso de Dios ha sido objeto de graves atentados. Construyamos un mundo más “igual” y así seremos promotores de la justicia y testigos creíbles del amor de Dios.

 

J. Leonardo Lemos Montanet – Bispo de Ourense



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