Si se callase el ruido

La Iglesia no cierra

Cierran los lugares de culto, cierran los templos, pero no la Iglesia. La Iglesia no se cierra porque Iglesia somos todos y cada uno de nosotros con nuestros gestos: en la paciencia que pongas a tu alrededor, en la pastoral de la escucha tan necesaria en estos días, sobre todo con los mayores, en la alegría de saludar al vecino, en llamar para decirle que estás para lo que necesite, en saber convivir horas y horas juntos padres e hijos. La Iglesia no cierra, ni cerrará nunca.

La Iglesia está en cada casa, en el silencio. Dios nos habla cada día y entre el ruido, ¿nos parábamos a escucharle? Es este tu momento con Él. Que no sea espeso, sino enriquecedor. Que no sea vacío, sino lleno de la Vida que Él nos da. Lleno de alegría, de confianza, de reconocernos en el otro. La Iglesia no cierra si pensamos en los otros. Si los importantes son los demás. Si cada uno de nuestros actos sirven para construir una vida mejor. Sin excepciones. Porque todos tenemos derecho a una vida mejor.

Si ahora no podemos besar, que nos brillen los ojos al mirar al otro. Que la alegría del Evangelio se comparta. Así nunca cerrará la Iglesia. Me han escrito muchas personas por su necesidad de ir a rezar a los templos que quedan abiertos en Madrid, por si pueden acercarse ya que se contempla en el Real Decreto, apartado 11. Pueden ir, acatando las medidas, pero mejor: reza en casa.  Así podemos demostrar la verdadera generosidad.

Ahora que está cerca la Semana Santa y tenemos tiempo para reflexionar ¿imagináis la profunda soledad de esa Madre, de María, viviendo el calvario de su hijo? Ella es el ejemplo de confianza, valentía, serenidad y fortaleza. De aceptación de una realidad que no entendía, pero que hizo suya. Ojalá sepamos fijarnos y dejarnos guiar por las mujeres del Evangelio.

Cómo no acordarme también en estos momentos de Rut, mi querida Rut. Rut, la espigadora. Su lealtad hacia su suegra Noemí y la bondad y ternura de Noemí hacia Rut. Mujeres entregadas, poderosas, decididas, abiertas a la esperanza. Apasionadas. Alegres en la sencillez, en el día a día. He vuelto a leer el libro de Rut estos días, y lo releeré más veces.  «No insistas en que vuelva y te abandone. Iré donde tú vayas. Viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo, tu Dios será mi Dios», le dijo Rut a Noemí. (Rut 1, 16). Siempre me emociona. Os confieso que si hubiese tenido una hija me hubiera gustado llamarla Rut.

Dios actúa discretamente en lo cotidiano. La Iglesia no cierra. El Amor, con mayúsculas, no se acaba. Y se contagia si se comparte. El Evangelio también. En esta ocasión desde casa.

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