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Maura Clarke, Jean Donovan, Ita Ford y Dorothy Kazel.
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La Iglesia latinoamericana recuerda a las cuatro misioneras estadounidenses asesinadas en El Salvador en 1980

Se llamaban Maura Clarke, Ita Ford, Dorothy Kazel y Jean Donovan. Las dos primeras eran Hermanas de la Congregación Maryknoll, la tercera Ursulina y la cuarta misionera laica. Todas eran estadounidenses y ejercían la misión en El Salvador. Y todas fueron torturadas, violadas y asesinadas por los escuadrones de la muerte en ese país en 1980, el mismo año del asesinato de monseñor Romero. El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ha recordado ahora, con ocasión del cuadragésimo aniversario de sus muertes, la «dedicación total y desinteresada» de todas ellas a las personas más pobres, marginadas y vulnerables en aquel país. Fue la suya, ha dicho el organismo episcopal continental que preside el arzobispo peruano Miguel Cabrejos, «una entrega total y desinteresada en defensa de la vida de las víctimas del conflicto armado».

También el Papa Francisco las recordó el 2 de diciembre, fecha exacta del aniversario del crimen, en la audiencia general. «Prestaban su servicio a El Salvador en el contexto de la guerra civil. Con empeño evangélico y corriendo grandes riesgos llevaban comida y medicinas a los desplazados y ayudaban a las familias más pobres. Estas mujeres vivieron su fe con gran generosidad. Son un ejemplo para todos para convertirse en fieles discípulos misioneros», dijo el Pontífice.

No se arredraron

Las cuatro misioneras fueron asesinadas, en efecto, el 2 de diciembre de 1980, nueve meses después que monseñor Romero. Las hermanas Maura e Ita llegaban ese día en avión a El Salvador tras participar en Nicaragua en un encuentro de su congregación, y la hermana Dorothy y la misionera laica Jean Donovan acudieron al aeropuerto a recogerlas. A la salida del mismo, cinco guardias sin uniforme interceptaron la camioneta en la que viajaban y se las llevaron. Sus cuerpos aparecieron a la mañana siguiente. Las torturaron, violaron y asesinaron.

No se trató de un crimen común. Las misioneras estaban en el punto de mira del ejercito y de sus grupos paramilitares debido al trabajo que hacían con los más pobres, especialmente refugiados y víctimas del conflicto armado. Con anterioridad ya habían sufrido amenazas, calumnias e intimidaciones, pero no se arredraron. Se habían significado también al denunciar ante los funcionarios estadounidenses la opresión, injusticia social y represión existentes.

«La hermana Dorothy Kazel —recuerda la agencia OMPress— se unió a un equipo misionero de Cleveland que partió para El Salvador en 1974. Cuando estalló la guerra en 1980, a la misionera no le importaron las amenazas de muerte por su atención a los refugiados. Ya había trabajado antes en una prisión de mujeres y con los pobres y enfermos en Estados Unidos. Conducía camiones —conocidos como el «escuadrón de rescate»— para ir a sacar refugiados de las montañas donde se movía la guerrilla. Solía decir que quería que se la recordara como una persona feliz y alegre, como una persona “aleluya”. Su diócesis, la de Cleveland, concede cada cinco años el Premio Aleluya en su recuerdo, precisamente a personas que reflejen el valor, la fe y el optimismo de la hermana Kazel».

La agencia de las Obras Misionales Pontificias Españolas recuerda asimismo que, «antes de llegar a El Salvador, las hermanas Ita Ford y la hermana Maura Clarke habían pasado años de misión en Chile y Nicaragua respectivamente, dedicadas sobre todo a la educación. En la actualidad e inspiradas en ellas, existe el Maura Clarke-Ita Ford Center (MCIF) en Brooklyn, de donde era originaria Ita, que sigue muy activo en el área de educación de adultos y ha ayudado a miles de personas a mejorar sus vidas a través de la educación».

La laica Jean Donovan, por último, también dio testimonio de un amor y entrega sin parangón a los más pobres, a quienes servía. «Las privaciones que una soporta —escribió— quizá sean la manera de Dios de llevarte al desierto, para prepararte, para encontrarlo y amarlo más plenamente». Fueron muchas las veces que le sugirieron que lo razonable sería abandonar la misión. Pero ella respondía: Ante «un mar de lágrimas e impotencia… ¿qué corazón sería capaz de elegir lo “razonable”?».

Año Jubilar de los Mártires

La Iglesia salvadoreña ha declarado este 2020 Año Jubilar de los Mártires. «Los mártires dieron su vida y nos acompañan en nuestra peregrinación de fe. Queremos escuchar su voz y al mismo tiempo queremos hacernos eco de esa voz». El 12 de marzo se cumplieron 43 años del martirio del P. Rutilio Grande, jesuita, párroco en Aguilares; el 24 de marzo, cuarenta del asesinato de San Arnulfo Romero; y el 14 de junio, cuarenta también de la muerte martirial del misionero italiano Cosme Spessotto.



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