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Vista aérea de Hiroshima tras el lanzamiento de la bomba atómica.
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La Iglesia insta a ratificar el tratado que prohíbe las armas nucleares

Desde este 22 de enero el mundo es un poco más seguro. Al menos, sobre el papel. Ayer viernes, noventa días después de su ratificación por el estado número cincuenta, entró en vigor el Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) aprobado por la ONU en 2017, un documento que, por tanto, se convierte desde ahora en derecho internacional vinculante para sus firmantes.

«Se trata —dijo el Papa Francisco el día 20— del primer instrumento internacional jurídicamente vinculante que prohíbe explícitamente estas armas, cuyo uso indiscriminado repercutiría en un enorme número de personas en poco tiempo y causaría daños duraderos al medio ambiente. (…) Animo encarecidamente a todos los Estados y a todas las personas a trabajar con determinación para promover las condiciones necesarias para un mundo sin armas nucleares, contribuyendo al avance de la paz y la cooperación multilateral que tanto necesita hoy la humanidad».

El TPAN recibió en 2017 el visto bueno de 122 países en la Asamblea General de la ONU. Los Parlamentos de cincuenta de ellos, como decimos, ya lo han ratificado. El problema está en que entre quienes no lo han hecho se hallan todas las potencias nucleares: Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Gran Bretaña, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte.

Un mundo libre de la amenaza nuclear es posible

Tampoco lo ha hecho aún Japón, el único país hasta ahora que ha sufrido el horror de este tipo de armas. El gobierno nipón considera que su seguridad en la región se la garantiza la potencia nuclear de su aliado Estados Unidos. El argumento de la disuasión es precisamente el que esgrimen los países citados para rechazarlo.

El TPAN ha recibido los parabienes de los obispos de todo el mundo, desde Filipinas a Australia, pasando por Bélgica, Sudáfrica o Japón. En el país del sol naciente, el obispo de Hiroshima, Mitsuru Shirahama, y el arzobispo de Nagasaki, Mitsuaki Takami, han expresado su alegría en nombre de los supervivientes de las bombas, y pedido a su gobierno en una declaración conjunta su adhesión al TPAN. «Como obispos católicos y ciudadanos japoneses de las ciudades con bombas atómicas —escriben—, compartimos la confianza del Papa Francisco en que un mundo libre de armas nucleares es posible y necesario “para proteger toda la vida”. Todos, incluidos los de las naciones con o sin armas nucleares, deben unirse para participar en la realización de un mundo libre de esas armas».

En Australia, otro de los países que tampoco lo han firmado todavía, el obispo Terry Brady, responsable de Justicia Social en el episcopado, se ha dirigido por carta al primer ministro Scott Morrison para pedirle que lo haga sin demora. Las armas nucleares, le dice, plantean «un riesgo inaceptable de uso deliberado o accidental», y desvían «recursos de las cosas que fomentan positivamente la paz». Además, «son incapaces de abordar el terrorismo, los conflictos asimétricos, la ciberseguridad, los problemas ecológicos o la pobreza». En la misma línea se han pronunciado los obispos belgas, que también instan a su gobierno a ratificarlo.

Gallagher: «Es necesario ir más allá de la disuasión nuclear»

El secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, Paul Richard Gallagher, ha hablado en los medios vaticanos sobre la importancia del TPAN así como de la necesidad de educar hoy en la paz y el desarme. «Es necesario ir más allá de la disuasión nuclear. La realización de un mundo sin armas nucleares encaja en esta estrategia con visión de futuro, basada en la conciencia de que “todo está conectado”, en esa perspectiva de ecología integral tan bien esbozada por el Papa Francisco en Laudato si’. El TPAN va en esta dirección», ha argumentado, informa Vatican News.

El arzobispo británico, que recuerda que el uso de la energía atómica con fines bélicos es «inmoral», al igual que la «posesión» de armas nucleares, ha explicado también que el objetivo principal del TPAN es «prohibir las armas nucleares de manera inequívoca, situándolas en la misma categoría que otras armas de destrucción masiva como las armas químicas y biológicas, ya prohibidas». La Santa Sede participó activamente en su proceso de redacción.



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