Zona Cero

El necesario liderazgo de la Iglesia para la nueva normalidad

Vamos camino de los cuatro meses de pandemia. Desescalando en las restricciones a la libertad de movimiento, me percato de que, pese a llamarla nueva normalidad, volvemos a lo de antes. Incluso peor en algunos aspectos de la vida. Ha sido salir a la calle y volvemos a contaminar sin medida, a ver disturbios en varios países, peleas ideologizadas, trincheras léxicas, recomposición de posiciones bélicas y las mismas viejas intenciones de herir al otro, proliferando discursos llenos de mentira, odio y envidia, y en casos más extremos con deseo de eliminar fisicamente a ese que no piensa como yo, al famoso enemigo. ¡Qué miedo dan los pensamientos que solo contemplan uniformidad! ¡Qué miedo aquellos que se levantan y se acuestan solo pensando en destruir lo que no va conmigo! En efecto, hay personas e intereses que aprovechan cualquier motivo para buscar suplantar lo que tenemos por algo peor disfrazado de mejor. No es nada nuevo; en la Historia tenemos miles de ejemplos y ya saben, llevamos tropezando en esa piedra –más bien un peñón– muchísimo tiempo con la colaboración necesaria de miles de ovejas.

Tras esta prueba que no ha acabado y que puede repetirse, con más crueldad si cabe, la Iglesia está en una posición privilegiada y única para ser quien lidere la verdadera transformación a una nueva normalidad en la que guíe al ser humano hacia ese Reino que nos anunció Jesús hace dos milenios –¿se acuerdan de que iba, verdad?–. Todos los cristianos coherentes con la fe estamos llamados a construirlo en nuestro mundo. Tuve la ocasión de proponerlo en una reunión el pasado fin de semana: La Iglesia es, quizá junto con la ONU, la única organización presente en casi la totalidad de países del mundo. En cada aldea, en cada barrio, pueblo y ciudad. Allí hay una comunidad de personas que, como ya sucedió en la primera comunidad de Galilea, puede transformar los corazones y las mentes. No importa si son muchos o pocos. Es la voluntad lo que cuenta y la acción la que vale. Y la Gracia, por supuesto. Lean todo esto por favor con la humildad cristiana que es la que nos hace grandes.

El mundo necesita más que nunca a la Iglesia, su liderazgo y su unión. Y decía que «puede» que sea ella quien lidere este paso y que dependerá de los «cristianos coherentes». Así lo veo yo. Tenemos las herramientas y las palabras de Jesús: «Id y anunciar». Tenemos la presencia en todo el planeta. Tenemos millones de oídos deseosos de escuchar las palabras del Evangelio más que nunca en estos momentos. ¿Qué es lo que puede fallar? Nosotros. Hay gente muy valiosa, buenísimos profesionales, inmejorables sacerdotes, dedicadas religiosas, increíbles misioneros y ejemplares laicos pero tenemos que ser más. El conformismo, la espera pasiva y algunas actitudes que paralizan el acompañamiento y la presencia de la Iglesia en el mundo nos pueden relegar en nuestra misión. Nos tenemos que llenar de ganas de servir y de avanzar y eso requiere mudanza interior y no tener miedo. Ser valientes. Podemos hacer reales las bienaventuranzas, el cuidado de la Casa Común, el amor al prójimo, la santidad de la Iglesia, de los laicos y sacerdotes, el servicio al pobre y al necesitado, la alegría de ser hijos amados y la fortaleza cristiana ante un futuro que no se base en lo que esta pandemia ha tirado al suelo pero que hoy tristemente vuelve a recolocarse.

Si todos ponemos de nuestra parte, si comenzamos a replantear nuestra vida y a revisar nuestro quehacer, si sabemos la enorme suerte que tenemos de poder transformar este mundo en este momento tan clave de la Historia, si sabemos que no solo basta con hacer sino también con comunicarlo y si realmente creemos que hay un Dios Padre que escucha, obra y habla a los hombres y mujeres y que se revela en nuestra biografía, solo si tenemos esto presente, seremos cristianos coherentes y podremos hacer que la Iglesia lidere al mundo hacia la nueva normalidad. Todos a una.

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