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La Iglesia frente a la pederastia: el camino ya realizado y el camino por recorrer – editorial ECCLESIA

La Iglesia frente a la pederastia: el camino ya realizado y el camino por recorrer – editorial ECCLESIA

         La actitud de la Iglesia católica ante la abominable realidad de los abusos a menores ha vuelto en los últimos días a copar buena parte de la actualidad. Como informamos hoy en nuestra página 36, ello se ha debido a los premios Óscar cosechados por la película «Spotlight» y las declaraciones, en conexión directa entre Australia y Roma del cardenal Pell, exarzobispo de Sídney y actual prefecto de la Secretaría de Economía del Vaticano, ante la Real Comisión de Investigación de Australia. El testimonio de Pell, sobre quien no pesa responsabilidad de actuación personal alguna,  fue «digno y coherente», como acaba de señalar la Santa Sede.

         Ante todo ello, la posición vaticana permanece firme: no hay, no puede haber lugar en la Iglesia para el pederasta y ni para la pederastia. El compromiso eclesial de tolerancia cero al respecto continúa inalterable, como, sin ir más lejos, recordó, como claridad meridiana, Francisco, en sus declaraciones tras el viaje a México (ecclesia, número 3.820, página 38). Por ello, «si los llamamientos –declaración textual del portavoz vaticano, Federico Lombardi- que han seguido a “Spotlight” y la movilización de las víctimas y organizaciones con motivo de las declaraciones del cardenal Pell contribuyen a sostener y mejorar la larga marcha de la lucha contra los abusos de menores en la Iglesia católica universal y en el mundo actual (donde la dimensión de estos dramas no tiene límites) sean bienvenidos.

         Aclarados y reiterados, pues, estos principios claves para comprender mejor la posición inequívoca de la Iglesia, bueno será también recordar que, durante estos ya largos y dolorosos años, de conocimiento y de toma de conciencia de la realidad y de la magnitud del problema, las autoridades eclesiásticas –comenzando por los Papas- han puesto en marcha una amplia batería de iniciativas para paliar, reparar y sanar esta vergonzosa e inadmisible lacra.

Precisamente, los sucesos narrados en la película ganadora del Óscar al mejor filme del año son de Boston, destapados en 2002 y que supusieron la renuncia del entonces arzobispo de esta archidiócesis norteamericana –no por acción en los delitos, sino por presunta negligencia a la hora de combatirlos, denunciarlos y extirparlos-, una reunión sobre el tema del episcopado de Estados Unidos de América con el Papa, entonces Juan Pablo II, la actualización y endurecimiento de los dispositivos canónicos y penales en la materia y el encargo al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, del seguimiento de las denuncias. Todo ello, además, se realizó mediante una renovada política comunicativa de transparencia y verdad. Asimismo, Juan Pablo II nombró arzobispo de Boston y designó cardenal a Sean Patrick O`Malley, cuya gestión de esta sangrante situación está resultando modélica y es ahora quien preside también la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores.

         En el final de la primera década del presente siglo XXI, la difusión de escándalos adquirió una mayor y dolorosa relevancia. El Papa era ya Ratzinger -esto es, Benedicto XVI-, quien intensificó todos los mecanismos y protocolos para seguir trabajando en pro de la verdad y la justicia. Benedicto XVI, en su emblemática Carta a la Iglesia en Irlanda (19 de marzo de 2010), fijó y precisó los criterios de actuación: reconocimiento de los graves errores cometidos y petición de perdón, atención prioritaria y justicia para las víctimas, conversión y purificación, esfuerzos de prevención, renovada formación humana y espiritual y colaboración con las instancias jurisdiccionales civiles.

Benedicto XVI  se prodigó en pedir perdón, en público y en privado, a las víctimas; se encontró con algunas de ellas en distintos lugares (Boston, Sídney, La Valeta, Londres, Roma…); y procedió asimismo, con todas sus fuerzas, en la extirpación y sanación de realidades eclesiales heridas por este horror (verbigracia, la Legión de Cristo).

Mientras tanto, la Doctrina de la Fe sigue estudiando las denuncias presentadas. Entre 2004 y 2013, han sido casi seis mil, de las cuales 3. 420 han sido consideradas casos creíbles de abusos a menores de 18 años, con la correspondiente expulsión de 848 sacerdotes y la penalización a más de un millar.

         Y ahora, de todo punto resulta evidente, que ya con Francisco no solo no se ha retrocedido un ápice en esta hoja de ruta, sino, que, aun quedando tanto camino por recorrer, se ha avanzado y se seguirá avanzando en él sin titubeos.

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