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La Iglesia de Cristo en misión, por José-Román Flecha Andrés, en el Diario de León (5-10-2019)

Recientemente he impartido algunas conferencias en Anchorage, en Alaska. Ha sido una alegría recordar las cartas que enviaba a las revistas misionales el padre Segundo Llorente. Aquel jesuita, originario de nuestra diócesis de León, nos llevaba a recorrer las tierras a orillas del Yukón y a imaginar  la vida “en el país de los eternos hielos”.

Aquel resurgir misionero se debía a la carta apostólica “Maximum illud”, publicada por Benedicto XV el día 30 de noviembre de 1919.   Ya ha pasado un siglo. Para celebrarlo,  el papa Francisco nos invita a “renovar el compromiso misionero de la Iglesia e impulsar su misión de anunciar y llevar al mundo la salvación de Jesucristo, muerto y resucitado”.

Para ello ha propuesto para este octubre de 2019 un Mes Misionero Extraordinario, bajo el lema Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo. He aquí algunas claves de esta convocatoria.

  1. La celebración de este mes nos ayudará a volver a encontrar el sentido misionero de nuestra adhesión de fe a Jesucristo, fe que hemos recibido gratuitamente como un don en el bautismo.
  2. La vocación misionera no puede confundirse con el proselitismo. La Iglesia no ejerce la misión para enriquecerse. No va a pedir. Tiene una riqueza para dar, para comunicar, para anunciar.
  3. Una Iglesia en salida hasta los últimos confines del mundo exige una conversión misionera permanente, una salida misericordiosa, como impulso del amor y fruto de su lógica de don, de sacrificio y de gratuidad.
  4. La vocación misionera está dirigida a todos los seguidores del Señor: “Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios”.
  5. “Nuestra misión radica en la paternidad de Dios y en la maternidad de la Iglesia… Sin el Dios de Jesucristo, toda diferencia se reduce a una amenaza infernal haciendo imposible cualquier acogida fraterna y la unidad fecunda del género humano”.
  6. La Iglesia sigue necesitando hombres y mujeres que, en virtud de su bautismo, respondan generosamente a la llamada a salir de su propia casa, su propia familia, su propia patria, su propia lengua, su propia Iglesia local.
  7. La misión contribuye al proceso de conversión permanente de todos los cristianos y exige que nadie se quede encerrado en el propio yo, en la propia pertenencia étnica y religiosa” y nos llama a “crecer en el respeto por la dignidad del hombre y de la mujer.

Finalmente, citando a Benedicto XVI, dice el papa Francisco que la misión  lleva  a las gentes de otras culturas a conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados buscaban sin saberlo. Por tanto, pretender recuperar las religiones primitivas no significa un progreso, sino un retroceso.

José-Román Flecha Andrés

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,