Editoriales Ecclesia

La Iglesia, contigo, para evangelizar y para servir, y con luz y taquígrafos – editorial Ecclesia

La Iglesia, contigo, para evangelizar y para servir, y con luz y taquígrafos – editorial Ecclesia

Lo hemos dicho muchas veces. Nos lo acaba de repetir el Papa, ahora el domingo de Pascua, en su mensaje para el Domund 2017: “La Iglesia no es un fin en sí misma, sino un humilde instrumento y mediación del Reino”. La Iglesia no busca el éxito terreno y el reconocimiento mundano, pues sería entonces –insiste Francisco-  “una Iglesia autorreferencial, no la Iglesia de Cristo”, quien, el Evangelizador por excelencia, el Evangelio encarnado, vino al mundo para servir y no para ser servido.

Para desarrollar esta misión evangelizadora, servidora y misericordiosa,  la Iglesia necesita recursos materiales y personales. De los segundos y capitales, los evangelizadores, no nos ocuparemos preferentemente en el Editorial de hoy, sino que lo haremos de los primeros: los recursos materiales.

¿De dónde salen estos recursos? ¿Cómo se financia, en aras a la misión, la Iglesia, concretamente la Iglesia católica en España? ¿Cuáles sus empleos y destinos? Nuestra Iglesia en España se financia de los fieles católicos y de aquellas otras personas que desean colaborar económicamente con ella. Y, en ambos casos, desde la misma estricta y escrupulosa libertad y a través de dos grandes modos y sistemas. El primero, el mayoritario en dos tercios, es el que procede de las aportaciones directas y voluntarias de los católicos, mediante los más diversos modos. En torno a un 25% de las fuentes de financiación eclesiales, llegan, también de modo libre, mediante la legítima decisión de los contribuyentes que, en la declaración anual de la renta, marcar la X correspondiente en el casillero de la Iglesia católica. La Administración pública se compromete a que el 0,7% del IRPF de estos contribuyentes (el 35% del total) vaya destinado a la Iglesia. ¿Y por qué? Porque la libertad religiosa es un derecho fundamental y los derechos han de ir datados de medios y recursos para que se puedan desarrollar con libertad. Al ser este un sistema libre, secreto y anual, la Iglesia queda, en relación a esta fuente de financiación, totalmente a expensas de la voluntad de los ciudadanos, de modo que ninguno de ellos la marcase, percibiría cero euros. Este sistema no es, por lo tanto, una carta otorgada, una concesión, un trato de favor. No va contra nadie, ni perjudica tampoco al contribuyente, a quien ni se le descuenta más o menos, ni percibe menos ni más, por el hecho de marcar o no la X. Es un sistema no solo legítimo, sino radicalmente democrático y justo.

Pero es que, además, los recursos económicos que, a través de cualquiera de las dos vías citadas, llegan a la Iglesia no solo posibilitan a esta el desarrollo en libertad de su misión, sino que revierten –y muy notablemente- para el bien común, para el bienestar de los ciudadanos y para atender tantas y tantas necesidades como todavía  permanecen entre nosotros, y tiene asimismo una dimensión solidaria y caritativa de ámbito internacional.

Basta con que nuestros lectores lean detenidamente las páginas 6, 7 y 8 de este número de ecclesia para que comprueben todo esto. Observarán, junto al desglose concreto de las actividades evangelizadoras –celebración, educación, caridad, asistencia social, piedad popular, patrimonio cultural, misiones, etc…- que nuestra Iglesia, con sus servicios, ahorra al erario público  varios miles de millones de euros. O como la cuantía que recibe en concepto de Asignación Tributaria genera en la sociedad más del 138% del importe recibido. O  como las horas que se dedican  en la Iglesia a servir y a evangelizar  rinden  más del doble que en su servicio equivalente en el mercado.

Este quehacer, este servicio a la misión, quiere nuestra Iglesia hacerlo, además, con renovada luz y taquígrafos…. Es una apuesta por la transparencia y la comunicación, que nacen, no de la moda y de lo políticamente correcto, sino de las exigencias del Evangelio, de las legítimas demandas sociales de la ciudadanía y de la gratitud que se merecen sus millones de donantes y colaboradores.

Con humildad, sin triunfalismos ni narcicismos de ninguna naturaleza, conscientes de que el salario del servidor es el mismo servicio (Lc 17, 10: “No hemos hecho sino lo que teníamos que hacer”…), nuestra la Iglesia pretende, de este modo,  estar con  todos,  servir a todos, y ser así, como nos reclama el Papa Francisco,  Iglesia de puertas abiertas, sacramento de cercanía, instrumento de misericordia y sembradora del bien común.

 

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