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La Iglesia argentina, de fiesta: Fray Mamerto Esquiú ya es beato

Fray Mamerto Esquiú fue proclamado ayer beato en una celebración eucarística en San José de Piedra Blanca, Catamarca, presidida por el cardenal Luis Héctor Villalba, arzobispo emérito de Tucumán y enviado papal para la ocasión.

En la homilía, el purpurado puntualizó que era una jornada de “alegría para la orden de los franciscanos, a la que pertenecía Esquiú, alegría para la Iglesia de Catamarca, en donde nació, vivió y murió, alegría para la Iglesia de Córdoba, de la que fue obispo durante dos años, alegría para la Iglesia de Argentina, alegría para la Iglesia católica entera que celebra en Esquiú una nueva esperanza”.

“El gozo proviene del hecho de que un miembro de la Iglesia, un hombre de nuestra patria, un hermano nuestro, es reconocido beato, honrado e invocado como tal”, precisó.

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Un modelo a imitar

El cardenal Villalba se refirió luego al significado de la beatificación. “Significa que la Iglesia reconoce en él una figura excepcional, un hombre en el que se dieron cita la gracia de Dios y el alma de Esquiú para alumbrar una vida estupenda hasta alcanzar esa grandeza moral y espiritual que llamamos santidad”, explicó.

“Beato quiere decir salvado y glorioso. Quiere decir ciudadano del Cielo. Mamerto Esquiú como religioso, como sacerdote, como obispo es un modelo a imitar y como San Pablo puede decirnos a todos: ‘Sigan mi ejemplo, así como sigo yo, sigo el ejemplo de Cristo’. Y, a la vez, Mamerto Esquiú es un intercesor en favor nuestro. La Iglesia nos dice, al beatificarlo, que lo podemos invocar y a él podemos orar, pues ya participa de la felicidad eterna”, agregó.

Rasgos importantes

El arzobispo detalló luego algunos rasgos de la vida del nuevo beato: “Mamerto Esquiú nació el 11 de mayo de 1826 aquí, en esta localidad de Piedra Blanca, en la provincia de Catamarca. Su familia era religiosa y trabajadora”.

“Ingresó a la Orden Franciscana de Hermanos Menores (O.F.M.) donde profesó los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia y se ordenó sacerdote, a los 22 años, el 18 de octubre de 1848. Se esmeró en la enseñanza y en la predicación”, añadió.

“Desde joven enseñó Filosofía y teología y también fue maestro de niños. Como sacerdote se dedicó al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual. En 1862 se trasladó al Convento franciscano de Tarija en Bolivia, en búsqueda de una vida religiosa más regular y retirada, dedicándose a la enseñanza de la teología. En 1864 se traslada a Sucre, capital de Bolivia, a pedido del arzobispo del lugar, para enseñar en el Seminario”, recordó.

Restablecer la vida común

“En 1872 viajó como misionero a Perú y Ecuador. Y al año siguiente regresa a Tarija. En 1876 viajó a Roma y a Tierra Santa. En Roma, Esquiú se encuentra con el General de la Orden Franciscana, que dispone que regrese a Catamarca para trabajar por el restablecimiento de la vida común en los conventos.

Así, después de 16 años de estar ausente, regresa a Catamarca en 1878”, indicó, y profundizó: “En 1880 es nombrado obispo de Córdoba. En su segundo año como obispo, fue a la Rioja, que pertenecía a su diócesis, a visitar a sus fieles y administrar los sacramentos. Y en el viaje de regreso a su sede episcopal de Córdoba, murió el 10 de enero de 1883, en la posta catamarqueña de El Suncho. Tenía 56 años de edad”.

Buscó ser santo

El cardenal Villalba aseguró “Esquiú buscó ser santo” y destacó: “Buscó, sobre todo, hacer la voluntad de Dios. Lo que importa, decía, es hacer a todo trance la voluntad de Dios. Construyó su vida de santidad sobre Jesucristo. Su meta era conocer y amar a Jesús para grabar su imagen en su alma”.

“La Palabra de Dios ocupó un lugar central en su vida. Mamerto Esquiú fue un sacerdote de profunda oración, dedicaba mucho tiempo a la oración. Tenía un gran amor a la Santísima Virgen María y a San José”, aseveró.

“Esquiú fue un obispo misionero que se dedicó a visitar todas las comunidades de su extensa diócesis. No sólo misionó en las parroquias, sino también en las capillas. En los lugares donde no había iglesias, misionaba en los pequeños poblados o en las estancias”, particularizó.

Y resumió: “Esquiú fue un obispo pastor que se destacaba por su humildad, por su pobreza y por la austeridad de su vida. Esquiú fue un pastor que se entregó a los pobres al estilo de San Francisco. Era infatigable en la asistencia a los enfermos y en la administración de los sacramentos”.



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