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La I Asamblea Eclesial de América Latina denuncia la cultura del descarte que sufren mujeres, migrantes, ancianos y pueblos originarios y afrodescendientes
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La I Asamblea Eclesial de América Latina denuncia la cultura del descarte que sufren mujeres, migrantes, ancianos y pueblos originarios y afrodescendientes

Hoy domingo, 28 de noviembre, concluye la primera Asamblea Eclesial de América Latina. El evento, inédito, ha congregado en Ciudad de México desde el día 21 a un millar de participantes —unos pocos de manera presencial, la mayoría online— en el deseo de reavivar en la Iglesia continental el espíritu de la Conferencia General de Aparecida (Brasil). A diferencia de las cinco Conferencias Episcopales organizadas por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) —Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007)— esta vez se ha tratado de una conferencia eclesial, con participación no solo de obispos. De hecho, el 40% de los inscritos han sido laicos. Los obispos han representado el 20%, el mismo porcentaje que los sacerdotes, y que los religiosos y religiosas. Un 1,7% han sido diáconos, mientras que el 7% restante, miembros de otras religiones.

El presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), el arzobispo peruano Miguel Cabrejos, ha sido el encargado de leer el mensaje final que la Asamblea ha dirigido al Pueblo de Dios que peregrina en el continente.

Una verdadera experiencia de sinodalidad

La Asamblea ha sido vivida como «una verdadera experiencia de sinodalidad», como constata el mensaje. Se dice en él que la sinodalidad «no es una moda pasajera o un lema vacío», sino el camino, algo que pertenece a la esencia de la Iglesia y que ha venido para quedarse.

Los participantes en el encuentro han escrutado la «poliédrica» realidad de los distintos países del continente y han  identificados sus dolores y esperanzas. El primer dolor es que que sufren «los más pobres y vulnerables», que son víctimas de una miseria sangrante y de innumerables injusticias. El mensaje denuncia «el grito de la destrucción de la casa común», y la «cultura del descarte que afecta sobre todo a las mujeres, los migrantes y refugiados, los ancianos, los pueblos originarios y afrodescendientes».

Examen de conciencia

Los participantes en este histórico evento han expresado su dolor por los pecados intraeclesiales. Entre ellos mencionan «el clericalismo y el autoritarismo en las relaciones, que lleva a la exclusión de los laicos, de manera especial a las mujeres en las instancias de discernimiento y toma de decisiones sobre la misión de la Iglesia, constituyendo un gran obstáculo para la sinodalidad». El examen de conciencia realizado lleva también a lamentar «la falta de profetismo y la solidaridad efectiva con los más pobres y vulnerables».

Entre las esperanzas que se explicitan están los nuevos caminos de escucha y discernimiento que comienzan a abrirse. En este sentido, el camino sinodal es presentado como «un significativo espacio de encuentro y apertura para la transformación de estructuras eclesiales y sociales que permitan renovar el impulso misionero y la cercanía con los más pobres y excluidos». También es motivo de esperanza la Vida Religiosa, «mujeres y hombres que viviendo contracorriente dan testimonio de la buena nueva del Evangelio», y la piedad popular.



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