Firmas

La guerra de las capillas, por Teresa García Noblejas

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Nos cuenta El País, siempre tan preocupado por las creencias de los españoles, que el decano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense ha decidido trasladar la capilla del edificio a otra ubicación por un problema de espacio. Naturalmente, no va a argumentar que le molesta que enfrente de la cafetería de la Facultad esté una estancia silenciosa donde entran los alumnos a una actividad tan «incomprensible» y quién sabe si «peligrosa» de rezar, hablar con el capellán o asistir a Misa.

Aunque esto aporte poco al debate, en mi historia personal la capilla del Edificio B en el que se ubica la Facultad de Geografía e Historia ocupa un lugar muy relevante. En mis cinco años de estancia, siempre y cuando lo permitía el horario de clases, asistí a Misa o al menos entré un momento a rezar más o menos a diario. Era frecuente que hubiera alguien, tanto alumnos como profesores; no eran multitudes pero si se desarrollaba cierta actividad de estudiantes en torno a la capilla y un sacerdote muy activo siempre dispuesto a atender al que llegaba. La huelga del 88, como no podía ser menos, sirvió de pretexto para que algunos energúmenos (se rumoreaba) profanaran la capilla en una noche de juerga revolucionaria.  De vez en cuando alguien colgaba una pancarta insultante y provocadora contra los curas, la Iglesia, el papa, etc. en la puerta de la capilla o en sus proximidades. Naturalmente, igual que se ponían, se quitaban; o al menos yo lo hice.

Hace poco he tenido ocasión de volver a la Facultad por cuestiones profesionales. Me pasé un momento por la capilla. Era y es una estancia sobria, fría (materialmente hablando), con una imagen de Cristo crucificado de estética opinable, sin pelo ni barba (siempre me llamó la atención ese detalle). En esta ocasión el altar se encontraba iluminado mientras el resto de la capilla se encontraba en penumbra; una custodia con el Santísimo Sacramento presidía la estancia y un par de chicos (hombre y mujer) contemplaban silenciosos en sus bancos. En una mesa lateral, folletos, estampas, oraciones breves y libritos religiosos. En un momento dado apareció, procedente de la sacristía, un chico (que salió de la capilla) y un sacerdote jovencísimo que llamaba a uno de los que estaba en los bancos. En la capilla y en otras paredes de la Facultad se anunciaba (en vísperas de las vacaciones de Navidad) una recogida de alimentos (creo) para Caritas.

En mi visita al edificio universitario pude ver locales de asociaciones de estudiantes y clubs deportivos, carteles y anuncios de todo tipo: filosofías, ideologías, insultos al rector; por cierto con una llamativa y lamentable dejadez y falta de higiene …  Creo que la presencia de las capillas en la Universidad no es solo un beneficio para los universitarios católicos que la utilizan habitualmente; la capilla resulta absolutamente imprescindible para los que no son creyentes o se han alejado de la práctica religiosa o incluso la desprecian. Allí encontrarán un momento de paz y silencio, alguien con quien hablar en medio de la vorágine diaria y los dramas de la vida y un espacio en el que Alguien les espera, lo crean o no. ¿Perjudica esto a la convivencia universitaria? ¿Convierte a los estudiantes en peligrosos para sus compañeros o más bien los pacifica y los hace conscientes de su misión en la vida y en la Universidad? ¿Por qué no cuestionamos la dedicación de los espacios universitarios a otras actividades políticas o deportivas y solo se hace la guerra a las capillas?

 

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