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La fragancia que ofrece el Año Santo Compostelano

Los hombres tratamos de acceder a lugares o cosas que puedan mejorar nuestra situación. Cierto que, inmersos como estamos en el mundo, no es fácil que nuestros criterios sean precisamente los que el Espíritu del Señor pone en nuestro corazón. No quiere ello decir que el Señor, que manifestó estar a las puertas de la Iglesia de Laodicea, según refiere el libro del Apocalipsis, deje de llamar hoy a los umbrales de nuestro corazón. Sin embargo, como vivimos en un mundo en el que los criterios sublimes no encuentran fácilmente hueco merced a los medios con que cuentan los interesados en que prevalezca lo suyo, no resulta fácil escuchar la voz del Espíritu.

Santiago el de Zebedeo, un apóstol de Jesucristo

Movido por el Espíritu del Señor que había recibido en Pentecostés, el Apóstol Santiago, uno de los tres más cercanos a Jesús, apenas aparece en la Comunidad primitiva de Jerusalén que nos presenta San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Su temperamento fogoso y emprendedor no le había permitido mantenerse entre aquellos cristianos provenientes del judaísmo. Del mismo modo que otros de los Doce miraron hacia Oriente para proclamar allí la Buena Nueva de Jesús, Santiago quiso evangelizar paganos hacia el Finisterre, en la parte más occidental entonces conocida.

No fue nada fácil transmitir la idea de que no eran los ídolos los que ayudaban a los hombres, sino que era Jesucristo, el Hijo del Dios creador de todo, que se había hecho hombre para redimir a la persona humana y ofrecerle un fácil enlace con la divinidad, que había de ser lo más grande que podía alcanzar el ser humano. Desde luego, Santiago habrá tenido que olvidarse de exigir la Ley mosaica, y limitarse a ofrecer a Cristo como salvador del hombre. Parece que, en cualquier caso, su eficacia ha sido exigua, hasta el punto de que necesitó ánimos de María, la madre de Cristo, que le salió al encuentro en Zaragoza, sobre un pilar, cuando el Apóstol volvía a su tierra, a semejanza de lo que hará san Pablo con Antioquía de Siria, entre uno y otro viaje apostólico. De todos modos, Atanasio y Teodoro, dos de los discípulos que siguieron de cerca a Santiago, serán la semilla que más adelante llegue a fructificar.

Muerte y traslación del Apóstol; veneración y descubrimiento del sepulcro

La dispensa de la Ley mosaica, sin atribuciones reconocidas por el Sanedrín, habrá sido razón más que suficiente para que el rey Agripa I le privara de la vida. Sin embargo, Atanasio y Teodoro, recogiendo el cuerpo del hijo de Zebedeo, lo trasladaron, como afirma la tradición, desde el puerto de Jafa a Padrón, Iría Flavia y Santiago. En la reconocida hoy como «Ciudad del Apóstol», descansaron sus restos, y más adelante junto a ellos los de sus dos discípulos, de modo que los habitantes de ese lugar y de su entorno los veneraran. La idea de su presencia permanecerá en el ambiente, hasta el punto de que, al contemplar unas luces en el siglo IX un ermitaño, llamado Pelagio, en el lugar de Libredón, comunicó su experiencia a Teodomiro, el obispo de Iría Flavia, diciendo que era el Apóstol Santiago quien provocaba esos destellos. Teodomiro le acompañó a ese lugar, y encontraron un edículo con restos, que interpretaron como del Apóstol Santiago y sus discípulos. Desde entonces, al comunicarle la noticia a Alfonso II el Casto y acudir este a Compostela con sus séquito y familiares, comenzaron las peregrinaciones. Alfonso II construyó una pequeña iglesia, que hizo mucho mayor Alfonso III. Almanzor la dañó, y en 1075 se comenzó la catedral.

Catedral de Santiago

Privilegios de Compostela: Diócesis y Jubileo

La presencia de los restos del Apóstol promovió el que, en tiempos de Urbano II y de san Pedro de Mezonzo, Compostela pasara a ser diócesis. Tres siglos más adelante, el Papa Calixto II concedió un Jubileo ocasional a Santiago de Compostela. Algo semejante se había hecho en Roma, al comenzar un nuevo siglo. Sin embargo, la concesión de Calixto II resulta familiar, teniendo en cuenta que su hermano Raimundo de Borgoña, hoy sepultado en la catedral, era Conde de Galicia, en tiempos en que Güido de Borgoña, el futuro Papa Calixto II, era obispo de Vienne del Delfinado. En el mismo siglo, Alejandro III estableció, de modo perenne, que los años en los que la fiesta del 25 de julio cayera en domingo, fuera año de Jubileo. Los sucesivos Papas respetaron su decisión, y establecieron que todo lo decidido permaneciera así, aunque, por celebrar el Jubileo Romano, se suspendieran las gracias a otras comunidades, para que acudieran a la Ciudad Eterna.

El presente Año Santo en Santiago

El año 2021 es Año Santo Compostelano, correspondiente a un ciclo de 6-5-6-11, en los que se repite esa condición, propicia para ganar el Jubileo.  Sin embargo, teniendo en cuenta que los Papas habían concedido algunos Jubileos Extraordinarios, el arzobispo de Santiago, sensible a los problemas causados por la covid-19, solicitó la ampliación del presente Año Santo. El Papa Francisco lo ha concedido, tal como ha testimoniado el nuncio apostólico, Bernardito Auza, en la Misa que siguió a la apertura de la Puerta Santa, el día 31 de diciembre: el Santo Padre ha establecido que el año 2022 sea todo Año Santo Compostelano. La gracia del Jubileo tiene su origen en la Biblia, cuando, cada 50 años, era tiempo de remisión de deudas y liberación de esclavos, dejando además las tierras en barbecho, para que todos, en especial los pobres, recogieran víveres de lo que el Señor hacía fructificar directamente. Aunque en la Iglesia el Jubileo ha tenido siempre un sentido todavía más espiritual, los frutos que se esperan, desde que Bonifacio VIII concedió el Jubileo de modo estable, son el perdón de las propias culpas y el logro de la indulgencia plenaria. En este año, en que ya se está viendo que los peregrinos comienzan a animarse a caminar hacia Santiago, y en que se van abriendo los albergues, esperamos que puedan conseguir las gracias jubilares los que hasta el sepulcro de Santiago el Mayor se encaminan. Solo se requiere, para alcanzar los frutos del Jubileo, visitar el templo en que se encuentran los restos del Apóstol; participar allí en una celebración litúrgica; orar por las intenciones del Papa; y confesarse y comulgar entre los quince días anteriores a la visita al templo y los quince posteriores.

 

José Fernández Lago

Canónigo lectoral y deán de la catedral de Santiago



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